En el caso Juanito que ya analicé muy por encima, en otro sitio, y centrándome también en otras cosas en las que aquí también me extenderé un poco, nos relata Freud:

«Las primeras observaciones sobre Juanito datan de la época en que no había cumplido aún los tres años. Manifestaba por entonces, con diversas ocurrencias y preguntas, vivo interés por una cierta parte de su cuerpo a la que llamaba ‘la cosita de hacer pipí.’ Así, una vez dirigió a su madre la pregunta siguiente: Juanito: -Oye, mamá, ¿tienes tú también una cosita de hacer pipí? Mamá: -Naturalmente. ¿Por qué me lo preguntas? Juanito: -No sé. Por este mismo tiempo entró una vez en un establo en ocasión en que estaban ordeñando a una vaca, y observó: ‘Mira, mamá. De la cosita de la vaca sale leche.’”

Aquí ya vemos que es la madre la que con su respuesta da alas al niño para que se imagine que ella también posee una cosita de hacer pipí, lo que es cierto, pero es ambiguo en tanto y cuanto su única respuesta es “naturalmente”, a sabiendas de que el niño llama cosita al pene y que es el pene lo que él tiene y lo único que él conoce que pueda tener la función de hacer pipí. A la madre no se le ocurre por ejemplo, decir: “Mmm… pues sí, sí tengo una cosita para hacer pipí, pero que no es exactamente como la tuya.” A la pregunta de por qué se lo pregunta, el niño responde: no sé. Este no sé ya está diciéndole a esta mujer, que él lo duda, o que más bien sabe que ella no lo tiene, o que no lo tiene como él.

Luego, el niño insiste, y le dice que la vaca tiene cosita. Identifica en los pezones de la vaca al pene, pero no por lo que Freud interpreta, que la confusión “repulsiva” (sic) está en la cabeza del niño, sino, que debido a que la madre que, “naturalmente tiene pene”, ha debido de creer también que sus pezones eran penes, cosa que Juanito debió percibir claramente durante el periodo de su lactancia, y quizás también luego. Con esta observación, Juanito le está queriendo decir a su mamá: estos son los penes que tú tienes, mamá, y no mi cosita de hacer pipí. O tal vez: pobre mamá emasculada simbólicamente por el discurso dominante que hace que cualquier otra imagen, por muy bonita que sea, pero que no sea la del falo a la que has quedado fijada bajo amenaza (de ser emasculada en el plano de lo real, violentada, separada de tu hijo), sea incapaz de imponerse a tu deseo, y hace que sientas nostalgia por eso que te han hecho creer que «deberías tener», en lugar de sentirte y saberte completa y feliz y vivir el presente.

 Y el relato sigue:

«Teniendo tres años y medio le sorprendió su madre con la mano en el pene, le amenazó: ‘Si haces eso llamaré al doctor A… para que te corte la cosita, y entonces, ¿con qué vas a hacer pipí?’ Juanito: – Con el ‘popó.’”

Henos aquí, en la primera página del «caso», con la famosa amenaza de emasculación a la que alude Lacan que nos produce entre otras cosas nostalgia por eso de lo que carecemos. El niño, que no puede ser más perspicaz e inteligente, responde a la pregunta de su madre, de, con qué va a hacer pipí entonces, una vez que ella o el doctor A. le corten la cosita, «que lo hará con el popó.» Es decir, le deja claro a la madre que sus amenazas de emascularlo no lo asustan, que ya se las arreglará (para satisfacer sus necesidades y su deseo.) Freud por su parte nos dice que el niño aún no muestra conciencia de culpabilidad, como si considerase que el niño debiera de haberse sentido culpable de algo (¿de tocarse la cosita?, ¿o más bien de continuar con sus investigaciones?) Freud, como Adán, según nos explica Spinoza, cree que la prohibición divina de comer del árbol (del árbol prohibido, del árbol del conocimiento), que es inmediatamente desobedecida por Adán, no es una verdad necesaria y eterna, sino una ley que, una vez violada, hacen que su curiosidad, su deseo de conocer al otro, su ansia de investigar y conocer la verdad, deban ir acompañados de un sentimiento de culpa, como si la transición del principio del placer al principio de realidad debiera ser interpretado como un castigo, y como si esos dos principios se negasen el uno al otro[1], como si no coexistieran en nosotros de alguna forma, como se hace patente en los sueños, en el juego, en el alumbramiento de un hijo, en la comunión con el otro, en el despliegue de nuestras fantasías y en el de la creatividad, razonamiento del que deriva la idea de que el paraíso, el reino, está allí fuera, en cualquier otro sitio, y no dentro de nosotros, y de que la culpa que experimentamos por nuestros fallos, por nuestros tropiezos, no puede ser nunca expiada ni debe ser nunca perdonada sino infinitamente señalada y condenada. En Génesis leemos que Adán conoció [yadah] a Eva y debido a que la conoció, entonces Eva concibió y dio a luz un hijo. En el significado hebreo de esa palabra, el conocer a una persona significa una relación con esa persona y actuar en consecuencia atendiendo a esa persona, incluso puede tener la acepción de una relación de intimidad, incluso de una relación sexual.) Y además dice Freud, que el niño ya presenta un claro complejo de castración, cuando queda claro con todo lo expuesto que el complejo de castración lo padecen más bien la madre de Juanito y el mismo Freud. Y de hecho, un poco más adelante, y en relación a los penes de los leones que Juanito descubre en el zoológico, reafirmándome en mis conclusiones, Freud dice de Juanito, sin saber Freud lo que en realidad él mismo quiere decir o está diciendo: «La indudable curiosidad sexual de Juanito hace de él un pequeño investigador permitiéndole descubrimientos conceptuales exactos. (Descubrimientos conceptuales exactos que, curiosamente, se contraponen de lleno a los del propio Freud.) El caso sigue a lo largo de muchas páginas, pero creo que con estos “pantallazos”, nos sirve y basta para ilustrar de qué hablamos en este breve ensayo.


[1] Ver Bion, W.