Es indiscutible que en los últimos años se ha avanzado bastante en lo que atañe al menor y a las diferentes formas que, al menos legalmente, podemos protegerle. Sin embargo, aún queda mucho por hacer, sobre todo, si nos centramos en lo que a salud mental se refiere…

Aunque la mayor parte de los niños y niñas que viven en nuestro país crecen con sus padres biológicos, existen otros muchos que por algún motivo deben ser separados de los mismos para garantizar su integridad. Esta “protección” se consigue, o al menos así se pretende, con la implantación por parte de las administraciones públicas de medidas que garanticen el bienestar, tanto físico como psicológico, de estos menores. Son muchas las familias y profesionales que participan en estos programas de protección familiar que enumeramos a continuación (Amorós y Palacios, 2004):

  • Adopción: se produce cuando tiene lugar una separación entre el menor y sus padres biológicos sin previsión de reunificación y con modificación de filiación, es decir, sus padres biológicos dejan de ser sus padres y pasan a serlo los adoptantes.
  • Acogimiento familiar: tiene lugar cuando el niño o la niña es separado de sus padres biológicos con o sin previsión de reunificación y sin modificación de filiación. Sus padres biológicos siguen siendo sus padres legalmente, pero no cuentan con la guarda del menor. Existen dos modalidades de acogimiento familiar en función de los lazos de parentesco del niño con la familia acogedora:
    • Acogimiento en familia extensa: el menor es acogido por miembros de su familia (abuelos, tíos, hermanos mayores de edad, etc.)
    • Acogimiento en familia ajena: el menor es acogido por una familia con la que no guarda ningún tipo de parentesco o lazo familiar.

Pero no son éstas las únicas medidas que existen para la protección de los menores. Los centros de acogida albergan a muchos de estos niños que por alguna circunstancia no pueden convivir con sus padres; sin embargo, y después de las investigaciones realizadas al respecto, parece ser que no son estos centros la opción más beneficiosa para los niños, ya que ” dichos centros son diseñados para dar una atención temporal y con carácter de urgencia […] durante el tiempo estrictamente necesario para efectuar un diagnóstico y propuesta de futuro para la vida de los menores”.

Por todo esto, en 2013 se llevó a cabo una investigación en la que se compararon diferentes grupos de menores con el fin de conocer las discrepancias entre ellos en lo que a ajuste psicológico se refiere. Estos grupos eran: menores en familias adoptivas, menores en centros de acogida, menores en acogimiento en familia extensa, menores en acogimiento en familia ajena y menores del grupo control (constituido por niños y niñas que vivían con sus padres biológicos y nunca habían pasado por un programa de protección). En este estudio, el ajuste psicológico era entendido como un concepto global que abarcaba datos recogidos a partir de 5 variables: síntomas emocionales (inseguridad, desapego, ansiedad, tristeza, etc.), problemas conductuales, hiperactividad, problema con compañeros y conducta prosocial, entendida esta última como todo aquel comportamiento positivo que beneficia a otros.

Estos cinco componentes fueron analizados de dos formas diferentes: según la percepción de los padres o familiares/cuidadores y según la percepción de los profesores. Finalmente, se hizo una comparativa entre ambos grupos para conocer si existían diferencias a tener en cuenta entre padres/familiares/cuidadores y profesores.

Por los datos arrojados, se pudo concluir que tanto los padres/familiares/cuidadores como los profesores percibían un peor ajuste psicológico de aquellos menores que se encontraban en centros de acogida, coincidiendo además ambos grupos en que la mayor parte de los problemas que manifestaban estos niños y niñas estaban relacionados con síntomas emocionales, problemas conductuales y problemas con los compañeros. Pero fue esto lo único que mostraron en común: se observó que, desde el punto de vista de los profesores, los menores que pertenecían a familias adoptivas presentaban en general más conductas prosociales que aquellos que pertenecían a otros grupos, siendo los niños y niñas en centros de acogida los que menos; y hubo discrepancias entre padres/familiares/cuidadores y profesores en lo que a la percepción sobre la hiperactividad se refiere. No sólo se observaron diferencias entre las puntuaciones medias obtenidas por cada grupo en las distintas variables, sino que además se dieron ocasiones en las que las percepciones de padres/familiares/cuidadores y profesores no coincidían para el mismo grupo.

Por tanto, parece que a partir de dicho estudio se hicieron evidentes tres puntos fundamentales:

  1. Los niños y niñas en centros de acogida presentan un mayor número de dificultades y un peor ajuste psicológico.
  2. En la medida de lo posible es importante apostar por las medidas de carácter familiar, ya que promueven un mejor ajuste.
  3. Es importante que los menores reciban unas pautas de conducta y educación que sean coherentes entre las figuras responsables de su crianza, para fomentar el adecuado desarrollo de las competencias necesarias para que estos niños y niñas, que han pasado por situaciones adversas con muy pocos años de vida, se conviertan en adultos capacitados y totalmente integrados en la sociedad en la que se encuentran.