Cuando algo sucede solemos reaccionar conforme nuestra estructura psíquica lo permite, las respuestas están validadas por el aprendizaje, el ensayo/error de experiencias previas al momento actual, solemos afianzar la conducta, aunque esta sea poco provechosa, pocas veces ejercemos la posibilidad de ejercer actos novedosos o de mejor alcance y bienestar.

El ser humano está conformado en sus capacidades por milenarios hábitos de acción y reacción y conocemos que las crisis humanas han aportado los grandes saltos para la evolución.

Por la fecha-2019-parecería que la Organización Mundial de la Salud (OMS) predijo el estado emocional de los servidores en salud a nivel mundial, al describir el cansancio emocional y físico, comúnmente llamado burnout y que da cuenta del  conjunto de síntomas desarrollados o derivados del estrés crónico en el lugar de trabajo, lo incluyó en la lista de enfermedades laborales y recomendaba a los países miembros de la Organización lo consideren como tal desde el 2022, aunque la evidencia nos da cuenta que ya a mediados del año pasado se observaban preocupantes escaladas del Síndrome y hoy podemos ser testigos del agotamiento emocional no solo de los servidores en el área de la salud y afines.

Entrelazando mi introducción y la evidencia de estudios de campo con respecto al Síndrome de Burnout luego de la administración del Inventario de Burnout de Maslach, en el personal médico ecuatoriano da cuenta de “que más del 90% del personal médico y de enfermería presentó SB moderado a severo, siendo el personal médico el afectado con más frecuencia.” file:///C:/Users/USUARIO/Downloads/708-Preprint%20Text-988-1-10-20200605.pdf

Estamos a menos de un mes de cumplir un año del confinamiento por 14 días en un inicio y con tres brotes grandes de contagios y lamentables decesos tanto a nivel nacional como mundial y he dedicado un tiempo para revisar cómo estamos con nuestra capacidad de reinventarnos en el día a día para superar un ataque sorpresa, por un depredador que nuestra memoria colectiva no guarda memoria y por tanto el confinamiento, el miedo, la incertidumbre o la desesperanza, dependiendo si de observador o paciente estemos viviendo  esta cuarentena de casi un año de duración nos afecte.

Me gusta el concepto de resiliencia que hace referencia a la capacidad de reinventarnos tras cada trauma y salir fortalecidos, aún más si contamos con un nido de acogida y una protección material constante y segura.

Hemos intentado reorganizar nuestro tiempo como productivo, lo hemos empleado en cursos, charlas, capacitaciones o reuniones virtuales, mantener la mente ocupada y a la vez buscando nuevas formas de ser funcionales y productivos desde casa.

Una vez más se ha demostrado hasta la saciedad la acumulación de tareas, sean domésticas, maternales y laborales/profesionales de la mujer económicamente activa, sostiene un sistema social desigual y desmitifica las conquistas alcanzadas: el espacio de la vivienda no ha podido desarrollar las cualidades de refugio y hogar a la vez que ha resultado escaso para los miembros de la familia, este espacio techado se ha constituido en tierra fecunda para el desfogue de  la violencia en todas sus formas y tonos, ha aumentado el consumo de alcohol y drogas psico aditivas, la intolerancia al otro se ha multiplicado en perjuicio de las mujeres y niños, las desempleadas llevan la peor parte.

Las llamadas de alarmas han denunciado que el suicidio, el huir del hogar, los femicidios y diversas formas de violencia son los indicadores de procesos traumáticos de larga data que se mantenían sin solución psiquiátrica o psicológica dependiendo del caso.

Sería ingenuo replicar que la resiliencia no es una cualidad activa en estos momentos, si consideramos que la conducta humana a veces parece incierta y desconcertante, cada grupo humano y conglomerado social ha desarrollado mecanismos efectivos hasta ahora y el SB devela que es urgente a nivel de política pública en salud mental implementar estrategias para compensar la ansiedad, la soledad y abandono que se percibe ya no tanto a nivel subjetivo, sino además en el plano estatal e institucional.

Haciendo eco de ciertas manifestaciones inconscientes de conocimiento colectivo cito a manera a de ejemplo para reflexionar y analizar lo ocurrido en el feriado de carnaval reciente se viralizaron varios videos que daban cuenta de la aglomeración de paseantes en una playa pública, dijeron que eran doscientos mil sin mascarillas, sin distanciamiento social, resumiendo sin considerar la salud propia ni la de los demás, los gritos de reproche, indignación y llamados al buen juicio no faltaron, pero ellos fueron y volvieron sin ningún problema.

Haciendo un somero análisis de conducta, parecería que estaban  indiferentes a los llamados a quedarnos en casa, mantener la distancia y evitar las aglomeraciones, en las redes fueron considerados casi reos de muerte, pero…que tal si son personas que manifiestan SB y buscaron escapar de la realidad y no saben manejar sus emociones, que, si les importan los demás y ni se diga su propia familia y allegados: no quieren convertirse en focos de contagio y diseminación del virus, simplemente ya no dan más, quizás si se les aplicara el Inventario de Burnout de Maslach, marcarían percentiles altos y de preocupación sanitaria emergente, pero no hay disponible dicha atención, cuidado y procesos de recuperación emergente y a largo o mediano plazo, tal como se puede verificar en el día a día de nuestro sistema sanitario nacional.

La salud mental se degrada día a día, la posibilidad de reinventarnos tras cada trauma decae y es más leve o efímero tras cada episodio de más contagios y carencias hospitalarias, luego de los anuncios de despidos intempestivos, a la vez que se destapan casos de corrupción política y crisis fiscal.

No hay arte, música, servicio de acogida o atención sea virtual o presencial que supla las relaciones sociales y el contacto piel a piel entre los que lo necesitan o programas estatales que suplan las debilidades o carencias personales o de grupo, la pandemia, el encierro, la incertidumbre no se endulzan con historias de resiliencia actuales y así copiar dichas habilidades psíquicas u oportunidades humanas desarrolladas y descubiertas ahora y que se virilizan en el mundo global de las redes sociales.

La sociedad hecha de sujetos sensibles e inexpresivos de sus necesidades emocionales básicas o trascendentales se están matando, buscando encuentros ya no furtivos o clandestinos, sino desafiantes y altamente conocidos, escuchar, o entender está minado por el miedo, la inseguridad y la evidencia de muertos y ausentes.

“Habemus societatis” enferma del alma, despojada de todas sus máscaras de funcionalidad, rentabilidad, estatus y privilegios, enfrentados a la alta probabilidad de infección, hoy más que antes muerte nos ha igualado, desnudos ante nosotros mismos, cara cara a nuestros miedos y demonios.

El diagnóstico, ha hecho  posible tener un fin similar, se ha suprimido la posibilidad de despedir a nuestros muertos, una fosa común nos ha hecho semejantes, la otra cara de la moneda también se ha agigantado, ahora cuentan los muertos, y el poder lo ejerce quien tiene una farmacéutica, y el dinero suficiente para adquirir una panacea de posible cura, Haití por ejemplo deberá esperar a que alguien se humanice y se las done y en el caso de nuestro país, a que algún ministro humano y decente las adquiera a nombre del Estado y las ponga a disposición de quién voluntariamente desee vacunarse.

Entre el encierro, la espera, el dolor de las pérdidas la incertidumbre de estar vivos y temer el contacto con el otro, la incertidumbre y la angustia toman cuerpos reales y nos espanta la espera, no haber aprendido a recrearnos después de alguna experiencia traumática y el Inventario de Burnout de Maslach, será insuficiente para diagnosticar y poder iniciar acciones para recuperar las ganas de vivir y ponerle pasión y alegría a nuestras actividades que nos definan con sentido de realización y logro.

¿Acaso podemos recuperarnos del SB y aprender a recrearnos y fortalecernos tras haber perdido la inconsciencia ante la muerte inherente a la vida y de disfrutar ahora sin esperar a un después que ahora sabemos no hay seguridad de que lo vivamos juntos?

Atendamos la salud mental personal y de los nuestros, superemos los prejuicios y las frases cliché, pues a lo mejor ahora sí es para locos el psicólogo/a, pues no hay peor locura que negar que estamos pasándola mal y estoy plenamente confiada que una conversación psicoterapéutica aportará gran beneficio para el consultante, de esta manera adquirimos la cualidad de reinventarnos y volvemos a empezar, aunque el SB amenace con ganar en esta pandemia.