El día 9 de mayo acabó el estado de alarma en España. Ese mismo día, las plazas se llenaron de gente, tanto joven como mayor, celebrando sin respetar ningún tipo de medida de prevención frente a la pandemia que nos ha asolado durante el último año y medio y que aún sigue con nosotros. Acumulamos 78.895 fallecidos y se estaba celebrando que se podía salir a la calle tras el toque de queda. Miles de familias no se pueden ver, miles de personas están confinadas, miles de personas aún tienen efectos secundarios por haber pasado la enfermedad. Pero en las plazas se bailaba al ritmo de la palabra “LIBERTAD”. Fue un momento en el que surgió la pregunta: ¿dónde está la empatía?

La Real Academia Española de la Lengua (RAE,2021) define la empatía como el “sentimiento de identificación con algo o alguien”. Supuestamente es un rasgo que tenemos todos los individuos sin una patología, desarrollada en la infancia en compañía de los cuidadores, pero a lo largo de esta pandemia hemos visto una empatía sesgada, rota en su capacidad de identificarse con el resto. O, al menos, con todo el resto.

Siguiendo la investigación que hicieron Fernández-Pinto, López-Pérez y Márquez (2008) sobre el término empatía mencionan diversas variables que la afectan:

  1. Las características de la persona hacia la que se dirige la empatía, como por ejemplo la similitud que tenga con ella.
  2. El estado emocional de la persona que empatiza, y su capacidad para poder hacerlo desde las emociones que está viviendo, considerando que las emociones de mismo signo es más fácil que generen empatía (es más complicado sentir empatía por alguien triste estando alegre).
  3. La situación en la que se genera esa experiencia empática, diferenciando entre lo que genera la situación emocional en la persona hacia la que se dirige la empatía y la situación donde surge la emoción empática.

En base a esto podemos empezar a ver que la empatía no es algo que esté siempre en marcha y que se de con todo el mundo. Es más fácil sentir empatía por personas conocidas, cercanas y que nos importan, con las que compartimos la misma situación vital.

Y con esto volvemos a las plazas, a esa gran fiesta por el fin de un estado de alarma, que no de una pandemia, en la que grupos de personas salieron a celebrar. Pero, ¿de dónde salen esos grupos que comparten esas características, que favorecen la empatía entre ellos y la niegan a los demás? Aquí cobran importancia las cámaras de eco.

Siguiendo a Rodríguez Cano (2017) el término hace referencia a “un espacio mediático delimitado con el potencial tanto para amplificar los mensajes enviados dentro del medio mismo, como para aislarlos de ser refutados”. Es decir, un lugar donde podemos retroalimentar nuestras creencias a través de la relación con otros, y a su vez negar y censurar opiniones que vayan en contra de estas.

El poder de estas cámaras de eco llega a su máximo esplendor con la llegada de las redes sociales y la web 2.0 (desde foros de internet hasta redes sociales masivas) las cuales, en palabras de Orihuela (2008), son “servicios basados en la web que permiten a sus usuarios relacionarse, compartir información, coordinar acciones y en general, mantenerse en contacto”. Y ese contacto es clave, porque gracias a las redes podemos llegar a personas de cualquier lugar del mundo y cualquier ideología, por lo cual es muy fácil encontrar lugares y personas que compartan o retroalimenten nuestras ideas (sean o no verdad), alejándonos de todas las personas que no (que pueden llegar a convertirse incluso en el enemigo) (Gandasegui, 2011).

Si juntamos ambos conceptos puede que las preguntas realizadas al principio se contesten de manera más fácil. Encontrar personas que comparten los mismos pensamientos y los retroalimenten, favoreciendo a través de censurar y negar pensamientos distintos una “deshumanización” de las personas que piensan diferente (pues al rebajarles se anulan mejor sus ideas); junto a las características que favorecen sentir o no empatía por los demás, nos encontramos con que esos grupos pueden mostrar conductas claramente dañinas para el otro grupo sin sentir que están haciendo algo incorrecto, o sentir siquiera la emoción de la otra persona.

En conclusión, la empatía está, solo que no está mirando a la sociedad al completo. Solo mira al grupo al que la persona pertenece, al grupo que retroalimenta la idea y favorece el mantenimiento de conductas consideradas positivas para la persona que las realiza. Los otros solo son eso, otros, y no existen en el mismo plano. El grito de la “LIBERTAD” es un grito que habla de todos, pero siempre desde la construcción que cada uno haga de la palabra, y eso no entiende de empatía global.

Bibliografía

  • Fernández-Pinto, I., López-Pérez, B., & Márquez, M. (2008). Empatía: Medidas, teorías y aplicaciones en revisión. Anales de Psicología/Annals of Psychology, 24(2), 284-298.
  • Gandasegui, V. D. (2011). Mitos y realidades de las redes sociales. Información y comunicación en la Sociedad de la Información. Prisma social, (6), 1-26.
  • Orihuela, J. L (2008) Internet: la hora de las redes sociales. Nueva Revista de Política, Cultura y Arte, 119, 57-62
  • REAL ACADEMIA ESPAÑOLA: Diccionario de la lengua española, 23.ª ed., [versión 23.4 en línea]. <https://dle.rae.es> [12/05/2021].
  • Rodríguez Cano, C. A. (2017). Los usuarios en su laberinto: burbujas de filtros, cámaras de eco y mediación algorítmica en la opinión pública en línea.

Este artículo fue escrito por Adrián de Frutos, director del departamento psico-educativo de Cotera.