Introducción

¿Por qué trabajamos tanto? este texto que destaca cómo el trabajo ha llegado a monopolizar no solo mi vida, sino también la tuya y probablemente la de la gran mayoría de personas que conoces. En el mundo capitalista en el que vivimos, el trabajo indudablemente se presenta como la única vía para sostener nuestras vidas. En este sentido, la ecuación es clara: si trabajamos, vivimos. Sin embargo, la conexión que mantenemos con el trabajo trasciende un simple intercambio económico. Necesitamos el trabajo para complementar nuestras identidades sedientas, para entender supuestamente quiénes somos, pero también cómo debemos ser.

De esta premisa se sustenta el sistema para justificar la cantidad interminable de horas que dedicamos al trabajo. No es insignificante que una de las escasas similitudes entre empleos, ya sean precarios o privilegiados, sea el exceso de trabajo.

En este contexto, los feminismos deben levantar la voz y cuestionar el valor social asignado al trabajo. La lucha no debe limitarse únicamente a la búsqueda de más y mejores empleos, sino también a desafiar la idealización generalizada del trabajo y a abogar por formas alternativas de realización personal y colectiva. Esto es particularmente crucial y complejo en un entorno en el que deberíamos tener garantizados ciertos elementos básicos para la subsistencia.

Este ensayo se adentra en un análisis desde las perspectivas feministas y marxista del trabajo, cuestionando principalmente la hegemonía del trabajo remunerado en nuestras vidas. Se enfoca en resaltar la necesidad de reconocimiento y redistribución del trabajo reproductivo, subrayando la importancia de poner en entredicho el valor social atribuido al trabajo. En última instancia, se invita a todas las personas a reflexionar y cuestionar críticamente la significancia del trabajo en nuestras vidas.

El trabajo

Si el trabajo fuese bueno, los ricos se lo guardarían para ellos solos. (Lema sindical).

¿Por qué nos sumergimos tan profundamente en el trabajo? La incógnita no radica tanto en la demanda de dedicar tanto tiempo a trabajar, sino en la falta de una resistencia activa ante el estado actual de las cosas. En la actualidad, la tendencia a aceptar empleos cada vez más precarios se ha vuelto más común. Sin embargo, lo que afecta incluso a las formas laborales más privilegiadas es la excesiva carga de trabajo. Incluso el trabajo más favorable puede convertirse en un problema cuando absorbe en exceso nuestra vida.

Lo asombroso no es solo que aceptemos la realidad de que necesitamos trabajar para vivir, sino la complacencia de vivir exclusivamente para trabajar. Como bien señala Pastora Filigrana, los elementos básicos necesarios para sustentar la vida, como alimentos, agua y vivienda, no están garantizados simplemente por estar vivas. En cambio, nos vemos obligadas a obtenerlos comprándolos en el mercado y pagando un precio. La ecuación es sencilla hasta este punto: si vendemos nuestra fuerza de trabajo, ya sea directa o indirectamente en el mercado a cambio de un salario, obtenemos el dinero necesario para adquirir los bienes esenciales que nos mantienen con vida. En otras palabras, trabajamos para vivir (Filigrana, 2020). Por esta razón es fácil comprender porque el trabajo mantiene una alta estima, pero resulta menos claro el motivo por el cual se valora más que otras actividades y maneras de emplear nuestro tiempo.

El trabajo ha monopolizado nuestras vidas al punto que se ha vuelto fundamental no solo para aquellos que estructuran sus vidas en torno a él, sino también para una sociedad que presupone que las personas deben trabajar por un salario. Esto se aplica incluso a aquellos/as que han sido expulsados/as o excluidos/as del ámbito laboral y se encuentran en situación de marginación (Weeks, 2020).

De hecho, el entorno laboral es donde la mayoría de las personas experimentamos con mayor frecuencia las relaciones de poder más inmediatas, innegables y tangibles, que raramente encontramos en nuestra vida cotidiana.

A pesar del innegable peso del trabajo en la sociedad, parece que no se convierte en un elemento de análisis fundamental ni en un punto de disputa política significativo. Esto se debe en parte a que, desde una perspectiva política, el lugar de trabajo, al igual que el hogar, suele ser representado como un espacio privado. Se percibe como el resultado de una serie de contratos individuales en lugar de una estructura social. Es considerado la esfera de las necesidades humanas y las elecciones individuales, más que un espacio para el ejercicio del poder político (Weeks,2020).

Debido a la subordinación del trabajo a los derechos de propiedad, su reificación y su individualización, pensar en el trabajo como un sistema social, incluso con un estatus privado probablemente más matizado, se vuelve tan difícil como para mucha gente puede ser concebir el matrimonio y la familia en términos estructurales.

El trabajo y la configuración de identidades

El trabajo no solo genera bienes y servicios económicos, sino también configura sujetos sociales y políticos. En otras palabras, la relación salarial no solo produce ingresos y capital, sino también individuos disciplinados, sujetos gobernables, ciudadanos/as responsables y miembros con obligaciones familiares. Dada su centralidad en la vida de las personas y en el imaginario social, el trabajo se convierte en un lugar particularmente crucial para interpelar diversas subjetividades.

El lugar de trabajo es idóneo para la clasificación, donde las identidades de clase y las relaciones se construyen y rechazan a medida que algunas personas son excluidas y otras son reclutadas. Esto ocurre a través de itinerarios educativos, formaciones laborales y su articulación con el establecimiento de niveles salariales y el estatus previamente asignado a diferentes ocupaciones.

En este sentido, podemos observar que el atractivo asociado a diversas formas de trabajo está vinculado a unirse a una clase relativamente aventajada. La aspiración de pertenecer a la clase trabajadora en lugar de la subclase, ser considerado clase media en lugar de clase trabajadora, tener un empleo indefinido en lugar de uno a tiempo parcial o por horas, ser un profesional con carrera en lugar de un trabajador precario, son factores que influyen en la percepción y preferencia por distintas formas de empleo.

En esta línea, la identidad de género es, sin duda, algo que el trabajo refuerza, performa y recrea en el mejor de los casos. Tanto el trabajo asalariado como el no asalariado siguen estando estructurados por la productividad de una mano de obra diferenciada por género, lo que incluye la división de género en los roles dentro de los hogares y en las ocupaciones asalariadas. Sin embargo, la generización del trabajo no se limita simplemente a las formas de asignar trabajos para hombres y mujeres, sino también a las expectativas generales sobre cómo se espera que los trabajadores y las trabajadoras desempeñen sus roles de género en el ámbito laboral (Weeks,2020).

El trabajo doméstico no remunerado no solo implica la producción de bienes y servicios, sino que también juega un papel crucial en la formación de la identidad de género. Estas actividades no solo contribuyen a la creación de valor tangible, sino que también desempeñan un papel fundamental en la producción y reproducción de identidades y jerarquías de género. En este marco, el género se moldea y redefine en estrecha vinculación con el proceso de creación de valor (Fenstermaker ,1985).

Las identidades de género se entrelazan con las identidades laborales, a veces alienando a los trabajadores/as de su empleo, mientras que en otras ocasiones los vinculan más estrechamente a él. La generización del trabajo, es decir, realizar un trabajo considerado masculino o femenino, construir masculinidad o feminidad como parte del empleo, también puede ser una fuente de placer en el trabajo. Además, sirve para fomentar la identificación y la inversión de energía de los trabajadores/as en sus empleos.

Este mismo concepto puede extrapolarse a formas de trabajo no remunerado, donde lo que se produce y reproduce no se limita únicamente a las actividades y objetos asociados a la vida doméstica, sino que abarca la materialización de los roles de esposa y marido, y, en consecuencia, de las conductas consideradas femeninas y masculinas (West y Zimmerman, 1991). En ciertos casos, la construcción de género puede ser vista como una parte intrínseca de llevar a cabo el trabajo; en otros contextos, la ejecución del trabajo se convierte en una parte integral de lo que implica la construcción de la identidad de género. La aceptación de la identidad vinculada a un empleo por parte de los trabajadores y trabajadoras está, en parte, determinada por la percepción de dicho empleo como una expresión satisfactoria de su identidad de género (Leidner, 1993).

El valor social del trabajo

La «Sociedad del Trabajo» connota tanto la función del trabajo como agente mediador en la formación de la subjetividad como el predominio de sus valores. Desafiar la estructura actual del trabajo implica no solo confrontar la reificación y despolitización, sino también cuestionar su normatividad y moralización. La defensa del trabajo no se fundamenta únicamente en la necesidad económica y el deber social; con frecuencia se percibe como una práctica moral individual y una responsabilidad ética colectiva (Weeks,2020). Los valores arraigados en la concepción tradicional del trabajo, aquellos que exaltan el valor moral y la dignidad del empleo remunerado, y que favorecen este tipo de labor como una fuente esencial de desarrollo personal, satisfacción individual, reconocimiento social y estatus, continúan siendo efectivos para motivar y justificar extensas jornadas laborales.

Esta ética del trabajo, que busca normalizar y moralizar la labor, es ampliamente conocida y respaldada por el tejido empresarial. Este discurso se ve respaldado por los medios de comunicación y protegido por las políticas públicas. Los valores productivistas de esta ética son promovidos tanto por la derecha como por la izquierda política, ya sea por empresarios que buscan trabajadores/as competentes y dóciles, o por políticos que intentan reintegrar a las mujeres que reciben prestaciones al trabajo asalariado.

La impugnación de estos valores tradicionales del trabajo no implica sostener que el trabajo carezca de valor. No se trata de refutar la necesidad de las actividades productivas ni de descartar la posibilidad de que cada individuo derive satisfacción del ejercicio de sus energías (Morris, 1999). En cambio, consiste en resaltar que existen otras modalidades de organizar y distribuir dicha actividad, al tiempo que nos insta a considerar la posibilidad de la creatividad más allá de los confines del trabajo convencional. Es imperativo tener presente que la disposición a orientar la vida en función del trabajo contribuye significativamente a que los individuos sean sumamente funcionales para los objetivos capitalistas.

En este sentido el feminismo exhibe tendencias propias hacia la mistificación y moralización del trabajo, generando su propia interpretación de la ética laboral. Propongo cuestionar dos de las soluciones feministas preponderantes frente a la división sexual y de género, así como las jerarquías entre el trabajo asalariado y no asalariado.

Una estrategia ampliamente adoptada por algunas feministas de la primera y segunda olas consiste, esencialmente, en atribuir un valor intrínseco menor al trabajo doméstico no remunerado y abogar por asegurar el acceso equitativo de las mujeres al trabajo asalariado. Se sostiene que el empleo asalariado constituye la llave para liberar a las mujeres de las presiones culturales asociadas a la vida doméstica. Aunque se reconoce la importancia de la lucha en curso para garantizar igualdad de oportunidades laborales para las mujeres, resulta crucial examinar críticamente la idealización particular que el feminismo realiza del trabajo asalariado.

Una segunda estrategia feminista se enfoca en la revalorización de las formas no asalariadas de trabajo en el hogar (Federici, 2018), abarcando desde el trabajo doméstico hasta el trabajo de cuidados. La tarea fundamental consiste en visibilizar, valorar y distribuir de manera equitativa este trabajo socialmente necesario, lo cual sigue siendo un proyecto feminista crucial. Sin embargo, ambas estrategias, ya sea centrada en la inclusión de las mujeres en todas las formas de trabajo asalariado o enfocada en obtener reconocimiento social para el trabajo doméstico no remunerado y la igual responsabilidad de los hombres, enfrentan el desafío de no cuestionar de manera efectiva el discurso legitimador predominante del trabajo. Contrariamente, cada enfoque tiende a apelar al lenguaje y la sentimentalidad de la ética tradicional del trabajo para obtener respaldo en sus reclamos sobre la dignidad esencial y el valor intrínseco del trabajo asalariado o no asalariado de las mujeres.

¿De qué manera podría el feminismo cuestionar la marginación y subvaloración de las formas no remuneradas del trabajo reproductivo, sin contribuir a las percepciones mitificadas inherentes a la ética laboral convencional? Algunas propuestas sugieren que las feministas deben evitar enfocarse de manera simplista o exclusiva en las demandas de aumento y mejora del trabajo; en cambio, deberían abogar no solo por la revalorización de las formas feminizadas de trabajo no remunerado, sino también por desafiar la idealización generalizada del trabajo.

La contienda contra las condiciones laborales contemporáneas no se limita únicamente a la búsqueda de empleo mejor remunerado, sino que también implica asegurar el tiempo y los recursos financieros indispensables para disfrutar de una vida fuera del ámbito laboral.

El trabajo reproductivo

El quehacer doméstico abarca más que simplemente la tarea de mantener limpia la casa. Implica el servicio a aquellos que perciben salarios, tanto física, emocional como sexualmente, asegurándose de que estén preparados para desempeñarse en el trabajo diario. Este ámbito incluye la crianza y cuidado de nuestros hijos e hijas, quienes representan a los futuros trabajadores y cuya formación, desde su nacimiento hasta sus años escolares, implica asegurar que se ajusten a las expectativas del sistema capitalista. Por lo tanto, detrás de cada fábrica, escuela, oficina o mina, se encuentra oculto el trabajo de millones de mujeres que han dedicado su vida y esfuerzo para producir la fuerza laboral empleada en estos contextos (Dalla Costa y James, 1972).

Esta es la razón por la cual en numerosos países, el trabajo doméstico y la estructura familiar constituyen fundamentos para la producción capitalista. La disponibilidad de una fuerza laboral consistente y debidamente disciplinada se erige como una condición esencial para la producción en cualquier fase del desarrollo capitalista. Aunque las condiciones del trabajo reproductivo difieren de una nación a otra, en todas partes, nuestro trabajo no remunerado y la función que desempeñamos para el capital permanecen invariablemente similares (Federici, 2018).

El trabajo reproductivo, subsidia directamente al capital al liberar a los empleadores de la responsabilidad de proporcionar servicios de cuidado y mantenimiento de la fuerza laboral. Este subsidio permite que el capital se centre en la producción y acumulación sin incurrir en los costos asociados con el bienestar y el sostenimiento de la fuerza laboral.

De acuerdo con la perspectiva de Silvia Federici, las mujeres son conceptualizadas como «productoras de productores» para explicar su rol en la formación y sostenimiento de la fuerza laboral. A través de su labor reproductiva, no solo contribuyen a suministrar trabajadores al sistema, sino que también garantizan la constante regeneración de la fuerza laboral, un elemento crucial para la estabilidad y el progreso del capital.

En sentido, analizar la casa es una dimensión fundamental para comprender el reparto de poderes de género. “La casa” ha sido teorizada desde diversas perspectivas. El feminismo blanco la ha denominado como uno de los terrenos claves de opresión y encarnación de las desigualdades de género. Feministas decoloniales como Bell Hooks (2017) cuestionan esa idea denominándola como eurocéntrica y sitúan a la casa como el espacio sagrado alejado de la esclavitud.

No obstante, de una perspectiva u otra, “la casa” se presenta siempre condicionada por la distribución de poderes sociales según criterios de género. En este sentido, si bien se puede constatar una mayor participación de los varones en las tareas domésticas, su presencia está marcada por una lógica patriarcal que define su rol desde la dominación en la esfera reproductiva. Aunque participen, son conscientes de que desempeñan un rol subsidiario. Incluso en estratos socioeconómicos más elevados, son las mujeres las encargadas de buscar estrategias para conciliar el trabajo productivo y reproductivo, que, de manera inherente, constituye otra herramienta política patriarcal. Esta dinámica, aunque tímidamente cuestionada, añade una carga mental adicional a las mujeres trabajadoras y coloca en sus hombros la responsabilidad de articular estas dos esferas. Solo como último recurso, cuando no es posible contar con la asistencia de madres, abuelas o vecinas, se recurre a alterar la rutina masculina, lo que una vez más limita la capacidad de decisión de las mujeres.

La escasa consciencia de desigualdad permea las prácticas cotidianas de trabajo doméstico, dificultando la negociación y, con ello, un ejercicio efectivo de corresponsabilidad. Ello contribuye a la persistencia de prácticas asimétricas, de acuerdo con los recursos de poder diferenciado en la relación. (Domínguez, Rubilar y Muñoz, 2019). Por otra parte, los resultados de diversos estudios dan cuenta que, si bien cada vez más los hombres participan en tareas domésticas o de cuidado, lo hacen con lógicas patriarcales.

Diversos estudios señalan que, a lo largo de las generaciones, observar a mujeres trabajar promovió que la mujer fuese normalizando su incorporación en el ámbito laboral. Podríamos pensar entonces, que aunque la participación de los hombres en lo doméstico aun es tímida, está puede conllevar a cierta alteración cultural parecida. No obstante, como se ha señalado en estas líneas, esos cambios no son tan simples, la forma en la que los hombres interactúan en la casa puede ser tramposa. Las labores domésticas, condicionadas por una lógica patriarcal no suponen ningún logro significativo. No obstante aprovechar esta situación para invitar a la reflexión, puede marcar la diferencia.

Comentarios finales

La configuración del sistema actual ha elevado la estima del trabajo, considerándolo una necesidad fundamental no tan solo para la subsistencia, sino también para el estatus social. Esta valoración significativa del trabajo no solo se ha apuntalado mediante una perspectiva moralizadora, sino también como un ámbito que genera y reproduce identidades, y te clasifica en una jerarquía social, donde la mayoría aspira avanzar.

A pesar de estas observaciones, ciertos sectores del feminismo han abogado por el acceso al trabajo como una vía hacia la emancipación. Sin embargo, la participación en el trabajo remunerado no ha sido una auténtica liberación para las mujeres; en cambio, ha contribuido a liberarlas en cierta medida de algunas dependencias respecto a los hombres, pero no del patriarcado en su totalidad. Esta limitación radica fundamentalmente en que el trabajo remunerado no se erige como una fuente de liberación para ningún individuo.

La paradoja de la emancipación como señala Nancy Fraser (2006) ha llevado a una mayor carga para las mujeres al incorporarlas al mercado laboral sin una redistribución efectiva del trabajo reproductivo. Resaltando la necesidad de abordar simultáneamente la redistribución y el reconocimiento. En esta línea, Fraser propone una perspectiva de «doble movimiento» que aborda tanto las dimensiones de reconocimiento como las de redistribución en la búsqueda de la justicia social.

La auténtica revolución se centrará en el ámbito de los cuidados, donde todas las personas, las ciudades y las instituciones se configuran para brindarse mutuo cuidado. Seguramente esta orientación comunitaria, nos conducirá hacia la verdadera emancipación.

Bibliografía

  • Dalla Costa, Mariarosa y James, Selma. (1972). El poder de la mujer y la subversión de la comunidad. Siglo XXI.
  • Domínguez, Marius.; Muñoz, T.; Rubilar, Gabriela. (2019). El trabajo doméstico y de cuidados en las parejas de doble ingreso. Análisis comparativo entre España, Argentina y Chile. Revista papers Vol.104, NUM.2
  • Federici, Silvia. (2018). Revolución en punto cero. Trabajo doméstico, reproduccióny luchas feministas. Traficantes de sueños.
  • Fenstermaker, Sarah. (1985). The gender factory, The apportionment of work in American Households, Nueva York, Plenum.
  • Filigrana, Pastora. (2020). El pueblo gitano contra el sistema-mundo. Reflexiones desde una militancia feminista y anticapitalista. Akal. pp. 7- 18.
  • Fraser, Nancy. (2006). La justicia social en la era de la política de la identidad: Redistribución, reconocimiento y participación. En A. Honneth, & N. Fraser, ¿Redistribución o reconocimiento? un debate filosófico-político (págs. 13-88). Morata.
  • Hooks, Bell. (2017). El feminismo es para todo el mundo. Traficantes de sueños, Mapa.
  • Leidner, Robin. (1993). Fast food, Fast Talk: Service work and the routinization of everyday life. Berkely, Universty of California Press.
  • Morris, William. (1999). Useful work versus useless toil. En Norman kelvin, Wiliam Morris on art and socialism, Nueva York, Mineola.
  • Weeks, Katherine. (2020). El problema del trabajo. Feminismo, marxismo, políticas contra el trabajo e imaginarios más allá del trabajo. Traficantes de sueños.
  • West, Candace. y Zimmerman H. (1991). Doing Gender en Judith Lorber y Susan A. Farrel, The social Conctruction of gender, Newbury Park, Sage.