Introducción

La epistemología feminista nos ha proporcionado una serie de claves para analizar la configuración del género y su incidencia en el ordenamiento social. Gracias a los estudios feministas hemos superado los enfoques más esencialistas del género para dar paso a la importancia de la construcción cultural e histórica de estos (Sanfélix y Téllez, 2017). Estos aportes no tan solo inciden en la manera en como nos aproximamos y estudiamos las relaciones de género y otros entramados, si no que revela también la posibilidad de cambio, que los géneros se produzcan y reproduzcan culturalmente nos da una serie de posibilidades para incidir en los cambios venideros (Beauvoir, 2005).

En esta línea, los aportes del feminismo decolonial van mucho más allá, sus contribuciones radican en la posibilidad de cuestionar las estructuras de poder y analizar como los procesos históricos estructurales, como por ejemplo la colonización y el extractivismo actual, han influenciado en la construcción de las masculinidades del sur del mundo, cuestionar todas las formas e intentos de homogeneizar el género es una forma de disputar el poder y contribuir a su ruptura (Curiel, 2021).

Este texto busca poner de manifiesto, como pese a la constatación de la influencia cultural e histórica en la configuración del género, las lógicas coloniales siguen incidiendo en la manera de estudiar a las poblaciones racializadas, las aproximaciones del feminismo blanco hegemónico y de los estudios de las masculinidades no han logrado darle el estatus que merecen a otras variables como la etnia o la raza, reproduciendo precisamente aquello que queremos abolir.

En este ensayo, encontraremos un breve repaso a la construcción de las masculinidades en Abya Yala, territorio colonizado en el sur del mundo, en la misma línea reflexionaremos sobre el concepto de masculinidad hegemónica, constructo en ocasiones criticado por “homogeneizar” a los hombres como un todo, y por último, reflexionaremos como a propósito de la configuración cultural del género las identidades tienen posibilidades de cambio, esto desde una perspectiva Foucaultiana.

Más allá de la interseccionalidad

La masculinidades en las sociedades pre-intrusión

Para problematizar y acercarnos a los estudios de las masculinidades, lo haremos desde una epistemología feminista, esta nos permitirá partir de la base que la construcción de las masculinidades tiene una herencia cultural y su construcción son el resultado del diálogo entre las normas sociales, las representaciones culturales y del contexto social, político y económico (Núñez, 2016). Los aportes epistemológicos del feminismo para abordar los estudios de las masculinidades advierten una ruptura con los enfoques más normativos y esencialistas. Al considerar también la dimensión histórica de las masculinidades, aceptamos que la historia es parte de nuestro presente, asumiendo que la expresión de la masculinidad actual es el resultado de una seguidilla de procesos históricos, disputas y relaciones entre sujetos (Zemelman,2005).

A propósito de la dimensión cultural y situada de la construcción del género, nos remontaremos al proceso de colonización-invasión en Abya Yala, es en ese lugar donde se puede observar con claridad como la construcción de la masculinidad tiene estrecha relación con un proceso histórico estructural. En esta región del sur del mundo previo al periodo de “intrusión” no se identificaban categorizaciones de género tan definidas como en las naciones europeas, lo que no quiere decir que no existía una dominación patriarcal (Segato, 2016) como también comunidades con organizaciones más igualitarias (Lugones, 2018).

En ese periodo, las naciones intrusas con el fin de justificar su dominación, impusieron una serie de categorizaciones basadas en la etnia, en la clase social u orientación sexual, para así configurar una jerarquía de cuerpos (Quijano,1992) apta para la continuidad de su opresión; criollos, india, mestizo,zambo, mulato, cholo, son solo algunas de las categorías que se impusieron, que se heredaron y forman parte del entramado de jerarquización de cuerpos en el Abya Yala actual (Ojeda y Cortés, 2022).

En esta línea, uno de los procesos más determinantes para el sostenimiento del orden colonial, fue sin duda la imposición del patriarcado, este proceso forzoso es el resultado de las masculinidades que observamos actualmente en Abya Yala, es la herencia dialógica forzosa entre occidente y las comunidades precolombinas, proceso que se vivió con resistencias, incongruencias y aliados al interior de los pueblos del sur, pero de manera muy heterogénea a lo largo y ancho del territorio saqueado (Segato,2016).

La masculinidad del sujeto indígena se construye en la falacia de la modernidad, lo que determina supuestamente lo humano, pero en esta escala humana, la masculinidad indígena ocupa el último eslabón, es lo que Connel (1997) denomina masculinidades marginales, al ser un proceso que busca la universalización de la ontología humana, los indígenas ven en sus identidades expresiones defectuosas, inacabadas, humanos de segundo orden, visualizan su vínculo con la naturaleza -algo tan característico de estos pueblos originarios- como algo abyecto, algo a cambiar (Echeverría, 2010).

El orden colonial, no contempla al indígena como sujeto, no contempla su historicidad, sus subjetividades y cosmovisiones, tampoco los procesos forzosos a los cuales han sido sometidos y que son parte fundamental de su identidad masculina, todas esas incoherencias, fallas e impresiones repetitivas de la identidad masculina indígena, se han transmitido hasta el día de hoy.

Comprender la importancia del componente cultural e histórico en la construcción de las identidades masculinas, y adoptar los aportes de la epistemología feminista decolonial, significa romper con la distinción sujeto- objeto, es decir, superamos lógicas propias de la colonialidad del saber y del ser (Quijano,1992) donde las poblaciones racializadas son un objetivo a conocer e investigar (De Sousa, 2009) y apostamos por un feminismo decolonial que facilita la presencia de los ausentes, los silenciados y sus subjetividades.

Connell plantea (1997), que al igual que sucede con los estudios del feminismo, la relación entre género y etnia configura una jerarquización diferenciada entre hombres, por tanto aproximarse a los estudios de género desde la diversidad cultural es un aporte crucial para ampliar el análisis de como se construyen las masculinidades en los diferentes contextos culturales.

El potencial del análisis interseccional en los estudios de las masculinidades pone en el debate como la etnia, la raza o clase social contribuyen a superar las conceptualizaciones universalistas del género impuestas por el norte global, ya que al considerar las diferencias culturales, comprendemos que muchas de estas diferencias responden a estructuras de opresión heredadas desde la colonia y que son reproducidas desde la conformación de los estados-nación- modernos.

El feminismo decolonial insiste en que la construcción de las masculinidades es parte de un proceso dialógico entre la macabra colonización y la preexistencia de configuraciones de género en las sociedades precolombinas, los hombres indígenas funcionaron como bisagra entre estos dos mundos, y tuvieron que lidiar por un lado con la lealtad hacia su pueblo y por el otro, hacia el mandado de la masculinidad (Segato, 2016)

La masculinidad es un fenómeno social e histórico complejo, la conformación genérica del sujeto está atravesada por el racismo, la heterosexualidad, el colonialismo y el capitalismo (Curiel 2021). De ahí que considerar estos elementos y su potencial relacional más allá del género es de gran importancia, primero para ampliar el debate, pero también para reconocer otras formas de habitar el mundo y visualizar el cambio.

Masculinidad hegemónica, ¿quiénes?

Moreno y Alcántara (2018) describen la masculinidad como la configuración de creencias y significados asociados al hecho de ser hombre, articulados al mismo tiempo con las lógicas de poder que van más allá de los cuerpos.

Este acercamiento al concepto de masculinidad, nos permite comprenderlo no tan solo desde el género, si no también desde el ordenamiento político de una sociedad en particular, su historicidad, y del entramado social e institucional que sustentan las subjetividades masculinas, es decir, no podemos forzar la universalidad de un concepto que es construido situadamente.

En los apartados anteriores, mencionábamos que la masculinidad que hoy conocemos en muchos países colonizados, es el resultado dialógico entre los procesos macabros de colonización y de las sociedades precolombinas, y si bien el patriarcado es uno solo como postula Pastora Filigrana (2020), la realidad nos muestra que las diferentes versiones de la masculinidad están determinadas por las subjetividades y contradicciones de cada contexto.

A raíz de estas premisas, me quiero detener un instante en el concepto de masculinidad hegemónica desarrollado por Raewyn Connell (2015) en la década de los ochenta, con este concepto Connel quería aludir a los sujetos que se encuentran en condición de privilegio dominante en la estructura de género. Este modelo ha tenido gran incidencia en los estudios de las masculinidades, y es un concepto muy utilizado también en la jerga de los movimientos feministas, ha servido en parte para señalar la dominación que ejercen los hombres en la jerarquía de los cuerpos y el poder y privilegios que ostentan, pero también este modelo ha sido cuestionado por intentar homogenizar la aplicación de un concepto a realidades muy diversas, estudiar las masculinidades con una idea universal del poder dificulta las diferencias intrínsecas en las condiciones de los hombres, algo que debe ser señalado constantemente.

En particular, se ha señalado que la masculinidad hegemónica no se puede pensar como un constructo que organiza a los hombres como un todo, es decir, que no puede ser pensada para todos los contextos. Son los hombres que se encuentran en posiciones estratégicas y privilegiadas los que determinan aquella hegemonía que, posteriormente, se transmite y reproduce.

El proceso colonizador fue un proceso de transmisión de una masculinidad hegemónica a hombres indígenas, estos asumieron aquellos mandatos pero no dejaron de ser la otredad, los marginados, los subalternos. Esta narrativa también la podemos observar en la actualidad, muchos de los privilegios que ostentan algunos hombres y que denuncia parte del feminismo no lo ostentan todos los hombres, los hombres migrantes, los marrones, los obreros, los jornaleros, no han accedido nunca a gran parte de esos privilegios, y ahí también radica la falla del sistema y del poder, transmite una narrativa incoherente que puede ser utilizada potencialmente en su contra o capitalizada por otros grupos que refuercen ideas aún más radicales, que es lo que estamos observando actualmente con la extrema derecha en el mundo.

Otro punto de discusión sobre el término «masculinidad hegemónica» se refiere a su uso común para describir un conjunto de características relacionadas con los privilegios y el sistema de dominación, sin centrarse en cuestionar cómo se crea, mantiene y cómo impacta en las dinámicas de género. Así como muchas pensadoras feministas ven el concepto de género como una consecuencia de las desigualdades que surgen de las asignaciones simbólicas de roles, la noción de hegemonía fue introducida por Gramsci como un enfoque metodológico para entender la compleja interacción entre el consenso y la coerción, en lugar de ser simplemente una descripción de una forma específica de poder (Messerschmidt y Connel, 2005).

Entonces, las oportunidades que nos ofrece este concepto se concentran especialmente en la capacidad que tiene para señalar cómo el género, la raza, la clase, la sexualidad, y otras categorías sociales, son empleadas a nivel personal, interpersonal y social para respaldar (o cuestionar) la estructura jerárquica y la interdependencia del sistema de género hegemónico, a escala global, regional y local.

Hay que recordar que el término gramsciano “hegemonía” era el concepto con el que se analizaba en ese momento la estabilización de las relaciones de clase (Connell, 1977). El trabajo de Gramsci pone el énfasis en las dinámicas de cambio estructural donde intervienen la movilización y desmovilización de las clases. Sin una centralidad clara en la idea de cambio histórico, el concepto de hegemonía se vería simplificado a un simple modelo de control cultural. En gran parte del debate sobre género los cambios históricos estructurales no son considerados, esta es una de las dificultades al que se enfrenta el concepto de masculinidad hegemónica.

La masculinidad hegemónica, distinguiéndose de otras expresiones de masculinidad, en particular las marginadas, no se presentaba como la «norma» en términos puramente estadísticos; solamente una minoría de hombres la personificaba. Sin embargo, era considerada como la «norma» social. Representaba la representación más honorable de la masculinidad, exigiendo que los demás hombres se posicionaran en relación a ella, ya que sustentaba ideológicamente la subordinación generalizada de las mujeres.

Durante el período que abarca desde mediados de la década de 1980 hasta principios de la década de 2000, el concepto de masculinidad hegemónica experimentó una notable evolución. Inicialmente, se asentaba en una base empírica relativamente estrecha, pero con el tiempo, se convirtió en un marco teórico ampliamente adoptado para explorar y analizar temas relacionados con los hombres y las masculinidades. Este concepto encontró aplicación en una amplia variedad de contextos culturales y se utilizó para abordar una extensa gama de cuestiones prácticas. Por tanto, no es sorprendente que suscitara críticas y debates en la comunidad académica y más allá (Messerschmidt y Connel, 2005).

Las críticas al concepto son diversas, pero muchas de ellas se enfocan en la pregunta de ¿quiénes son los hombres que encarnan la idea de masculinidad hegemónica? Más allá de estas críticas, resulta crucial descartar cualquier concepción que trate a la masculinidad hegemónica como un modelo inmutable y atemporal. Esta aproximación descuida el aspecto histórico del género y pasa por alto la abundante evidencia de la evolución en las definiciones sociales de la masculinidad.

Las grietas del poder y las posibilidades de cambio

Michel Foucault (1980) señala que el poder nos configura, que el individuo, es producto del poder, es decir que no somos meros objetos naturales, si no resultado de una producción cultural de las leyes y normas sociales, estamos compuestos de un entramado de elementos, de pasiones y deseos. Es ahí en el carácter construido de las identidades, donde radica su posible transformación. Foucault confiere al poder una capacidad constructiva, productiva y performativa, por lo tanto entiende que es en el interior del poder donde se encuentra la posibilidad de emancipación.

Judit Butler (2007) comparte esta visión con Foucault, esta pensadora ha dedicado gran parte de su obra a estudiar los mecanismos de poder que configuran nuestra identidad y que se dan en una espacie de doble operación, la dominación de los sujetos y a la vez su propia producción, en este sentido la autora postula que el feminismo afirma, defiende y representa a un sujeto político que, en última instancia debe desaparecer.

Si seguimos esta línea, el patriarcado produce identidades, configura la masculinidad y la feminidad, y eso nos sitúa frente a una situación paradójica, donde el mismo poder a que nos enfrentamos y que queremos desactivar es el que nos produce. Nos enfrentamos al sistema que nos configura, el que construye nuestras identidades, nuestros deseos y nuestros cuerpos. Es decir, no podemos cuestionar al poder sin cuestionarnos a nosotras/os mismas/os. ¿Entonces como combatimos el poder?, según Foucault no hay un espacio sin poder, no hay un afuera, por lo tanto la única manera de enfrentarse al poder sería disputarlo desde dentro. Abolir el poder es algo que nunca llegará, generando desmovilización y paralización, por lo tanto a veces es mejor contrarrestarlo y repartirlo en manos de quiénes lo necesitan.

Siguiendo en esta misma lógica, si el poder no tiene un afuera, esto significa que ningún medio que utilicemos para enfrentarlo serán medios limpios de relaciones de poder. En este sentido como dice Clara Serra (2018) la transformación del mundo solo será posible volviendo al poder contra sí mismo, empleando el poder contra el poder.

El poder no es como nos han hecho creer, un dispositivo, consistente, sólido y coherente, es más bien un entramado de intereses y núcleos de poder que pueden moverse en diferentes direcciones y que está integrado por brechas y por intereses contradictorios y es precisamente en esas brechas y contradicciones donde radica la posibilidad para el cambio.

Judit Butler ha dedicado muchas de sus investigaciones a las fallas de los sujetos que han sido producidos por el poder. Ya decíamos que el poder tiene sus propias limitaciones y contradicciones, entonces ¿cuál es la limitación fundamental del poder?, que no puede configurar a las personas de una vez por todas, si nos produjera de una vez estaríamos frente a una normatividad infalible de sujetos idénticos y de un patriarcado blindado e invencible, pues lo que ocurre es que el poder necesita de innumerables reproducciones, necesita de tiempo.

Es decir, todos los sujetos están siempre en un proceso de producción, las normas que debemos interiorizar producen la posibilidad de posibles subversiones y que por tanto, la posibilidad de resistencia al poder es producida por el propio poder. Esa característica del poder que Butler llama iterabilidad, es la misma que lo expone a fracasar y a producir efectos contradictorios y resultados inesperados.

Los sujetos en este sentido somos seres inacabados, y que deseamos justamente eso, el cierre, Lacan (1960), en ese sentido entendía el deseo como un síntoma de los seres incompletos e inacabados, y si bien como decíamos en párrafos anteriores, el deseo también lo configura el poder, a su vez revela su propia capacidad para concluirnos de una vez por todas.

Esta brecha llamada deseo, es el quiebre principal que nos atraviesa para encontrar nuestra identidad y tiene consecuencias fundamentales para la política y el cambio. Justamente porque no tenemos una identidad plena, es que la buscamos a través de la identificación con objetos de deseo. Por lo tanto, en la medida que buscamos elementos con que identificarnos, la política y en este caso los movimientos de hombres y el movimiento feminista, debe ofrecer a los individuos identificaciones posibles, es decir, debe ofrecer al deseo alternativas si quiere transformar la sociedad.

Esto no va de dejar de lado parte de nuestra identidad “fallida”, eso será inútil, siempre la identidad se construye hacia adelante nunca hacia atrás. Por eso todo intento de que los hombres se deshagan de su masculinidad está abocada al fracaso si no se ofrecen identidades alternativas posibles, capaces de articular con algunos elementos ya presentes en su identidad y desplazarla.

El poder nos configura, pero nos deja inacabados, y en esa falta y deseo permanente radica la posibilidad de una política emancipatoria también para los hombres.

Que las personas somos sujetos deseantes es una característica que la política ejercida por las instituciones y movimientos sociales debe tener en cuenta a la hora de interpelarnos, seducirnos y hacernos cambiar.

Comentarios finales

Las identidades subjetivas de las masculinidades se han ido construyendo a lo largo de la historia, y responden a una compleja y multifacética naturaleza de la construcción cultural en distintos contextos sociales. La epistemología feminista nos ha proporcionado bastante material para constatar como las normas de género y las representaciones sociales han influido en la configuración y evolución de las masculinidades, demostrando que estas no son estáticas ni universales, sino que se forjan y transforman en un proceso intrincado y en constante cambio.

Este texto ha tenido como intención subrayar la interconexión entre el poder, la identidad y las prácticas de género, subrayando la importancia de abordar las masculinidades desde una perspectiva interseccional que considere factores como la raza, la clase social y la orientación sexual. En última instancia, este trabajo destaca la necesidad de un enfoque decolonial en la comprensión de las masculinidades, que reconozca su diversidad a raíz también de los procesos históricos estructurales a las que han sometidas algunas sociedades, así como su influencia en la construcción de las sociedades contemporáneas.

A pesar del ambiente pesimista y desmovilizador que prevalece en nuestra sociedad y en gran parte de los círculos de la izquierda política, tanto en la esfera activista como institucional, es fundamental reconocer que nos enfrentamos a sistemas que no son tan invulnerables ni impecables como a menudo se presentan. Es precisamente en las grietas de estos sistemas donde residen nuestras posibilidades de cambio y transformación. En estas grietas, nuestros deseos se convierten en oportunidades para impulsar políticas emancipatorias que beneficien a todas las personas. Esta percepción representa una valiosa oportunidad que no debemos subestimar.

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