Ante el surgimiento de un virus que sacudió al mundo, el único refugio fue el aislamiento. La evitación como respuesta adaptativa causada por el temor a contagiarse profundizó el distanciamiento. El desarrollo de vacunas favoreció a la apertura de espacios gradualmente que permanecieron cerrados durante mucho tiempo.

¿Pero cómo podemos volver a ser parte de esos espacios comunes haciendo oídos sordos a las experiencias y sucesos traumáticos que nos llevaron a desencontrarnos durante un tiempo?

Según la Psicóloga norteamericana Amada Raines, la sensación de incontrolabilidad sobre eventos y emociones potencialmente amenazantes conducen a un mayor miedo y, en consecuencia, a mayores conductas de evitación.

El miedo a contagiarse sigue presente, incluso sabiendo que podemos ser portadores silenciosos.

La sensación de poner en riesgo la vida de aquellos que más queremos no pierde vigencia.  Nuestro instinto de supervivencia nos lleva a seguir priorizando nuestra existencia y la de nuestro círculo. 

Del confinamiento a la libertad

La vuelta a clases, las reuniones familiares y los espacios gastronómicos entre otros, vuelven a brillar en este contexto de nueva normalidad. Pero en algunos casos, la vuelta a los espacios abiertos puede asociarse a vivencias desagradables.

Sin ninguna duda, la experiencia del aislamiento ha movilizado a gran parte de los que la han vivido. Sensación de sentirse expuesto real o mentalmente a una amenaza, optando por la reclusión como un modo de protección.  Los síntomas más frecuentes son: taquicardia, sudoración, irritabilidad, dificultad para conciliar el descanso, entre otros.

Gestionar los miedos

Sin presencia del miedo como tal, es probable que nuestros antepasados no hubiesen subsistido. El miedo es una emoción básica, fundamental para la supervivencia. Se manifiesta como una respuesta ante la falta de seguridad ante un enemigo invisible y desconocido.  No podemos evitar las experiencias desagradables. Como todo aquello que afrontamos pasa a ser parte de nuestra historia. Una construcción desde la pérdida que representa una ganancia a largo plazo. 

Podemos combatirlo mediante la asociación de experiencias agradables y reconfortantes que resultan valiosas y que sólo se obtienen mediante los intercambios sociales.

Si bien la respuesta a temores es refleja y automática la evolución nos permite poder aprender de aquellos sucesos.  La forma de gestionar correctamente los temores no es otra más que la exposición paulatina al mismo. De tal modo que se produzca un aprendizaje mediante la generación de nuevas conductas mayormente adaptativas. El conocimiento y la comprensión de los fenómenos objetivos permiten el abordaje y superación de las dificultades.

La invención de la vacuna y la incorporación de nuevos hábitos de higiene surgen como una respuesta posiblemente definitiva al temor desmedido.  El progreso científico no pierde vigencia, y sigue siendo por excelencia el principal motor del cambio.