Recientemente, el tema del duelo ha tomado su espacio con gran fuerza debido a la contingencia mundial relacionada con la pandemia que vivimos hace un par de años. Si a lo anterior agregamos el hecho de que los resultados de investigaciones dan cuenta de que el 40% de los niños/as que han vivido un duelo por la muerte de un ser querido, un año después padecen trastornos psicológicos (Guillen et al, 2013), creemos que sería relevante de tomar en cuenta la complejidad del duelo a la hora de enfrentarnos a tal temática en el trabajo infanto-juvenil.

El duelo vivido a partir de la pérdida de una figura significativa es una experiencia que afecta de manera distinta a los niños/as y adolescentes según el contexto que los rodea. Esta vivencia va a depender de cómo esta muerte se haya dado, quiénes se han visto afectados/s y cómo ha sido abordado con el menor de edad -considerando la etapa del desarrollo en la que se encuentra. Si bien el proceso de duelo puede desarrollarse normalmente, también es posible que este se presente de forma patológica (Almonte & Montt, 2012). De ahí radica la importancia de estar atentos/as al proceso de duelo, para prevenir que esto último ocurra. Es entonces cuando surge la gran pregunta desde nuestra vereda: ¿qué hacer como profesional para prevenir el desarrollo de un duelo patológico?

En primer lugar, guiar a los adultos a que -desde un inicio- resulta necesario acompañar el dolor y el sufrimiento que el niño/a o adolescente está sintiendo, y que por sobre todo, este será inevitable en algún grado. Aunque a veces no sea tan evidente, no podemos olvidar que las reacciones a tales eventos son muy variadas, por lo que es importante transmitir que no existe una norma de cómo reaccionan los niños/as y adolescentes. En el acompañamiento clínico, si bien la intervención dependerá de cada caso,  existen ciertas acciones que podemos ir realizando frente a un duelo normal, ya sea desde un acompañamiento terapéutico o en forma de recomendación para los adultos a cargo. Entre éstas, se encuentran el mediar a que los menores puedan aceptar la realidad que se encuentran viviendo de forma progresiva, validar los sentimientos que vayan apareciendo, acompañarlos en cómo se va elaborando y viviendo esta pérdida. A su vez, observar con el tiempo si se va logrando un ajuste a la nueva realidad, y cómo se van desarrollando los afectos, siendo esperable que éstos se vayan integrando con las cogniciones asociadas al duelo dentro del primer año (Almonte & Montt, 2012).

Por otro lado, se hace primordial destacar lo que señala Flórez (2002) en cuanto a nuestro rol profesional de psicólogos/as, en donde debemos valorar cuidadosamente cualquier motivo de consulta por duelo, estando atentos/as a si existe necesidad de una intervención especializada y siendo capaces de detectar cuándo un duelo normal se está desviando hacia uno patológico para intervenir de forma óptima y adecuada. En relación a lo anterior, cabe tener en cuenta que el duelo patológico puede expresarse de diversas maneras, mostrándose un retraso en su aparición o siendo vivido de forma intensa y duradera. De hecho su presentación pueden estar asociada a importante sintomatología depresiva, psicótica o conductas de riesgo. Frente a la presencia de un historial de pérdidas traumáticas, se puede presentar también una percepción de que cualquier contexto pueda repentinamente ser próximo a la muerte, la posibilidad de visualizar nuevas pérdidas en situaciones catastróficas, relaciones de dependencia con el fallecido; entre otras posibilidades consideradas como patológicas (Flórez, 2002).

Finalmente, más allá de las indicaciones particulares, se hace relevante transmitir a los adultos que siempre debemos considerar la particularidad del caso y es realmente importante que de manera profesional podamos transmitir calma al entorno que se ve envuelto en un evento de este tipo. En muchos casos, nos toca observar cómo las personas que se encuentran alrededor del niño/a o adolescente se desesperan antes de tiempo, al ver a los menores reaccionando a la situación y mostrando conductas que son diferentes a las que uno observaba en ellos/as antes de la pérdida. Es así como debemos ayudar a comprender que aunque sea difícil verlos de esa manera, existe un periodo en donde es esperable que aquello ocurra. Muchas veces la ansiedad de los adultos por querer que el niño/a o adolescente supere esta etapa rápidamente, puede ser entorpecedor para el proceso de duelo y lo que necesita nuestro paciente en este periodo. En ese caso, sería más pertinente transmitir la necesidad de dar tiempo a cada niño, niña o adolescente en particular, respetando y acompañando cada ritmo de aquella vivencia para que pueda llegar a una sana resolución.

Referencias Bibliográficas

  • Almonte, V., & Montt, M.E. (2012). Psicopatología infantil y de la adolescencia. (2da Edición). Editorial Mediterráneo Ltda
  • Guillén, E. G., Montaño, M. J. G., Gordillo, M. D. G., Fernández, I. R., & Solanes, T. G. (2013). Crecer con la pérdida: el duelo en la infancia y adolescencia. International Journal of Developmental and Educational Psychology2(1), 493-498.
  • Flórez, S. D. (2002). Duelo. In Anales del sistema sanitario de Navarra (Vol. 25, pp. 77-85).

Artículo escrito por Dominique Dattas, Psicóloga Infanto-Juvenil, creadora de contenido Praxis HUB. Mail: [email protected].