Cada vez más leemos en las revistas de psicología o de psiquiatría especializadas, y en la prensa generalista, artículos de opinión y anuncios, en contra de distintas cosas. O a favor de algunas cosas, pero generalmente, en contra.

El otro día me enviaron un artículo de una revista de “psicología empírica” en contra de la terapia electroconvulsiva.

La mayoría de nosotros se opondría a la terapia electorconvulsiva, del mismo modo que nos oponemos a que en lugar de apoyo emocional nos emboten la cabeza con psicofármacos, o que nos lobotomicen, o que tengamos que recurrir a la IA en busca de ayuda, o que nos torturen.

También encontramos artículos de psicólogos -empíricos-, que protestan porque las personas recurren cada vez más y más a terapias “alternativas”, o que se quejan del intrusismo que suponen los cuaches, o las sectas y las religiones, o los movimientos de escuchadores de voces.

Hay un temor generalizado en el sector a que las consultas queden vacías porque incluso aquellos profesionales que sí consiguen pacientes, que tienen incluso lista de espera, no siempre consiguen que el paciente siga y la rotación es continua. La atención online funciona, pero no siempre. Entonces, ofrecen cursos. Cursos de formación de lo que sea: hay terapias de primera, de segunda y de tercera generación, y quizás también de cuarta, y de quinta, que son las terapias «integrativas.»

Luego dicen que la sanidad pública está abarrotada. Hasta hace unos años, algo antes del COVID, se era atendido una vez por semana por el psiquiatra que se te asignaba. Ahora mismo, te dan turno para dentro de tres meses y no es seguro que sea con la misma persona. La sanidad pública, no está abarrotada porque no hay quien recurra a los servicios ambulatorios de salud mental de la pública porque no hay personal, me refiero a personal cualificado. Pero tampoco en la privada. A lo sumo, vas corriendo a urgencias, privada o pública, cualquier hora de la noche, y allí tampoco hay cola porque los buenos profesionales brillan por su ausencia.

Los que no dan a basto son los psiquiátricos. Todas las camas están siempre ocupadas, y muchas veces, por las mismas personas que se van de alta pero que luego vuelven porque el psiquiátrico tampoco sirve para nada. Y vuelven aunque después de probar estas mieles, esas mismas personas preferirían morirse de asco en sus camas. Lo que ocurre es que a veces no pueden porque siempre habrá quienes “les consigan” un nuevo ingreso involuntario.

Luego hay recurrentes campañas de “prevención del suicidio”: ¡Llama a este número! O de ayuda a la mujer (o al hombre, o al niño) maltratada: los carteles dicen ¡Denúnciale! ¿Pero, quién y cómo va a prevenir el suicidio? ¿En contra del funcionamiento demencial de nuestras sociedades? ¿Podemos realmente, impedirle a alguien que se suicide sin que tengamos nada que ofrecerle a cambio de que se quede? ¿Podemos decirle a alguien que denuncie si carece de los medios para defenderse adecuadamente?

En todos los grupos de Facebook, los psicólogos ofrecen cursos, y no hay ni por esas debate. Todos promocionan cursos, y también seminarios. Y muchos son excelentes escritores, y publican y promocionan sus ebooks.

El caso es que en estos libros, anuncios, y artículos de queja, nunca vemos ni por asomo una autocrítica, un mea culpa.

No hay ninguna diferencia, por consiguiente, entre que te incineren la cabeza y el que te atiendas con un terapeuta. Ninguna.

El peligro, como vemos, son los libros de autoayuda…