Introducción

El capitalismo no es solo un sistema económico, es el sistema económico de la modernidad (Grosfoguel,2018). Este sistema no solo apuesta por una forma de organización e interacción económica basadas principalmente en la acumulación y la competitividad, si no que junto con ello, se ha impuesto una forma única de ser, actuar y pensar en el mundo. Se trata de un modelo que busca consagrar y naturalizar la acumulación, la competitividad, y la jerarquía de humanidades según sus cuerpos y territorios (Filigrana,2020).

Para entender este modelo, necesariamente debemos comprender la existencia de una triada que lo hace posible y lo reproduce, hablamos del patriarcado del capitalismo y del colonialismo, estos dispositivos de opresión se entrecruzan y generan un sistema civilizatorio. El patriarcado y el colonialismo no son una externalidad del sistema, son el sistema mismo, donde el varón blanco, occidental y burgués, se ha situado a sí mismo en la cúspide, y todo lo que queda afuera se concibe como algo primitivo o subdesarrollado (Filigrana,2020).

Los feminismos en este sentido aún tienen el desafío de cuestionar estos dispositivos de opresión y comprender que no existe un sujeto feminista, si no muchos, que no existe una categoría mujer, si no muchas y que las formas de opresión de las mujeres y de las personas que habitan este sistema civilizatorio, no se pueden analizar solo desde la perspectiva de género. Si bien los feminismos cargan con muchos desafíos actuales, sin duda uno de ellos, tiene que ver con como se avanza en la configuración de un feminismo del 99%, donde seamos capaces de identificar cual es el enemigo común, sin olvidar nuestras diferencias, pero si, avanzando en alianzas feministas trascendentales.

Este ensayo, busca reflexionar sobre como la colonialidad ha reproducido un feminismo hegemónico que crea discursos globalizantes sobre como habitar el mundo, de como ser mujer y de cómo vivimos la opresión por razones de género, generando la desafección de sectores más populares. ¿Cómo los feminismos pueden crear alianzas con los sectores marginales en resistencia? ¿Cómo los grupos de hombres “igualitarios” pueden avanzar sin caer en prácticas elitistas y hegemónicas al igual que el feminismo blanco-europeo? Estas son algunas de las preguntas que arroja este artículo.

¿Dónde están las feministas del sur?

La revisión de la genealogía del feminismo desde sus anclajes teóricos a los movimientos actuales más callejeros nos permite situarnos, hacer un ejercicio de memoria, y articular demandas pasadas y futuras. No obstante, como feminista del sur global, revisar esta cronología sinuosa del feminismo siempre es un ejercicio de ausencia, negación y exclusión, los feminismos del sur nunca se han situado en el lugar que corresponde, pareciera que siempre reaccionamos a las migajas de lo que va ocurriendo intensamente en el norte global. Sin embargo, cabe decir que en el contexto de la “cuarta ola”, (categorización impuesta desde el norte global) con flujos migratorios cada vez más masivos y constantes- producto en parte del extractivismo del norte global-, con la masificación de las redes sociales, y la internacionalización de las alianzas feministas, se ha configurado un escenario ideal para la reivindicación de las agendas feministas del sur y la descolonización del saber, incluida la teorización feminista.

No cabe duda que lo ocurrido en Europa en el siglo XIX marca un precedente en la lucha por los derechos de las mujeres, sin embargo creer que la piedra angular y el desarrollo del feminismo tal como lo conocemos hoy, se sitúa en Europa, es un peligro por las siguientes razones (Curiel, 2021); en primer lugar entender el feminismo como producto del progreso humano, es decir; sin modernidad colonial no hay feminismo, es un error, ya que estamos olvidándonos de que el patriarcado, tal como lo conocemos hoy, es también resultado del colonialismo europeo que implantó los modelos de habitar el mundo que ahora busca emancipar (Lugones, 2008). En segundo lugar, esta visión eurocentrada, conlleva a una invisibilización de todas las mujeres racializadas, claves en procesos de resistencia y emancipación que no han sido catalogadas necesariamente como feministas desde occidente por llevar adelante luchas anticoloniales, y en tercer lugar, al usar una categoría global de “mujer” existe el riesgo de emplear formas de extractivismo, y que al “incluir” a mujeres racializadas se haga siempre bajo una mirada racista, colonialista y etnocentrista (Oyewumi, 2003) menospreciando aquellas luchas emancipatorias tan inspiradoras para tantas mujeres. Estos argumentos, no van dirigidos a negar los aportes de la lucha de las mujeres del norte global, sino más bien a descolonizar el feminismo o a redefinirlo (Galindo, 2015).

Los feminismos del sur o feminismos decoloniales, buscan poner en el centro los relatos y las “tramas” de años de resistencia y emancipación feminista, buscan dar voz a los procesos y articulaciones populares, pero no para que se utilicen nuevamente como un elemento “geopolítico” que contribuya a situar al “centro” los feminismos blancos y a la “periferia” los feminismos del sur, estos últimos, no son un ala o la otredad del feminismo hegemónico, son saberes situados, donde las mujeres pensamos profundamente nuestra cosmovisión y nuestras luchas políticas y emancipatorias.

La colonialidad impuso una forma global del poder, del saber y del ser (Quijano 1992, y Maldonado-Torres, 2007) y con esto todo un aparato institucional. La empresa, la universidad, la biblioteca, el museo son instituciones eurocéntricas, que resguardan el saber desde lógicas coloniales. Frente a esto, los saberes ancestrales y populares han sido fundamentales para propiciar formas de saber tan válidas como necesarias, que den cuenta de conocimientos populares, como los de la campesina, el indígena o el plebeyo, esto contribuye sin duda a desalambrar la teoría y hacerlo desde y con la práctica (Subcomandante Marco, 2008). Es más, la manera en que se estructura y redacta este ensayo, es una manera colonial de expresar el conocimiento, bajo estructuras y conceptos impuestos y globalizantes, como los únicos válidos, serios y lo suficientemente científicos.

Como afirma Rita Segato (2016) el feminismo eurocéntrico postula que el problema de la dominación patriarcal es universal, sin mayores distinciones, concediendo bajo esta bandera de unidad, la oportunidad de transmitir los avances de la modernidad en el ámbito de los derechos de las mujeres a mujeres no blancas, indígenas y negras de lo continentes colonizados. Este paradigma implica necesariamente una superioridad moral de las mujeres europeas o eurocentradas, autorizándolas a intervenir con su misión civilizadora colonial/modernizadora.

Aquello que hoy llamamos feminismos del sur, empezaron a fraguarse mucho antes de lo que está patentado como el inicio “del feminismo” (feminismos europeos y estadounidenses), y obviamente se hizo carne en otras cuerpas y otras resistencias. Una mujer llamada Bartolina Sisa, piedra de tope del orden colonial, fue desmembrada junto a su pareja Tupac Katari, esta buscó bajo diversas estrategias de resistencia recomponer la comunidad, bajo principios andinos de complementariedad y reciprocidad. Tun Fatimah, junto a otras mujeres y hombres malayos, combatió intensamente a los invasores portugueses en el siglo XIX, buscando mantener un régimen político donde la mujer conservara sus derechos, muchos más por cierto, que bajo el orden colonial. Mujeres negras que no sabemos sus nombres, que se amotinaron en el navío Thomas en 1797, mientras eran llevadas por ingleses a territorios de Abya Yala (actualmente América Latina), buscando resistir a la esclavitud, esta y otras tantas historias, que hemos llegado a ellas por la valiosa transmisión oral (Curiel, 2021).

La colonialidad, como vemos, no tan solo implicó e implica, arreglos económicos entre los imperios/naciones “intrusas” (Segato,2016), si no también influencias en el ámbito ideológico, epistemológico y en la ontología misma de lo humano, de como habitar esa humanidad.

De ahí que Ramon Grosfoguel (2018) señala acertadamente que la colonialidad, jerarquizó los cuerpos para gobernarlos, creando un orden raci-clasista que aún se reproduce. Creó un universalismo del saber, una mono cultura, exterminó a través de un epistemicidio otras cosmovisiones completas, forzando una única visión del saber, del mundo, del cuerpo. La universalización del capitalismo fue también el resultado del orden colonial, donde Abya Yala fue y sigue siendo, un territorio del que se toman cuerpos y recursos para el enriquecimiento del norte global.

En cuanto al feminismo, María Lugones, (2008) es una de las primeras autoras en teorizar sobre el feminismo decolonial, plantea la relevancia del pensamiento decolonial en estos ámbitos, señala como la colonialidad del saber y del ser instalaron una historia del cuerpo sexuado profundamente cis heterosexista, borrando así las cosmovisiones americanas, en las cuales la diversidad sexo genérica no era un abyecto o patológico a curar o lamentar. Esto sin duda instauró una visión binarista de las relaciones en la América precolombina.

Otra gran investigadora en esta línea es Rita Segato (2016), esta propone analizar la interface entre el mundo “pre-intrusión” y la colonial modernidad a partir de las transformaciones de género, es decir, apuesta por darle un estatuto teórico y epistemológico al género y analizarlo como categoría central, capaz de iluminar todos los otros aspectos de la transformación impuesta a la vida de las comunidades al ser captadas por el nuevo orden colonial moderno.

Su visión difiere en este caso con lo que plantean pensadoras como María Lugones y Oyeronke Oyewumi antes mencionadas, estas afirman la inexistencia del género en el mundo precolonial (Lugones, 2008), en cambio Rita Segato, plantea la existencia de nomenclaturas de género en las sociedades tribales y afroamericanas. La autora señala que en las sociedades indígenas y afroamericanas se puede identificar una organización patriarcal, aunque diferente a la del género occidental, y que podría ser definida en palabras de Segato como un “patriarcado de baja intensidad” y que no considera ni eficaz ni oportuno el liderazgo del feminismo eurocéntrico.

Para argumentar su propuesta, Segato menciona la experiencia de las feministas del proceso de Chiapas, quienes tuvieron que lidiar con la tensión entre las luchas por los movimientos indígenas y las mejoras materiales para las mujeres. Estas mujeres tanto indígenas como afroamericanas, han vivido la presión de autoridades indígenas para que posterguen su lucha feminista por la lucha indígena, quedando en evidencia ciertas prácticas patriarcales en estos asuntos.

Rita Segato (2016) señala que en el mundo pre-intrusión, ya eran identificables ciertas configuraciones de masculinidad, similar a la masculinidad tradicional de occidente. Esto da cuenta por un lado que el género existe en el mundo pre- intrusión, pero lo hace de una forma distinta que en la modernidad. Y por otro lado, que cuando esa colonial modernidad se aproxima al género de la “aldea”, lo modifica peligrosamente, las interviene, las coacta y las reorganiza desde dentro, para dar una apariencia de continuidad, pero transformado los sentidos.

Si bien como vemos, hay diferentes posiciones respecto a la configuración del género y sus implicancias en las sociedades pre- intrusión. En lo que si hay un consenso, es que el feminismo decolonial como corriente teórico -política que surge en Abya Yala, es una gran herramienta de pensamiento y activismo para quienes buscamos cuestionar el orden colonial y propiciar espacios populares, donde la marginalidad se constituya en un “tercer espacio”, y las luchas y resistencias del sur -tanto en el sur como en el norte global- se entiendan como un espacio emancipador para todas las mujeres que buscan avanzar hacia sociedades democráticas justas e igualitarias.

Marginalidad y transformación social

¿Quiénes son los/as marginales? ¿Dónde están? Hace tiempo que la marginalidad monopoliza mis pensamientos, y sin duda obedece a varias razones, por un parte he ido observando una condensación del feminismo en ciertas portavocías, generalmente académicas o burguesas progresistas, que inundan muchos espacios mediáticos con una visión totalizadora del feminismo, incluso a ratos, bastante neoliberal, si bien hay que decir que actualmente el feminismo más hegemónico goza de cierto carácter universal, y una agenda supuestamente común, la realidad es que no tan solo muchos feminismos quedan fuera de ese radar por no compartir agenda, si no que este feminismo no ha sido capaz de convertirse en un movimiento atractivo para gran parte de la población.

La historia nos ha demostrado que el movimiento feminista más hegemónico, siempre se ha configurado desde espacios económicos e intelectuales privilegiados, pero sin duda, también estamos frente a un momento donde ciertos sectores feministas van configurando alternativas dialogantes ante estas cuestiones. Por otra parte, con el paso de los años, me he ido dando cuenta que muchas de las prácticas feministas que he aprendido en mi vida, y muchas de las cuestiones que ido estudiando en la academia feminista, las aprendí y experimenté en el barrio, en mi barrio, en la calle, con las vecinas.

El concepto marginal, es de gran aporte para articular diferentes fenómenos entorno a lo antes descrito, cuando hablamos de colonialidad, también hablamos de una jerarquización de los cuerpos (Grosfoguel, 2018), pero también de una jerarquización de las luchas políticas, incluida quiénes representan esas luchas, la colonialidad nos ha demostrado a lo largo de la historia como la agenda europea, sus cuerpos y artefactos se han posicionado en un “centro” delimitado por ellos mismos, dejando al “margen” a la otredad, los marginales, los que no están en el centro, lo no blanco, el pobre, el del sur, el “marica” pobre, la trans.

Como bien plantea el feminismo decolonial, el “sur” como categoría política, está presente en el norte y en el sur también hay un norte, en Sudamérica también se ha posicionado una agenda feminista más ligada a la institucionalidad, representada por mujeres blancas, ligadas a la academia y que luchan por una agenda más bien perteneciente a lo que se definió en su momento, como feminismo liberal, esto ha implicado una disputa entre ciertos sectores feministas, pero lo más grave de esto, es que ha generado rechazo en los sectores más populares que no ven sus demandas plasmadas en la agenda “feminista central”, aquí no tiene cabida la campesina, la obrera, la trabajadora doméstica, la “dueña de casa”, la trabajadora sexual, la mujer que dice no ser feminista, la que vive en los márgenes .

El concepto de marginalidad desde su aparición en América latina en los años 30` producto de procesos de industrialización (Martin, 2001), ha cambiado rotundamente, esto gracias al gran desarrollo y estudio de este fenómeno por parte de las ciencias sociales. Actualmente muchos autores señalan que la marginalidad no es un estado, sino más bien un proceso de falta de acceso a la creación y disfrute de la riqueza y no necesariamente está vinculado a la pobreza, es más, muchos autores/as lo definen como una forma de cultura que no está asociada necesariamente a problemas económicos. Es una visión del mundo, una forma de vida, que expresa un cierto “dolor” una imagen pobre de sí mismo (Ferriol, 2001).

En este sentido la sociología crítica aporta cuestiones interesantes de la marginalidad, señala que los/as marginados/as construyen formas alternativas de vivir, transformándose en estrategias de resistencia. Frente a esto, podríamos decir que lo que está al margen de un sistema, define la cualidad del sistema, por lo tanto, la marginalidad no es una expresión fuera del sistema, es la columna vertebral del sistema, estudiar la marginalidad es tan importante como estudiar a la élite, porque generalmente la marginalidad expresa aquello que no se dice, eso que el sistema quiere ocultar, sus fallas, sus grietas o sus salidas… (González, 2001) ¿podrían entonces esas prácticas de resistencia, ser precisamente aquellas que contribuyan a nuestra emancipación Considerando que nos encontramos en un contexto capitalista en su fase neoliberal ¿cómo es la marginalidad actual? El fenómeno de la marginalidad en sus inicios se asociaba básicamente a los habitantes de las zonas periféricas de las grandes ciudades, caracterizadas por su precarización extrema; hoy esta realidad no se encuentra tan demarcada territorialmente, sino mucho más expandida a lo largo y ancho de las ciudades (Zabala, 2001).

Es decir, los procesos de marginación o las prácticas marginales, cada vez son más masivas, esto en parte, porque vivimos bajo un sistema que no es compatible con la vida, como dice la pensadora Pastora Filigrana (2020), las reglas del juego del capitalismo implican necesariamente que habrá vidas que no puedan sostenerse, condenadas a la no vida, si consideramos además el género, el territorio que se habita o la etnia a la que se pertenece, la ecuación se complejiza aún más.

Por tanto, todos somos un poquito marginales, en la medida en que para sobrevivir ponemos en práctica estrategias no inscritas en lo formalmente legitimado. Aquellas características cada vez representan a más personas en las sociedades neoliberales. Por otra parte las reformas económicas que se diseñan para gestionar las crisis suelen tener los signos de la globalización, en el sentido de que son medidas económicas con un grado de selectividad territorial, socio- estructural y que avanzan a veces con una lógica de inclusión-exclusión simultánea.

Muchas prácticas feministas se experimentan a diario en situaciones de marginalidad, de resistencia al sistema, de denuncia a la opresión- ollas comunes, redes de cuidados comunitarios, préstamos económicos entre mujeres del barrio, lucha por la vivienda, la maternidad y el cuidado en las cárceles, contención de la violencia de género, transmisión oral de saber ancestrales, defensa de la tierra, entre tantas otras- muchas de estas prácticas nunca han gozado de una centralidad en el feminismo, y siempre se han analizado desde una lógica periférica ¿Qué puede ocurrir cuando un movimiento como el feminismo dice representar a aquellas que no se sienten representadas?, ¿qué pasa si el feminismo reproduce aquellas prácticas que dice querer abolir?

Los límites de la marginalidad se expanden y cuando me pregunto quiénes son los marginales, podemos ser tú o yo, y dejar de serlo y volver a serlo, en sociedades tan inestables, marcadas por una “crisis crónica” y por la individualización del riesgo, las estrategias de resistencia desplegadas en los sectores marginados deben ser reivindicadas, la transformación social debe necesariamente incluir esas voces silenciadas, criminalizadas, son aquellas voces las que darán el discurso del cambio, son las marginadas las que tienen que hacer la revolución feminista, son las que en definitiva tienen que transformar esta sociedad.

Comentarios finales

En este ensayo, hay más preguntas que respuestas, creo que el mismo sistema nos empuja a tener una respuesta rápida y eficiente a todo y a veces basta con detenerse, mirar y hacernos preguntas. Dudar puede ser mucho más revolucionario que encontrar respuestas.

En este artículo me pregunto cuales con los desafíos del feminismo en este contexto actual, sin duda los desafíos son muchos, pero creo que debemos avanzar en un feminismo popular, que tenga capacidad de crítica con el sistema y con las estructuras que sostienen y reproducen las desigualdades, validar la triada capitalismo-patriarcado-colonialismo- sin duda puede ser un tremendo avance para visibilizar y poner en el centro la luchas políticas de las compañeras migrantes, de las trabajadoras domésticas, de los sindicatos, de las temporeras, de las trabajadoras sexuales, de las campesinas, de las que luchan por la vivienda, de las gitanas, de las palestinas.

Las que hemos estado en los márgenes, sabemos que la resistencia es nuestra arma política y que la comunidad, nuestro territorio en disputa. Ahí donde nadie quiere mirar suceden cosas, cosas fundamentales que podrían iluminar un camino hacia alternativas de buen vivir. Si las marginadas cada vez somos más producto del sistema, ¿por qué entonces el feminismo reproduce los mismos discursos y da espacio a las mismas personas? este debe ampliar su radar y hacer un ejercicio político de reconocimiento. Sin duda, esto también es un aprendizaje para los movimientos de hombres o masculinidades “igualitarias”, es un llamado de atención a ser críticos con su propia trayectoria e incluir también a esos hombres “cabreados” como dice Michael Kimmel (2019) en su libro.

Debemos ser capaces de articular estrategias que nos permitan identificar al enemigo común, de crear alianzas, sin reproducir lógicas extractivistas y racistas, porque la emancipación de las mujeres del sur global, de las migrantes, de las marginadas, sera vuestra emancipación.

Bibliografía

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