Recientemente hemos escuchado a nuestro alrededor el surgimiento de episodios de violencia física y psicológica a nivel social en general. Este fenómeno no sólo se destaca a nivel país, sino que también vemos que ha ocupado un espacio importante a nivel internacional. Desde nuestra disciplina, nos vemos con la responsabilidad de aportar para que en los diferentes contextos que nos encontremos inmersos/as, podamos prevenir e intervenir de alguna u otra manera. No obstante, el enfocarnos en los menores de edad, quienes aún se encuentran en desarrollo y proceso de maduración, pareciera ser el lugar más urgente sobre el que trabajar para que este fenómeno no siga escalando en una futura sociedad. “La escuela se puede entender como una iniciación a la sociedad” (Mena, 2015), por lo que es en la comunidad escolar donde los niños/as y adolescentes se preparan para integrarse como ciudadanos/as civiles.

Efectivamente lo que observamos hoy en día corresponde en parte a las secuelas de dos años de encierro, en donde muchos niños/as y adolescentes no retomaron el reencuentro presencial con sus compañeros/as de curso. Dos años en los cuales las habilidades socioemocionales y de convivencia social que fueron ensayadas anteriormente -si es que así lo fueron- paulatinamente se fueron perdiendo al haber una ausencia tan larga de aquella experiencia práctica cotidiana. La pregunta que nos convoca ahora estaría en: ¿Cómo podemos ayudar a nuestros estudiantes a revincularse de manera saludable, libre de cualquier tipo de maltrato?

En un estudio realizado en Chile el año 2011, donde se indagó sobre la violencia escolar desde la perspectiva de los adolescentes, se observa que la demanda de los jóvenes respecto al tema está ligada a que el sistema adulto no satisface de manera adecuada las necesidades de estructura, contención y orientación frente al fenómeno de la violencia escolar, por lo que los colegios y profesores no tendrían las estrategias adecuadas para enfrentar esta gran problemática (Potocnjak et al, 2011).

Por lo mismo, viendo que el problema se ha agravado con los años, se hace pertinente pensar en esas posibles estrategias y apoyos que necesitan los docentes y la comunidad escolar en sí para abordar este tipo de situaciones. Tal como señala el profesor Christian Berger ( Paz Fuentes, 2022), más que centrar el objetivo en eliminar la violencia en sí, aquellas herramientas podrían orientarse a cambiar la forma en que se relacionan los estudiantes, y apuntar a una convivencia distinta que no le de espacio a la violencia. Un buen punto de partida podría ser trabajar con los docentes y asistentes de los establecimientos para que pudieran desarrollar intervenciones que ayudaran a los estudiantes a encontrar nuevas formas de revincularse desde la sana convivencia escolar.

La gran pregunta está en: ¿Cuáles podrían ser aquellas intervenciones?

Entre varias posibilidades, una que se observa con gran urgencia es que los miembros de la comunidad escolar necesitan enseñar a los estudiantes a cómo resolver conflictos. El conflicto está presente en la cotidianeidad y en toda relación humana, lo que podemos considerar inmediatamente como algo negativo y nos olvidamos de que es una oportunidad única para el aprendizaje de habilidades socioemocionales que nos permiten desenvolvernos en contextos sociales (Banz, 2015). Probablemente la escena de violencia termina siendo el último peldaño de la escalada de conflicto y rebobinar hacia atrás para mirar cuál fue el desacuerdo inicial y entender qué podemos hacer en ese momento, sería de gran ayuda tanto para los involucrados como para el clima escolar en su globalidad. Se ha estudiado que el desarrollo de la actitud de cooperación -ver al otro sin dejarnos de lado, y buscando una solución que beneficie a ambas partes- pareciera ser la más completa a la hora de resolver un conflicto desde una sana forma de revincularnos (Banz, 2015).

En síntesis, si finalmente la responsabilidad recae en nosotros/as los mismos adultos, cabe reflexionar también sobre qué tipo de modelo de referencia les estamos entregando a nuestros propios niños/as y adolescentes. Sería necesario tener en cuenta que la pandemia al parecer también ha afectado en la desregulación emocional y convivencia social de los mismos adultos. Al ver en los medios a diferentes figuras adultas reaccionando con violencia, también enviamos el mensaje de que es válido y normal relacionarse de esa manera en ciertas ocasiones. Por lo mismo, si queremos generar un cambio, este debería partir por nosotros/as los adultos y la sociedad en general, no únicamente desde los mismos colegios y sus áreas de convivencia escolar.

Referencias Bibliográficas

  • Banz, C. (2015). Aprender a resolver conflictos de forma colaborativa y autónoma, un objetivo educativo fundamental. Ficha VALORAS actualizada de la 1ª Edición año 2008. Disponible en Centro de Recursos VALORAS: www.valorasuc.cl
  • Mena, I. (2015). Acuerdos de Convivencia Escolar para que todos aprendan y se sientan bien tratados. Ficha VALORAS actualizada de la 1° Edición año 2007. Disponible en Centro de Recursos VALORAS: www.valoras.uc.cl
  • Paz Fuentes, A. (2022, Abril 5). Profesor Christian Berger forma parte del nuevo Consejo Asesor para la Convivencia Escolar. UC Chile. https://www.psicologia.uc.cl/profesor-christian-berger-integra-el-nuevo-consejo-asesor-para-la-convivencia-escolar/
  • Potocnjak, M., Berger, C., & Tomicic, T. (2011). Una aproximación relacional a la violencia escolar entre pares en adolescentes chilenos: perspectiva adolescente de los factores intervinientes. Psykhe (Santiago)20(2), 39-52.

Artículo escrito por Dominique Dattas, Psicóloga Infanto-Juvenil, creadora de contenido Praxis HUB. Mail: [email protected].