El género es colectivo, son sistemas de relaciones sociales, símbolos, discursos y formas institucionales de funcionar, no son solo formas individuales de expresar el género, olvidar lo colectivo y lo social del género es pensar que un cuerpo individualmente puede fracturar el orden de género cuando no es así.  Es por esto que se vuelve de suma urgencia sumar al debate y a la discusión teórica y política a las masculinidades y a toda la sociedad en general, como dice bell hooks, el feminismo es para todos(as), y el trabajo reproductivo también es para todos(as), por tanto poner en cuestión el desarrollo teórico de las masculinidades y las investigaciones en torno a esta temática, nos ofrece otra perspectiva igual de importante en la construcción de una mirada corresponsable en cuanto al trabajo doméstico y trabajo de cuidados.

Los debates acerca del hombre en tanto hombre pueden encontrarse ya en los años setenta, cuando la segunda ola del feminismo centra el foco en la necesidad de involucrarse activamente en la producción de conocimiento académico. En estos años surgen documentos como el de Albert Memmi (1972 [1968]) Warren Farrell (1974) o el texto pionero en España de Josep Vicent Marqués (1978).

Durante los años ochenta y noventa el enfoque va madurando y a principios del siglo XXI Raewyn Connell, quizás la investigadora más relevante y citada en el área, realiza una síntesis hacia las tesis más relevantes de las investigaciones en masculinidades.

Así Connell denominará en su importante obra Gender and Power (1987) el género como una relación social que determina la acción de formas variables. Lejos de ser una cualidad individual, el género es una agencia colectiva, permitida y, a la vez, oprimida por estructuras sociales.

En el caso de América Latina los modelos de masculinidades existentes apelan a figuras dominantes desde el poder político, militar, étnico y de clase social. Vicent Marques (1986), indica que los hombres al nacer reciben dos consignas primordiales. La primera asevera: » Ser varón es ser importante» y la segunda » Debes demostrarlo». Estos dos lemas transmitidos por toda la cultura, serán un condicionante en la vida de todo varón. Aun cuando las ocasiones de acercarse al ideal determinado por el modelo hegemónico sea una quimera. Los hombres se sienten, según este autor, parte del «colectivo masculino». Sin duda alguna, las masculinidades se construyen y se transforman con los hitos históricos. El modelo hegemónico de masculinidad genera, en su interacción con otras masculinidades, nuevas interpretaciones sobre lo que significa ser varón en las culturas dominadas. En las colonias queda demostrado como el modelo occidental de masculinidad genera modificaciones en las conductas de los varones dominados. Las relaciones intragénero son confirmatorias del poder del dominador, a la vez que introyecta una estructura de «ser varón», que penetra a la cultura dominada (López, Guida,2002).

Un elemento central de la masculinidad hegemónica es la heterosexualidad, la sexualidad ejercida con el sexo opuesto; un hombre que cumpla exitosamente con los mandatos hegemónicos debe ser heterosexual. La heterosexualidad también acontece un hecho natural (Lamas 1996; Lagarde 1992; Kaufman 1997; Rubin 1987; Kimmel 1997; Connell 1995; Fuller 1997; Gilmore 1990; Badinter 1993; Valdés y Olavarría 1998; Olavarría et al 1998). La masculinidad hegemónica relacionada a la sexualidad -heterosexualidad- y al control del poder por los hombres es una masculinidad que rechaza a lo femenino; legitima la homosocialidad -la vinculación con sus pares, como la realmente relevante- y la constante verificación por parte de los otros hombres; valida la homofobia y sustenta el sexismo y el heterosexismo (Marqués 1992; Kimmel 1997; Kaufman 1987).

El actual modelo hegemónico de masculinidad tiene la particularidad que se nutre de algunas características de los modelos alternativos facilitando el doble juego de transformarse para consolidar un nuevo modelo, ahora más flexible pero potencialmente dominante. Las “nuevas masculinidades” pueden a la vez facilitar «alternativas», pero también colaborar a la reafirmación de un modelo hegemónico de masculinidad, que es capaz de «reciclarse» (López, Guida,2002).

El modelo hegemónico de masculinidad en este momento histórico está estrechamente relacionado al sistema económico neoliberal. No obstante, importa destacar que también existen modelos hegemónicos de masculinidad en las sociedades socialistas y socialdemócratas, en las sociedades indígenas y en la cultura gay. El dilema de la masculinidad hegemónica implica resquebrajar mecanismos de dominación “naturalizados” durante siglos, supone la deconstrucción y análisis de los modos de producir y reproducir las relaciones afectivas, familiares, económicas y políticas. De allí la invisibilidad y las resistencias individuales, colectivas e institucionales de un modelo prácticamente universal.

El espacio es una categoría básica en cualquier investigación desde la perspectiva de género. El espacio adquiere especial importancia a la hora de comprender cómo se desarrollan localmente los cambios y las disputas de género asociadas a las prácticas de masculinidad. Lejos de ser una crisis abstracta, la crisis de la masculinidad tiene que ver con prácticas situadas y retos localizados que nos obligan a bajar a tierra los conflictos y oportunidades que se juegan en cada sitio. Así, el espacio y en especial lo doméstico, se plantea como una categoría esencial en el estudio de las masculinidades.

En la última década empiezan a surgir trabajos enfocados en el estudio de la reconfiguración de las estructuras de masculinidad a través de lo doméstico. Con la crisis de los modelos antiguos de masculinidad derivados, entre otras cosas, a las cuotas de igualdad obtenidas por las mujeres en materia de inserción laboral o reparto de cuidados, el discurso sobre el rol que le corresponde al hombre es controversial y una de sus consecuencias parece ser la reflexión sobre el vínculo entre hombre y casa. Muchos estudios de urbanidad y masculinidades se han centrado en los espacios públicos, dejando de lado lo doméstico como aquello que no interviene en la ciudad. No obstante, con la lucha del feminismo sobre la legitimidad de la perspectiva de lo personal es político se comienza a visualizar una ruptura con la tradicional dicotomía entre público y privado, mostrando un espacio social permeable, poroso, donde el dentro/fuera no siempre es evidente y donde lo doméstico se vuelca en lo público y viceversa. En este sentido, aparecen estudios asociados a la experiencia norteamericana de clase media en situaciones de vivienda suburbana, de reconstitución del espacio doméstico según modelos masculinos. La investigación de Tim Miller (2010) sobre la barbacoa norteamericana da cuenta de cierta tradición de delimitar los espacios masculinos domésticos. El imaginario masculino en torno al asador, la carne y su consumo ya tiene cierta tradición (Sobal, 2005; Rothgerber, 2013). No obstante, el artículo de Risto Moisio y Mariam Beruchashvili (2014) intenta ahondar en esta noción para vislumbrar cómo los hombres tienden a crear sus propios espacios de la casa marcadamente diferentes de los espacios de “aura femenina” percibidos como emasculantes.

El hogar como un espacio identitario es una tesis con gran aceptación, de tal modo que la pérdida de la casa está relacionada con pérdidas de enclaves de identidad e incluso con problemas mentales, de drogas, etc. De esta manera, la casa adquiere un aspecto emocional vinculado a la identidad, tal y como habría desarrollado Gaston Bachelard en su célebre La poética del espacio (2000 [1957]). La existencia de “espacios masculinizados” en la casa posibilitará que los varones también desarrollen relaciones de identidad con el ámbito doméstico. Estos rincones domésticos están asociados, como propone Steven Gelber en relación con la masculinidad de posguerra (1997), al homemaking, una actividad generalmente femenina pero que se ajusta a la masculinidad con unas características propias: en la labor masculina, el homemaking responde a toda una serie de tareas relacionadas con las herramientas pesadas, la legitimidad del saber-hacer manual y lo lúdico del armar-desarmar-rearmar. El desarrollo de estas prácticas de género, vinculadas a la construcción de espacios concretos de la casa facilitarían al hombre, a la vez, ser parte de la casa y compartir lo doméstico con el resto de la familia sin perder autonomía. Además, los rincones privados de la casa cumplirían una labor terapéutica al posibilitar seguridad, confort, soledad y revitalización de las identidades de género. La distancia del escrutinio público, las demandas laborales y las normas de género masculinas relacionadas a una performance de la virilidad latente dotan de importancia a la vida íntima. Sin embargo, en estos trabajos pesa fuertemente la visión de clase media suburbana.

Gorman-Murray profundiza sobre la insuficiente pero clara literatura existente sobre el vínculo entre hogar, domesticidad y masculinidad en las sociedades occidentales modernas. Para ordenar los estudios existentes sobre esta temática, Gorman-Murray distingue lo que llama las masculine domesticities (‘domesticidades masculinas’) de las domestic masculinities (‘masculinidades domésticas’). El primer término refiere a cómo las transformaciones recientes de la relación entre los hombres y lo doméstico pueden estar alterando los discursos alrededor de la casa, avanzando hacia lo que considera un sentido más diverso y fluido del hogar. Con masculinidades domésticas, Gorman-Murray se refiere al modo en que las identidades masculinas son reconstruidas mediante prácticas domésticas y la relación que sostienen con la casa. Ambas visiones permiten identificar las complejidades de un nexo en persistente cambio pero que en tiempos actuales ha apresurado procesos de resignificación, a la vez, espaciales e identitarios, claves en nuestras sociedades.

Los hombres ya no tienen tan claro qué se supone que tienen que hacer en el mundo: el rol del ganapán proveedor ha quedado en entredicho por la precarización sistemática de lo laboral y por la inserción de la mujer al ámbito del trabajo. La figura del «padre protector» se desdibuja cuando aparecen los nuevos modelos de paternidad y el viejo modelo del padre fuerte y dominante se muestra como más bien violento. También la figura del «hombre exitoso en lo sexual» se cuestiona al evidenciarse los elementos patriarcales y potencialmente agresivos del cortejo masculino. Así, los modelos antiguos se quedan vetustos y, cuando lo viejo (parece que) muere y lo nuevo no termina de aparecer, aparecen los monstruos.

Existe un malestar masculino, del cual se ha estudiado y se han escrito ya muchos artículos, proveniente de una crisis de los modelos de género asociados a unos contextos de cambio e inseguridad vital que han desdibujado las reglas sobre lo que consiste ser hombre. Afortunadamente, los varones ya no están en el mundo del honor, la dignidad y el merecimiento. Ya no consiste todo en que se sacrifiquen estoicamente por su familia y recibir la medalla del padre/marido/hijo del mes. No obstante, si ya no pueden ser «hombres de verdad», ¿qué se supone que deben ser? Ante esta pregunta surge la crisis de masculinidad donde los valores ligados a un rol masculino tradicional ya no estipulan cuál es su lugar en el mundo.