¿Hasta qué punto puede la psicología y la terapia mejorar la calidad de vida de las personas? ¿Qué tan factible es poder ayudar a una persona de bajos recursos a aspirar a una mejor vida? ¿Depende solamente de la terapia? ¿necesita la terapia ayuda externa? ¿La psicología tiene que ser política?

Cuando Abraham Maslow mostraba al mundo su “Teoría de las Necesidades” (1943), dictaba que había ciertos requisitos que las personas tenían que cumplir para poder llevar una vida satisfactoria. De aquí nace la famosa “Pirámide de Maslow”. En la base de la pirámide se encontraban las necesidades más básicas del ser, como por ejemplo: respiración, alimentación, dormir las horas adecuadas, tener una adecuada salud, hacer ejercicio, entre otras. De esta manera entra la duda: ¿Qué pasa cuando en terapia nos encontramos con alguien que debido a sus condiciones materiales y su entorno no puede satisfacer este cúmulo de necesidades?

Según Bonifaz Yugcha, E. R. (2018) “La alimentación es un elemento importante en el proceso de aprendizaje debido que de la alimentación las personas obtienen los nutrientes necesarios para realizar actividades o mecanismos cognitivos que le permitan interiorizar y procesar la información”. Es bien sabido que, para que una persona pueda desarrollarse de la mejor manera posible, debe tener y cumplir con ciertos nutrientes y calorías necesarias para su diario vivir, como también para poder mantener en buen estado los procesos cognitivos como: memoria, razonamiento, desarrollo del lenguaje, resolución de problemas o la toma de decisiones. Así mismo, Vallejo (1999) advierte que la pobreza en el ámbito social “margina a los individuos de la posibilidad de realizar su proyecto de vida, formar comunidad e integrar el tejido y el patrimonio social propios del desarrollo armónico en sociedades avanzadas”.  Shafir (2012) describe que “los pobres viven en un contexto que los lleva a incurrir en errores y decisiones ineficientes y por lo tanto es el contexto en sí que los lleva a profundizar la situación de pobreza”. Así sostiene que el contexto de escasez, determina un cierto comportamiento psicológico en las personas.

De esta manera, si se analiza la situación personal y social de un posible consultante que llega en escasez de alimento, que muchas veces no puede llegar a su hogar porque sufre violencia intrafamiliar, que tiene una mala educación, que tienen que preocuparse por más cosas como trabajar aparte de preocuparse por recibir educación, que no tiene apoyo emocional, que se rodea de situaciones o amistades pocos favorables para su desarrollo como individuo, etc., entonces, son circunstancias que moldean el comportamiento y situaciones de una persona. Por ello, muchas veces la terapia se centraliza en la individualización de la o el paciente pero, ¿Qué sucede cuando cruza la puerta o se desconecta de la sesión?, ¿Qué ocurre afuera? Hay cosas que la terapia en sí no puede manejar en la vida de las personas, como el ambiente en el que se desenvuelven, sus condiciones económicas, las oportunidades laborales o educacionales, los riesgos externos que se pueden producir no dependen de la terapia o el psicólogo/a que esté tratando. Por esto, muchas veces se escucha hoy en día que si alguien tiene un problema vaya a terapia, como si la misma terapia fuera la salvación intrínseca de todos los malestares de las personas, cuando no es así, y tampoco funciona así. Hay cosas y situaciones que se escapan de la terapia psicológica. Por ende, una satisfactoria terapia en términos de vulneración económica y social no depende únicamente de la o el paciente y de la o el terapeuta, sino que como desarrolla Lipina & Colombo (citado por Ardila & Galindo, 2010) “esto se da en una relación compleja entre el ambiente y el individuo, quien por una parte nace y crece en condiciones que limitan su adecuado desarrollo cerebral y comportamental en términos de pobreza de estímulos de toda clase”. Según esta definición las personas que se desarrollan en términos de carencia económica, obtienen así, limitaciones cognitivas en su desarrollo individual, como también carencias en su desarrollo social.

Tras este breve análisis es prudente concluir que en la mayoría de los casos – o en todos – atender a una persona con escasos recursos económicos y sociales es un trabajo que se escapa de las manos de los terapeutas y lo hace mucho más dificultoso y frustrante. Lamentablemente va a depender e influir mucho el contexto en el cual se desenvuelva la persona, y no siempre tiene la libertad de poder escoger. Por esto, no es lo mismo hacer terapia a diferentes sectores socioeconómicos, y ojalá no se malinterprete pero, como comentaba anteriormente, el colchón de las necesidades de Maslow se encuentra muy vigente en estos tiempos. Debido a esto, es que, en mi humilde opinión, la terapia y la psicología tienen que ser partícipes de su rol social y político, por la importancia de la profesión en tanto salud mental de la población, y encontrar una forma más gloriosa para poder ser un aporte en poder cambiar las condiciones materiales de las familias más necesitadas, y no rendirse en el camino, porque como dijo el psiquiatra de una fundación que trabajaba en contextos de vulneración socioeconómica que me tocó entrevistar por el año 2017: “Llevo cinco años trabajando en esta fundación. He visto más de 500 casos y solo he podido presenciar 5 rehabilitaciones, pero sigo intentándolo».

Referencias

  • Bonifaz Yugcha, E. R. (2018). La alimentación y el proceso de aprendizaje. Latacunga: Universidad Técnica de Cotopaxi; Facultad de Ciencias Humanas y Educación; Licenciatura en Educación Básica
  • Docal Millán, M. C., Akl Moanack, P. M., Pérez García, L. Y., & Sánchez Betancourt, L. K. (2022). Violencia intrafamiliar. Un riesgo para el desarrollo de la primera infancia. Revista Colombiana de Ciencias Sociales, 13(1), 77-101. https://doi.org/10.21501/22161201.3628
  • Ruben Ardila,             Editorial, Avances en Psicología Latinoamericana : Vol. 22 Núm. 1 (2004)
  • Shah, A., Mullainathan, S., & Shafir, E. (2012). Some consequences of having too little. Science, Vol. 338, no. 6107, pp. 682-685.
  • Turienzo, R. (2016). El Pequeño Libro de la Motivación. Alianza Editorial.