Son millones los casos en todo el mundo de personas que han sufrido COVID desde el inicio de la pandemia.  Más allá de los daños físicos agudos, muchos continúan afrontando las consecuencias psicológicas del virus.

UNICEF llevó a cabo un estudio en mayo del 2021 sobre los efectos de la pandemia en más de 700 niños y adolescentes de entre 3 y 18 años. El 18% de los adolescentes encuestados reconoció haber realizado una consulta a un profesional sanitario por su salud mental. El 56% de ese segmento lo hizo a través de un psicólogo. En el caso de los más pequeños, el malestar psicológico surge como consecuencia no sólo de las experiencias propias sino de los adultos y tutores más cercanos.

Del mismo modo, una publicación en febrero del 2021 por la Revista de la Asociación Médica Estadounidense de Psiquiatría indicó que el 30% de los recuperados de COVID 19 experimentaron trastorno de estrés postraumático. Una experiencia que afrontan aquellas personas que sienten haber estado ante una amenaza de vida.

Si no se aborda la problemática de forma adecuada por un profesional idóneo, puede condicionar la vida de la persona que lo sufre, a tal punto de convertirse una pesadilla permanente.

Pero ¿qué es un trastorno de estrés postraumático?

Es un trastorno caracterizado por la presencia de pensamientos, ideas o pesadillas que son abordados sorpresivamente por el paciente y que lo posicionan nuevamente en el momento del trauma.  El volver a experimentar esos recuerdos provoca ataques de pánico y dificultades para conciliar el sueño.

Este trastorno lleva a los individuos a evitar situaciones asociadas con el trauma, para no afrontar el malestar que conlleva.  Las conductas evitativas por resolver el conflicto pueden desembocar en una interrupción de la vida cotidiana del paciente, poniendo en riesgo su estabilidad personal, laboral y emocional.

Miedo a ser señalado

Unicef se refiera a la estigmatización social como la asociación negativa entre una persona o un grupo de personas que comparten ciertas características y una enfermedad específica.

Es visible el miedo en los pacientes ante la posibilidad de ser percibidos como una amenaza. Se trata de un temor a ser etiquetados que los avergüenza.  Es conveniente comprender que no sólo es un padecimiento físico, sino que tiene implicancias psicológicas, y puede afectar negativamente a quienes tienen la enfermedad, así como a quienes son parte de su núcleo.

Abordar las dificultades

La construcción de confianza mediante la empatía y acompañamiento desde las instituciones de salud promueven resultados positivos que minimicen las consecuencias negativas.  La comprensión de la enfermedad, como la adopción de medidas eficaces que los mantengan a salvo.

El abordaje del problema refiriéndonos siempre al virus y no a personas concretas, ya que son los afectados y no los responsables.

El camino hacia el desarrollo de una sociedad adaptada y saludable implica enfatizar la rigurosidad de los protocolos efectivos y minimizar los mensajes de amenaza.  Seamos entre todos constructivos, en la búsqueda de promover el cuidado de la salud de los mayormente vulnerables, por sobre la discriminación. El COVID no distingue edades ni escalas sociales.