I

(…) la función de la mirada es central en el proceso de subjetivación no sólo porque está estrechamente ligada con el deseo de saber, de descubrir y conocer el mundo, sino también como una parte fundamental de la estructura humanizante que los otros le proveen al recién nacido. Para el psicoanálisis, la mirada de la madre (o quien encarne esa función) humaniza al bebé en un juego especular en el cual el bebé mira que es mirado por la madre. Al mismo tiempo, si la mirada pretende volverse totalizadora (pensemos en aquella madre que pretende “no sacarle los ojos de encima” a su hijo) también constituye un peligro para el sujeto. El control continuo proveniente de una mirada aplastante no permite el surgimiento de espacios para la soledad y la privacidad, condiciones para la subjetivación igualmente importantes. De esta forma, la pulsión escópica, esto es, la pulsión de mirar se ubica en un lugar fundamental y conlleva un doble peligro: la no-humanización del sujeto si falta y su aplastamiento si no falta nunca. (…)i

Yo propongo otra función a la mirada de la madre o de la persona que ocupa la función de madre. La mirada no solo subjetiviza o aplasta sino que fija a la criatura en una acción concreta que está desarrollando, de manera tal que se convierte, en palabras de Masud Khanii, en un microtrauma. La mirada de la madre en estos casos no es cualquier mirada. Puede ser una mirada de miedo, o ser una mirada vigilante; pero sobre todo es una mirada que congela, que petrifica. La acción puede ser anodina o no serlo, pero se convierte en una acción por la cual el niño siente que corre un gran peligro, siente horror de lo que hace o de sí mismo, al mirar al que le mira. El niño queda así fijado a esa acción sin saber muy bien en qué consiste eso que está haciendo, ni qué significado tiene o adquiere entonces para él, pero a partir de ahí, sea lo que sea, queda como parte de su repertorio de acciones inhibidas o “selladas” a su ser. Más adelante en su vida, cada vez que se encuentre realizando esa misma acción o quehacer, se reproducirá esa misma sensación de horror o angustia.

La mirada petrificante puede producirse porque la madre investiga al que investiga, pero por un placer sádico o narcisista de control y poder sobre las acciones del niño, eminentemente destructivo. Una madre siempre está a tiempo de retirar esa mirada para no fijar al niño. Si no la retira, lo fija.

II

«(…) Freud relacionó la pulsión escópica con el afán de saber. En el análisis del pequeño Juan, en el que se analiza la constitución de la fobia de un niño de cinco años, que es hijo de un discípulo suyo, podemos observar dos tiempos lógicos: un primer tiempo en que el niño es objeto de la mirada escudriñadora de otro (como objeto de comprobación de las teorías freudianas sobre sexualidad infantil), y un segundo tiempo en el que Juanito tiene que vérselas con lo real de la sexuación, para acceder a su propia posición sexuada. Freud resalta la eficacia de la amenaza de la castración en el tiempo en que el pequeño Juan puede ver el genital femenino viendo allí lo que falta, lo que no hay. La eficacia de este momento no consiste en que Juanito tenga la percepción visual de los genitales maternos, lo que está en cuestión es que se da a ver allí más allá de lo que se muestra. Cuando, por ejemplo, observa a su pequeña hermana a la hora del baño, comprueba que no tiene Wiwimacher (hace-pipí), pero aún así, tiene. «Más adelante le crecerá». Como nos dice Freud: «He aquí, pues, el proceso: el varoncito rehusó darse por enterado de un hecho de su percepción, a saber, que la mujer no posee pene. No, eso no puede ser cierto, pues si la mujer está castrada, su propia posesión de pene corre peligro… (…)»iii

«(…) Su interés [el del pequeño Hans] por el hace-pipí no es, sin embargo, meramente teórico; como cabía conjeturar, ese interés lo estimula también a tocarse el miembro. A la edad de 2 años, su madre lo encuentra con la mano en el pene. Ella lo amenaza: ‘Si haces eso, llamaré al doctor A., que te corte el hace-pipí. Y entonces, ¿con qué harías pipí?’. Hans: ‘Con la cola {Popo}-‘. (…)»iv

En este breve párrafo de la Introducción de Análisis de la fobia de un niño de cinco años, yo encuentro que el pequeño Hans se defiende de la amenaza de la madre aduciendo que podrá hacer pipí incluso sin el miembro, sin el hace-pipí porque con un agujerito como el del popo (que es como lo tienen la niñas), también se podría hacer pipí y no solo popó. Esto quiere decir que el niño aceptaría tener un agujerito en lugar de un miembro, con lo cual, el miedo a perderlo sería algo posterior e inducido por nuevas amenazas a su yo, más allá de su concreto miembro viril al que aquí se le quiere dar tanta importancia.

«(…) El gran acontecimiento en la vida de Hans es, empero, el nacimiento de su hermanita Hanna, que se produjo cuando él tenía exactamente 31/2 años.** Su comportamiento en esa ocasión fue anotado enseguida por su padre: A las 5 de la mañana, cuando empezó el trabajo de parto, la cama de Hans fue llevada a la habitación contigua; ahí despierta a las 7, y escucha el gemir de la parturienta, sobre lo cual pregunta: ‘¿Por qué tose mamá?’. Y después de una pausa añade; ‘Es seguro que hoy viene la cigüeña’. En los últimos días, desde luego, se le ha dicho a menudo que la cigüeña traería una nena o un varoncito, y con todo acierto él conecta el desacostumbrado gemir con la llegada de la cigüeña. Más tarde lo llevan a la cocina; ve la maleta del médico en el vestíbulo y pregunta: ‘¿Qué es esto?’, a lo cual se le responde: ‘Una maleta’. Y él entonces, con convicción: ‘Hoy viene la cigüeña’. Tras el alumbramiento, la partera se llega hasta la cocina y Hans oye cómo ordena que preparen un té, ante lo cual él dice: ‘Ajá; porque mami tiene tos le dan un té’. Luego lo llaman al dormitorio, pero no mira a la mamá, sino a los recipientes con agua sanguinolenta que aún están allí, y observa, extrañado, señalando la bacinilla llena de sangre: ‘Pero… de mi hace-pipí no sale nada de sangre’. Todas sus sentencias muestran que él relaciona lo insólito de la situación con la llegada de la cigüeña. Pone un gesto tenso, muy desconfiado, frente a todo lo que ve, y sin duda se ha afianzado en él la primera desconfianza hacia la cigüeña. Hans se muestra muy celoso con la recién venida, y cuando alguien la alaba, la encuentra linda, etc., dice en- seguida, burlón: ‘Pero si todavía no tiene dientes».» En efecto, cuando la vio por primera vez quedó muy sor-prendido de que no pudiera hablar, y opinó que no podía hacerlo porque no tenía dientes. Los primeros días, como es lógico, quedó muy relegado, y de pronto con-trajo una angina. En medio de la fiebre se le oyó decir: ‘¡Pero si yo no quiero tener ninguna hermanita!’. (…)»v

Es decir: Hans sabe que la madre gime y tose; porque gime es que viene la cigüeña (que es la maleta); porque le dan el té es porque tose. El que de su hace-pipí no salga tanta sangre es lo que le hace anudar el nacimiento de su hermana con la sangre: es lo que lo castra. ¡El ver esa sangre se anuda a las amenazas! Por eso dice que él no quiere tener una hermana, él no quiere que lo castren, que le pase lo que le pasa a su madre, ¡que le corten el hace-pipí y que le salga tanta sangre! (Él supone, porque se lo dijo su madre, que ella también de alguna manera tiene el hace-pipí exactamente como lo tiene él).

Propongo que el hecho de que Hans vea que su hermana nace sin el hace-pipí significa que ella no corre ese riesgo, de que la castren, que él sí corre -se lo dijo amenazante su madre-, de ahí que sienta a la vez angustia y aprensión hacia ese ser. Él ha nacido con el hace-pipí y él sí corre el riesgo de que se lo corten. Cuando Juanito dice «Más adelante le crecerá.», más que una aseveración es la expresión de un deseo, de un deseo de venganza, un pronóstico que él quiere que se cumpla, por el cual la niña, corra los mismos peligros, y sea objeto de las mismas amenazas que él (empero sospecha que no lo va a ser, por los numerosos e incomprensibles mimos, y protesta). Lo más seguro es que, en principio, Hans odie a su hermana por lo que su nacimiento supuso para la madre, que la castren. Y de aquí los desvaríos (de los hombres) de que (a ellas) hay que someterlas. Y es de ahí asimismo, que, probablemente, surge ese apego obsesivo (en casi todos los hombres), a su miembro viril, y el que “desprestigien” tanto a los o a las que carecen de él.

  • i Arias, V. (2017, 2 de julio-diciembre), Transparencia y exhibición. Nuevas formas deopresión en la  civilización de la mirada
  • ii Larbán Vera (2015) Cuadernos de Psiquiatría y Psicoterapia del Niño y del Adolescente, Trauma psíquico (No60, 2o semestre, 115)
  • iii ibidem
  • iv Freud, S. (1909) Análisis de la fobia de un niño de cinco años, Obras completas, Vol. X, 9, Amorrortu Editores, 1992
  • v ibidem