Ética y moral son dos cosas distintas. Etimológocamente ética viene del griego ethos, relativo a las costumbres, manera de hacer o adquirir las cosas, hábitos. Pero ethos se asocia a la raíz indoeuropea *s(w)e- que significa «lo que es propio de uno mismo.» A mí me interesa más destacar el significado de esta raíz, que el significado que le atribuyen los griegos, porque la ética entonces haría referencia a lo que es inherente al individuo, a la ley natural e interna, anterior a la adopción de hábitos o costumbres o manera de hacer las cosas o de adquirirlas, o al carácter ya formado de cada uno. Esta acepción de los griegos habla del sujeto maduro, mientras que la raíz *s(w)e- puede interpretarse como aquello que se trae una vez uno es concebido. Esto es para mí la ética. Y es esa ley la que debe sí o sí respetarse. En cambio la ética entendida en términos de filosofía de las costumbres, y que ya entre los romanos pasa a denominarse filosofía de la moral, y que es en la que se basa el derecho consuetudinario, conduce al debate y posterior establecimiento de leyes y reglas por parte de los hombres que pueden basarse o por el contrario contradecir esa ley natural, y que es el criterio que sigue el derecho positivista. Lo que no es ni ético ni es moral es todo aquello que se oponga arbitrariamente, interesadamente, artificialmente, a la ley natural, y pretenda que es mejor o superior a ella. Para comprender lo que es la ley natural hay que comprender la psicología del hombre como unidad psiconeurobiológica y social, desde el vamos, es decir, evolutivamente y vincularmente. Esto no es igual a lo que entiende por ejemplo Hobbes, que nuevamente se refiere a las libertades y derechos o leyes naturales del hombre maduro o adulto, cuando dice: «El derecho natural, que los escritores llaman comúnmente ius naturale, es la libertad que cada hombre tiene de usar su propio poder, como él quiera, para la preservación de su propia naturaleza, es decir, de su propia vida. […]. Una ley de naturaleza (lex naturalis) es un precepto o regla general encontrada por la razón, por la cual se le prohíbe al hombre hacer aquello que sea destructivo para su vida, o que le arrebate los medios de preservar la misma.» Th. Hobbes, Leviatán, cap. XIV (Editora Nacional, Madrid 1979, p. 227-228). Ni el feto ni el neonato ni el menor ni muchas veces el enfermo ni el discapacitado ni el vulnerable pueden hacer uso de su libertad ni usar su poder para preservar su vida, y sin embargo deben ser respetados. Esto no se opone al derecho de la mujer a decidir, según ciertas normas biológicas y psicológicas intrínsecas adecuadamente establecidas, sobre lo que a su cuerpo y a su vida respecta.