Hoy en día, el término tolerancia a la frustración es un concepto muy común, que se encuentra presente no sólo al hablar del mundo infanto-juvenil, sino que también es permeable al mundo de los adultos. Si lo pensamos, de alguna u otra manera, ¿Quién no se ha sentido alguna vez frustrado/a por alguna situación que no resultó como esperaba? He ahí la importancia de dar espacio para trabajar este fenómeno, debido a que la capacidad de tolerar la frustración se encuentra presente a lo largo de nuestras vidas, de manera transversal en la salud mental del ser humano de por sí.

Focalizándonos en el mundo de la infancia, es relevante hacer hincapié en el hecho de que los niños/as necesitan que sus cuidadores acompañen en guiar y explicar sus emociones. Lógicamente, los niños y niñas poseen menos herramientas para procesar, comprender y elaborar situaciones de este tipo, lo que hace que sea primordial el acompañamiento del adulto a cargo. En ese sentido, los adultos entregan orientación sobre lo que se podría sentir cuando un acontecimiento no cumple con nuestras expectativas, y las acciones que se pueden tomar al respecto.

Dentro del trabajo clínico, muchas veces como terapeutas nos enfrentamos al sesgo que existe en el abordaje de dificultades en la tolerancia a la frustración. Por un lado, existen los progenitores que -consciente o inconscientemente- se guían por la creencia de un modus operandi en que un hijo/a feliz es aquel que anda por la vida sin problemas ni dificultades.  En esta posición, somos los adultos quienes debemos preocuparnos constantemente de que los más pequeños no sufran o se traumaticen, evitando a toda costa cualquier obstáculo que se le presente en el camino. A partir de esto, surge la pregunta, bajo esta forma de crianza ¿Qué tipo de niño/a estamos formando? Si lo mantenemos en una especie de “bola de cristal”, ¿será un niño/a preparado/a para enfrentarse a las adversidades de la vida? A esto nos responde la autora Millet (2018), quien propone el concepto de “hiperpaternidad”, el cual no sólo se relaciona con consentir a los hijos/as, sino que también con darles una excesiva atención, anticiparse a sus deseos y justificarlos en toda ocasión, resolviéndoles sus conflictos. Tal como la autora señala, terminamos formando un “hiponiño”, es decir un niño/a frágil, inseguro y dependiente, lo que se contrapone a las habilidades que necesitan nuestros adultos del futuro, en donde probablemente encontraremos en primer lugar, la autonomía como competencia imprescindible en el siglo XXI.

Por otro lado, nos encontramos con padres que con el fin de formar niños y niñas completamente independientes, optan por una posición en la que sus hijos/as no necesitan de los adultos en ningún momento de sus vidas. Es así como podemos estar exigiéndoles -a veces sin darnos cuenta- como si estuviéramos frente a un adulto más, y nos olvidamos de que el pretender que los menores aprendan y hagan todo solos/as es una ilusión bastante utópica. Por lo mismo, instaurar tal forma de crianza, sin guía y sin acompañamiento al tener que lidiar cuando las cosas no salen como estaban pensadas, podría generar un abandono emocional que podría acarrear otro tipo de conflictos actuales o en la futura adultez.

En línea con lo anterior, también podemos observar la presencia de progenitores que buscan formar el hijo/a perfecto/a, lo que se transforma en sinónimo de que no hay posibilidad para el error, o desde otra lógica, que las equivocaciones son motivo de fracaso o sanciones, lo que definitivamente termina por enterrar el espacio para trabajar la tolerancia a la frustración. Los niños/as que son castigados frente a los errores o reciben respuestas desproporcionadas a esto, pueden desarrollar miedo o parálisis frente a situaciones nuevas y frente a cualquier tipo de aprendizaje (Milicic & Lérida, 2018).  

Pareciera ser un desafío inalcanzable para nosotros/as -los/as terapeutas infantiles- el conseguir que los progenitores de nuestros pacientes sean capaces de conseguir “la crianza perfecta” que permita dar paso al trabajo de la tolerancia a la frustración en nuestros niños/as. No olvidemos que no existen ni los terapeutas, ni los niños/as, ni los padres, ni la crianza perfecta, por lo que sería más óptimo apuntar a ver los errores como oportunidades de aprendizaje, a la presencia de una “madre suficientemente buena”, no perfecta, que permitiera al niño/a o adolescente, reconocer el error para ayudarlo a crecer internamente y en la relación con los demás.

Referencias Bibliográficas

  • Millet, E. (2018). Hiperniños: ¿Hijos perfectos o hipohijos?. Plataforma.
  • Milicic, N., & de Lérida, S. L. (2018). ¿Quién dijo que era fácil ser padres?: Guía para ayudar a superar las dificultades de los niños en la edad preescolar. Planeta Chile.

Artículo escrito por Dominique Dattas, Psicóloga Infanto-Juvenil, creadora de contenido Praxis HUB. Mail: [email protected].