Lo propio del psicópata es la paradoja. La vaguedad y la cobardía. 

Paradoja es una idea lógicamente contradictoria u opuesta a lo que se considera verdadero a la opinión general. Algunas paradojas son razonamientos en apariencia válidos, que parten de premisas en apariencia verdaderas, pero que conducen a contradicciones o situaciones contrarias al sentido común.

Las paradojas se caracterizan por ser irresolubles, por la infinitud o insistencia, por las definiciones circulares -no admiten refutación-, por ser ambiguas, y por la confusión de niveles de razonamiento.

Cuando comenzamos una relación con una persona, si esta es un o una psicópata, hay siempre algo en su actitud, palabras o conducta que nos generan o bien confusión, o bien asombro, o bien disonancia cognitiva.

Según la Wikipedia: disonancia cognitiva hace referencia a la tensión o desarmonía interna del sistema de ideas, creencias y emociones (cogniciones) que percibe una persona ante dos pensamientos que están en conflicto al mismo tiempo, o por un comportamiento ajeno que entra en conflicto con sus creencias. Es decir, el término se refiere a la percepción de incompatibilidad de dos cogniciones simultáneas.

Tenemos que hacer un pequeño esfuerzo para «dejar pasar» ese acto, discurso o actitud. Nos vemos obligados a «hacer como si nada» a pesar de que algo nos está indicando que algo en esa persona está mal.

Lo dejamos pasar, y cuando hacemos eso, para poder continuar relacionándonos con esa persona ya sea porque trabaja en el mismo lugar que nosotros, porque es nuestro compañero de colegio o de universidad, porque es nuestro familiar, acabamos enredados. 

Nos auto convencemos de que en realidad, no es tan malo lo que nos sucede, que esa persona no puede ser tan mala, hasta que nos somete y nos convence de que esa maldad está en realidad en nosotros.

Un ejemplo

Es muy difícil sino imposible describir y explicar lo inefable. 

Lo que las actitudes, los discursos y las conductas del psicópata o del narcisista perverso generan en los que no lo somos, es difícilmente explicable. El objetivo será siempre el de descolocarnos porque a lo que apuntan es a hacerse con el control, suplantarnos y vejarnos: solo si conseguimos desequilibrar a los otros los podremos controlar del todo. La sensación que nos generan los discursos, las actitudes y los actos del psicópata es que parecen una cosa pero a la vez la contraria, otra, lo que hace que nos encontremos inermes: tanto si reaccionamos de una forma como de otra, sentiremos que lo que hacemos no es lo adecuado, que nada les satisface (tampoco nos satisface a nosotros), y parecerá que no damos la talla. Las expectativas nos parecerán enormes y nuestras respuestas jamás serán las adecuadas: esto es justamente lo que hace que caigamos en sus tramoyas. Creeremos que el sujeto en cuestión está muy por encima de nosotros. Nos parecerá que ese sujeto es más sensible, más inteligente que nosotros, y le cederemos ipso facto, el control de la situación que, como hemos visto, es lo que buscaba. 

Intentaremos sin embargo, describir esto que digo, en lo que se refiere al contexto laboral. Se trata de dibujar la coreografía y también la escenografía. Hablamos siempre de una obra teatral, y no de la vida real, porque para la psicopatía todo son ficciones. 

Nosotros nos relacionamos, en nuestro trabajo, con un número limitado de personas, nunca con todas. Hay personas a las que por h o por b, pasamos por alto. Una de esas personas es el psicópata: no lo vemos siquiera, no lo tomamos en cuenta, lo que despierta en nosotros a lo sumo, es indiferencia. Si tuviéramos que decir algo de esa persona es que es como parte del mobiliario del despacho o del estudio, parte del decorado, y esta es la escenografía. El psicópata no destaca casi por nada, es casi anodino, como si no tuviera personalidad. Y eso es así porque el psicópata es siempre acomodaticio. Lo suyo es la vaguedad. Dado que no tiene personalidad, tiene que pasar desapercibido.  

Pero el psicópata (los psicópatas), tienen un objetivo: encontrar de entre el personal, a la víctima. El psicópata necesita encontrar a la víctima propicia para poder alcanzar su objetivo, que es el de destacar, destacar para rellenar su vacío: no puede hacerlo por sí mismo. De la víctima extraerá el material que le sirva para crearse una personalidad. 

Si repasamos la historia, sabemos que Hitler (luego también Stalin, Heidegger, entre otros), encontró a su víctima por ejemplo, entre los judíos: Hitler era un ser anodino, lo suyo había sido el fracaso continuo, el vacío existencial. Son sujetos sumisos a la autoridad, que necesitan pisotear a otros para poder alzarse y presentarse dignos ante esa autoridad. La víctima les sirve de pedestal. 

En el contexto laboral, la autoridad la detentan los jefes. Pero estos jefes son solo representantes de la autoridad: la verdadera autoridad para el psicópata la suele detentar la mamá o, en el caso de Hitler, el papá. El papá o la mamá, en su imaginario y en la vida real, como encarnación del mal. Es ante esta autoridad que el psicópata ha quedado inerme, y ante la cual no se pudo rebelar y a la que elije emular, lo mejor que puede aunque siempre lo hará mal, porque aspira a superarla y con ello, a desbancarla definitivamente. El psicópata no admite, por ello, la autoridad de nadie más. Su respeto a la autoridad de sus jefes en el contexto laboral es solo aparente: su meta es burlar definitivamente cualquier atisbo de autoridad, e imponerse él incluso a esos jefes con los que él finge coaligarse para beneficio de los demás. Les promete grandes recompensas si se someten. Él les indicará cuál deberá ser el camino, y para ello es que él debe sí o sí encontrar a la víctima, y de seguro que la encontrará.

Ya sabemos por un sinfín de artículos cuáles son las características de las víctimas de mobbing, así como las de los colaboradores, los que guardan silencio, y las del cabecilla. No es necesario abundar en ello. 

Todo este juego sucio se organiza de manera subrepticia: hay un acuerdo implícito que permanece implícito. Nunca se habla de ello. Nunca se explicitan las cláusulas del acuerdo. 

Una vez que el psicópata señala a la víctima o la caracteriza, toda la empresa se reorganiza en torno a la víctima. La víctima puede ser un trabajador nuevo, por ejemplo y, desde el primer momento, desde la primera entrevista, la víctima recibirá mensajes contradictorios: le dirán “te queremos, pero no.” “Eres bueno/buena, pero no.” Ese juego será continuo y se visibiliza desde el momento en que la empresa en cuestión establece contacto con la potencial víctima. 

Pongamos un ejemplo de sistema laboral psicopático. Los jefes se comunican con la víctima. La entrevistan. Ellos ya la conocen porque han visto su currículum vitae y sus trabajos. La conocen más de lo que cualquiera podría pensar. Le dan a entender que su trabajo está bien, le transmiten que ella es de su interés, y que encajaría muy bien en el puesto que le ofrecen, pero aún cuando se esperaría una respuesta rápida tras la entrevista porque todo ha ido bien -un sí inmediato o casi inmediato-, los jefes tardan en responder. Se retrasan lo suficiente en llamar como para que esa persona dude de sí misma, de su idoneidad. El tiempo que se toman en responder es apenas mayor que el que se requeriría. Pero ese retraso ya es de por sí el síntoma que una/uno debiera poder detectar como señal clarísima de que algo no va bien en esa empresa, pero es tan ínfimo que una/uno, que desea ese puesto de trabajo, reprime y niega que exista, «lo deja pasar», como dijimos más arriba. 

Es evidente que una persona que se deja entrevistar para que la empleen, tiene una necesidad laboral, y ese tipo de jefes juega con esa necesidad que para ellos (y he aquí la paradoja…), es una debilidad: en cuanto un sistema laboral psicopático detecta en los otros una debilidad (nuestra necesidad de conseguir ese trabajo), busca reforzar dicha debilidad (o necesidad) y lo hará castigando esa debilidad (necesidad), por ejemplo, retrasándose en contestar, para acrecentar la sensación de debilidad (nuestra aspiración de que se nos contrate, aún a pesar de nuestra falta de idoneidad, de la que tan rápida y magistralmente se nos convence). 

Pero, una vez que el empleado ha sido contratado, ¿cuál será, dentro del sistema psicopático empresarial, el papel del cabecilla?

Primero, el cabecilla (el psicópata empleado para que el sistema se organice de modo «adecuado» según las expectativas), como ya hemos dicho, será un personaje que permanecerá en las sombras. Entre el psicópata y la víctima casi no habrá relación. Pero una vez que el resto de los participantes ha representado su papel de manera voluntaria o involuntaria, confundiendo a la víctima, alternando entre el boicot y la empatía (premio-castigo en el paradigma conductista), el psicópata saldrá de entre las sombras y aparecerá como el salvador, como el redentor: la víctima finalmente lo identifica. Él es el único normal en medio del caos, y es más: la víctima ya se siente culpable por no haber reparado en él antes: la víctima creerá que solo él era el bueno de la película y se siente culpable por su propia incapacidad para reconocer su bondad. Aquí el sentimiento de culpabilidad juega un papel primordial. A partir de ahora la víctima tendrá cargo de conciencia por cualquier conducta que revele sus ansias de escalar posiciones dentro de la empresa, de destacar, por rebelarse ante la autoridad. Se convertirá ella en la anodina. Será ella la que intente permanecer en las sombras, pero no la dejarán: la expondrán continuamente con sus debilidades y defectos que subrayarán y amplificarán ante los demás de manera tal que querrá aislarse y quedará aislada cada vez más. 

Y he aquí cómo se intercambian los papeles: el psicópata es aupado y agasajado, muy en contra de lo que esperaba de él la víctima a quien el psicópata convence previamente de que lo último que espera es subir escalafones en el trabajo o recibir alabanzas por parte de sus compañeros o jefes a quienes, le dice, detesta (lo cual en parte es verdad): él, que como autoridad moral que es, había reprendido a la víctima públicamente por creerse el centro del Universo, se convierte él en el centro del Universo laboral. Repentinamente todos reconocen sus méritos (supuestos méritos porque carece de ellos), y se le ensalza, y la víctima pasa, laboralmente, a un segundo lugar: se le encomiendan tareas que no tienen nada que ver con su capacitación o de un nivel inferior y se la relega. Es a costa de la víctima que el psicópata construye su personalidad. Y aunque todos o casi todos participan, lo que más impacto tiene entre los demás trabajadores es lo mucho que padece la víctima: es lo que denodadamente todos querrán, a partir de entonces, evitar para sí mismos, y es así cómo en este tipo de empresas que contratan psicópatas, se construye un orden que de otro modo, no hay. Esto es exactamente lo que ocurrió en la Alemania nazi. Esto es lo que ocurre en todo sistema laboral, familiar u organizacional que, para superar sus escollos, su ineptitud, su falta de personalidad, recurre a elementos del tipo que hemos descrito: el precio que pagarán será el descalabro final más absoluto y total. 

De la víctima se espera que, a pesar de los continuos castigos que serán cada vez peores, y a la vista de todos, asuma que es en beneficio del conjunto que se debe dejar castigar y que de no hacerlo lo atribuya a su egoísmo innato y visceral, del cual se la culpabilizará ad infinitum por medio de nuevos y cada vez más sofisticados castigos a un ritmo cada vez más acelerado. Lo típico de estas coreografías es que no se les pueda seguir el ritmo: todos se tropiezan, su dinámica es la del esperpento, pero la víctima es la que tropieza más si no se da cuenta de lo que ocurre y no deja su puesto.

Muchas veces, las víctimas de mobbing, o de bullying, se suicidan, y existen casos en los que denuncian, pero muchas veces no existen pruebas. Los psicópatas y los que los emplean, esperan encontrar pronto víctimas mejores.