La realidad que percibimos, nuestra experiencia, nos afecta y nos conforma como individuos. La manera en la que nos construimos a nosotros mismos o nuestro mundo a partir de las experiencias, está determinada por cómo reaccionamos ante ellas. Estas reacciones son lo que denominamos emociones y determinan el impacto que tiene la realidad circundante, con la que interactuamos continuamente, sobre nosotros, convirtiéndose en la base de nuestro conocimiento subjetivo del mundo y de nosotros mismos.

¿Qué son las emociones?

Las emociones son el conjunto de respuestas fisiológicas y hormonales que ocurren en nuestro cuerpo ante cualquier estímulo (no hay momento del día en que no experimentemos alguna emoción) y que van encaminadas a provocar los cambios corporales necesarios para recibir o enfrentarnos a dicho estímulo (Carretié, 2016). Esto supone, en muchas ocasiones, una medida adaptativa para la interacción con otras personas y el mundo; sabemos por la cara de nuestro jefe lo poco que le ha gustado que llegases tarde sin explicación y que no es buen momento para preguntarle por el partido de ayer noche. Nos permiten reconocer o anticipar en nosotros mismos y en los demás la reacción ante un acontecimiento (empatía), e identificar diferentes situaciones en las que ha ocurrido un mismo proceso emocional (Johnson-Laird, 1988), para no volver a llegar tarde sin una buena razón.

En apenas tres años de vida desde el nacimiento, el rango de emociones de un ser humano se desarrolla desde unas pocas emociones básicas a una gran cantidad de emociones con una construcción más compleja. Este desarrollo se encuentra ligado a la construcción de nuestra personalidad en base a nuestras experiencias y al desarrollo de otras funciones cognitivas. De esta manera, un niño menor de dos años puede sentir tristeza al fallar en una tarea, pero una vez sea capaz de evaluar su propia conducta en comparación con una figura de referencia, podría sentir culpa o vergüenza además de tristeza (Lewis, 2000).

¿Cómo es el proceso de una emoción?

Las emociones siguen un proceso que, si conocemos, nos aporta mucha información sobre nuestro entorno y sobre nosotros mismos. Desde la psicoterapia se le da importancia primordial al esquema sentir-pensar-actuar para la felicidad, satisfacción y éxito en la vida. Sin embargo, lo que se encuentra muchas veces en el despacho es una gran dificultad para ese primer paso en el que hay que identificar una emoción, es decir, cómo nos sentimos.

El primer paso, un estímulo

El proceso emocional comienza con la evaluación consciente[1] o inconsciente de un estímulo acontecido, independientemente del sentido por el que lo hayamos percibido o de que lo hayamos generado nosotros mismos (pensamiento). Existen ciertos estímulos que pueden considerarse como elicitadores emocionales biológicos (una pizza de tu sitio favorito, el coche que va a atropellar a tu mascota en su primer paseo urbano, etc.) que se encuentran directamente ligados a la supervivencia y cuya evaluación es, por razones evidentes, inconsciente[2] (Núñez, 2012). Es preciso tener en cuenta que todo procesamiento inconsciente suele ser más rápido que si la información ha de ser procesada conscientemente, las emociones incluidas, o…  ¿Acaso preferimos pararnos a calcular las probabilidades de que el peso del coche aplaste a tu mascota antes que apartarla de la carretera?

Por otro lado, otros estímulos no ligados a la supervivencia (encontrar sitio para aparcar con el coche en la puerta de tu casa o llegar a la estación justo cuando aparece el metro para ir a tu trabajo), debido a su alta frecuencia experiencial, también son evaluados inconscientemente. Esto se debe a que muchos de los estímulos que percibimos, o experiencias, tienen ya una carga afectiva asociada en interacciones anteriores, de tal manera que automáticamente se activa la respuesta emocional (Núñez, 2012), por eso tu pareja ya no te mira igual que la primera vez que cenasteis vino y queso y no significa otra cosa.

La evaluación, un paso determinante

Si un estímulo es siempre el que inicia el proceso emocional, es la evaluación (consciente o inconsciente) de éste la que determina la reacción concreta que vayamos a tener. Dicha evaluación depende de las pequeñas variaciones que en el estímulo pueden darse, del contexto, de nuestra personalidad, de nuestro estado interno tanto a nivel físico como mental, de nuestras expectativas, necesidades, pensamientos, deseos (Johnson-Laird & Oatley, 2000)… Siendo nuestro contexto el que determina el peso que tiene cada una de estas variaciones en la evaluación.

Un punto final… ¿o seguido?

Una vez el estímulo ha sido evaluado se activa la respuesta emocional, o lo que es más comúnmente conocido como expresión emocional. Esto supone un conjunto de cambios en nuestro cuerpo (expresión facial, voz, postura corporal, activación hormonal, nivel de activación…) que tiene como funciones, por un lado, informarnos sobre el impacto que ha causado el estímulo sobre nosotros y por otro, prepararnos físicamente para acercarnos o alejarnos del estímulo.

La respuesta emocional se da en diferentes dimensiones: fisiológica, conductual y cognitiva. En gran parte, son las reacciones fisiológicas las que nos prepararán para el estímulo, variando el pulso cardiaco, la respiración, el tono muscular o segregando hormonas, cuando el coche se acerca vertiginosamente a tu mascota, por ejemplo. También aportarán información sobre su magnitud o importancia en función del tiempo que permanezca activa la respuesta fisiológica, pero teniendo en cuenta que mientras permanezca la estimulación, nuestro cuerpo seguirá reaccionando hasta que se agote o se habitúe (Carretié, 2016; Damasio, 2017; Lewis, 2000).

La respuesta fisiológica suele ir acompañada de la respuesta conductual. Esta comprendería los cambios en expresiones faciales, movimientos corporales, en el volumen, tono y ritmo de la voz… que son por lo general de gran utilidad en la comunicación; seguro que la cara de arrepentimiento te sale sola cuando ves a tu jefe saliendo de la reunión a la que no has llegado por quedarte dormido. O incluso en la supervivencia; más le vale a tu mascota que espabiles y la respuesta fisiológica de aumento de la tasa cardiaca, segregación de adrenalina y contracción del tono muscular vaya unida de la respuesta conductual de dirigirte a tu mascota y ponerla en un lugar seguro.

Finalmente, el componente cognitivo de la emoción supone una toma de conciencia de los cambios sufridos y una evaluación de estos (nos encanta obviar este componente a veces – sobre todo cuando es opuesto a otras emociones). Es en este momento donde podemos comenzar a hablar de sentimientos (emoción sentida), que comúnmente se emplea como sinónimo de emoción. Sin embargo, aunque emoción y sentimiento ineludiblemente vayan de la mano, no son estrictamente lo mismo. Mientras que la emoción consistiría en el conjunto de cambios fruto de cómo nos afecta la realidad, los sentimientos suponen una visión mucho más holística de nuestra relación con el mundo que nos rodea (Lewis, 2000).

Conocerte, es cuidarte

Al igual que apuntarte a yoga, cocinar una dieta equilibrada o hacerte unos análisis al año, educar las emociones es una manera de cuidar de nosotros mismos y de los que nos rodean. Aprender cómo nos afecta cada estímulo a nosotros y a nuestro entorno, qué variables tienen más peso en la evaluación de nuestros estímulos o emociones, qué cargas afectivas tenemos o tiene nuestro entorno sobre los objetos, las personas, las situaciones o las ideas y cómo influyen en su día a día o descubrir qué conflictos existen entre nuestras emociones y pensamientos, es una medida saludable que mejora nuestro día a día y que se puede educar y entrenar.

Referencias

  • Carretié, L. (2016). Anatomía de la mente: Emoción, cognición y cerebro. Mdrid: Ediciones Piramide.
  • Damasio, A. (2016). En busca de Spinoza: Neurobiología de la emoción y los sentimientos (E. Planeta Ed. Cuarta ed.). Barcelona (España).
  • Johnson-Laird, P. (1988). The computer and the mind: An introduction to cognitive science. Cambringe, MA US: Harvard University Press.
  • Johnson-Laird, P., &; Oatley, K. (2000). Cognitive and social construction in emotions In M. Lewis & J. M. Haviland-Jones (Eds.), Handbook of emotions (pp. 458 – 475). New York, NY: The Guilford Press.
  • Lewis, M. (2000). The emergence of human emotions. In M. Lewis & J. M. Haviland-Jones (Eds.), Handbook of emotions. New York, NY: The Guilford Press.
  • Núñez, J. P. (2012). La mente: La última frontera. Madrid: Universidad Pontificia de Comillas.

[1] Entendemos por consciente todo aquello de lo que podamos dar cuenta e inconsciente todo aquello de lo que no podamos dar cuenta.

[2] No es posible asegurar que se realice una evaluación inconsciente dado que no podríamos dar cuenta de esta. Sin embargo, que, por medio del condicionamiento, ante un mismo estímulo elicitador biológico puedan darse emociones diferentes pone de manifiesto que la interpretación o evaluación de estos estímulos es susceptible a variaciones, por si en realidad queremos librarnos de Donatello, la maldita tortuga de tu hijo.


Este artículo fue escrito por Rubén García psicólogo y neuropsicólogo, fundador de Cotera.