La psicoterapia niño-progenitor o psicoterapia niño-padres (el nombre original en inglés es child-parent psychotherapy) es un modelo de intervención para niños menores de 5 años con problemas de salud mental o que han experimentado algún evento traumático. La unidad de tratamiento es la díada del niño y su cuidador primario (típicamente, la madre) y se abordan temáticas de apego y cuidado, construcción de una narrativa del trauma y trauma transgeneracional.

Además de las sesiones con la díada, se trabaja en sesiones individuales con el adulto sobre cómo los posibles sucesos traumáticos de su propia infancia podrían influir en sus habilidades parentales (Lieberman et al., 2019; Lieberman y Van Horn, 2008).

El modelo fue desarrollado por la psicoterapeuta Alicia F. Lieberman, y está inspirado en la teoría de la psicóloga Selma Fraiberg, la teoría del apego de John Bowlby y Mary Ainsworth, la neurociencia y la psicología y psicopatología del desarrollo.

Selma Fraiberg teorizó que las dificultades de los padres para cumplir adecuadamente su función podían ser consecuencia de experiencias de violencia, trauma, negligencia o desapego que ellos habían padecido en sus propias infancias y que habían quedado disociadas de la consciencia pero eran repetidas de manera inconsciente en sus prácticas de crianza de sus hijos. También señaló que la capacidad humana para regular las tendencias agresivas se consigue mediante el vínculo afectivo con la madre en los primeros años (Fraiberg, 1978; Fraiberg et al., 1975).

De acuerdo a Cichetti y Valentino (2006), las personas maltratadas en su infancia que en un proceso de psicoterapia pueden reflexionar sobre lo que les pasó con ira adecuada y logran atribuir la responsabilidad del abuso al perpetrador en lugar de a sí mismas, es menos probable que maltraten a sus propios hijos e hijas. Este hallazgo es consistente con la teoría de Alice Miller (1998), quien sostiene que el maltrato se transmite entre generaciones debido a que los niños maltratados reprimen la ira que debería estar dirigida a los padres (que son idealizados debido a mandatos culturales) y por tanto la redirigen contra sus propios hijos.

Un evento traumático como ser testigo de un accidente o de violencia entre los padres puede generar dificultades en un niño para regular sus afectos, con consecuentes “pataletas” frecuentes. La madre o cuidador podría atribuir la conducta del niño a un deseo de “desobedecer”, y se formaría un circuito auto-reproductor de expectativas negativas entre el menor y el cuidador (Klatzkin et al., 2013). Este circuito debe ser interrumpido por la terapia.

La psicoterapia niño-progenitor (Lieberman et al., 2019; Lieberman y Van Horn, 2008) comienza con 5 sesiones de reunión del terapeuta con el o los padres antes de la primera sesión de tratamiento propiamente dicho. En las sesiones preliminares, el terapeuta recaba información sobre el suceso traumático que el niño vivenció (en caso de haberlo), sobre cómo reaccionó en el momento y después, si acaso existen síntomas de estrés postraumático en el niño, la historia del vínculo entre el niño y el cuidador y la historia de la infancia del adulto. El terapeuta realiza psicoeducación con el adulto acerca de la importancia de que el menor, sobre todo en sus primeros años de vida, tenga “una base segura” (Bowlby, 2009) que sea su sostén afectivo, que le ayude a calmarse cuando está estresado (por ejemplo, cuando llora), y cómo esta función de cuidado parental es posteriormente interiorizada por el infante, que así va mejorando su capacidad de auto-regularse emocionalmente.

Se efectúa también educación sobre las posibles atribuciones negativas (“lo hace para desafiarme”) del adulto, sobre cómo ciertas reacciones emocionales y conductuales son normales en los niños pequeños, y sobre que es esperable que la desregulación emocional de un niño aumente tras haber sido expuesto a un evento traumático. Se acuerdan con el o los progenitores los objetivos de la terapia y cómo serán las primeras sesiones con el niño.

En la primera sesión con el niño, el terapeuta le habla al menor para explicarle el objetivo del tratamiento. No importa si el niño aún no habla, pues los niños con frecuencia entienden mucho de lo que se les dice aunque esto no sea evidente de inmediato (Lieberman, 2018; Lieberman et al., 2019). Así, por ejemplo, el clínico puede decirle al menor: 

Viste un accidente automovilístico donde falleció una persona. Esto puede darles mucho miedo a las personas, y también a los niños. Tu madre dice que después de esto has tenido pesadillas y que a veces golpeas a otros niños y a personas adultas. Tu madre cree que tal vez todavía estás asustado de lo que viste en el accidente. Mi trabajo es ayudarles a ti y a tu madre a que entiendan lo que pasó, para que ella pueda cuidar de ti y tú puedas sentirte mejor.

Es fundamental que las sesiones ocurran en un contexto seguro y que ni el niño ni el progenitor actualmente estén siendo víctimas de violencia ni en riesgo de serlo. De ser así, lo primero es tomar las medidas necesarias para que ambos estén a salvo. Solo entonces se puede iniciar la intervención psicológica.

Una vez que han comenzado las sesiones junto al niño y el adulto, el clínico observa el patrón de interacción entre ellos y si el adulto es capaz de calmar al niño cuando este llora o si por el contrario el adulto se desregula afectivamente cuando el niño está estresado. El terapeuta ayuda al padre o madre a mejorar su capacidad de calmar al niño probando distintas estrategias in situ y modelando la conducta que el cuidador puede efectuar. También le proporciona retroalimentación sobre las estrategias de cuidado y crianza que observa.

Cuando el cuidador con ayuda del terapeuta ha mejorado sus estrategias de auto-regulación emocional y de cuidado del niño, se ponen a disposición del niño algunos juguetes vinculados con la experiencia del trauma. De acuerdo a Bowlby (2009), un niño que siente que tiene una base segura en su cuidador se puede aventurar a explorar el mundo. El niño puede entonces explorar los juguetes y a través de ellos reelaborar la experiencia del trauma si así lo desea, a su propio ritmo. El terapeuta puede ir interpretando al niño lo que este actúa en su juego para ayudarle a reprocesar sus experiencias.

Por ejemplo, Van Horn y Reyes (2014) relatan el caso de Luis, un niño que fue testigo de un intento del ex novio de su madre de violarla. El niño, que aún no cumplía 2 años de edad, se puso en medio intentando defender a su madre. El agresor golpeó al niño y este salió volando a través de la habitación. Después los vecinos llamaron a la policía y el agresor fue detenido. Durante la fase del tratamiento en que se comenzó a abordar el trauma, el niño se interesó por un juguete de auto policial, y lo hacía avanzar y retroceder. La terapeuta le comentó a Luis que parecía interesado en el auto policial y le preguntó si estaba recordando el momento en que el novio de su madre fue arrestado por la policía. La madre reaccionó diciendo que ella estaba segura de que su hijo no recordaba ese suceso, y tomó el auto quitándolo de las manos de Luis. Entonces, Luis comenzó a gritar. La terapeuta comentó que parecía que había dos necesidades distintas aquí. Luis quería jugar con el auto pero su madre por algún motivo no se sentía cómoda con eso. La terapeuta comentó además que es posible que la señora (madre de Luis) estuviera en lo correcto y él no se acordara de ese evento, pero lo importante es que parecía que Luis quería jugar con el auto. La madre dejó el auto de regreso al alcance de su hijo, y este siguió jugando con él durante el resto de la sesión, mientras la madre y la terapeuta lo observaban calmadamente. Aquí, la terapeuta comentó sobre el suceso ayudando a la madre a entender los sentimientos de Luis y a Luis a entender los sentimientos de su madre al mismo tiempo.

Luego la terapeuta se reunió para una sesión a solas con la madre y evaluaron qué había pasado. La terapeuta le propuso a la clienta si le parecía bien dejar que Luis jugara espontáneamente en la siguiente sesión y ver qué contenido surgía, pues el niño no tenía palabras para expresar sus vivencias, pero poder jugar acerca de sus experiencias podía ayudarlo a regularse emocionalmente, y así, posiblemente dejara de tener arrebatos de ira. La señora estuvo de acuerdo (Van Horn y Reyes, 2014).

Este ejemplo muestra que el objetivo de la terapia niño-progenitor es fortalecer el vínculo, promover un apego seguro y una crianza respetuosa, pero también ayudar al menor a reprocesar el trauma construyendo una narrativa a través del juego, mientras el progenitor recibe psicoeducación para que pueda comprender y contener las emociones del menor, así como permitirle expresarse a través del juego y explorar el mundo.

La terapia busca interrumpir el circuito de expectativas y atribuciones negativas entre niño y progenitor, promoviendo en ambos un vínculo seguro y expectativas positivas acerca del otro.

Referencias

  • Bowlby, J. (2009). Una base segura. Paidós. 
  • Cichetti, D. y Valentino, K. (2006). An ecological-transactional perspective on child maltreatment. Failure of the average expectable environment and its influence on child development. En D. Cicchetti y D. Cohen (Eds.), Developmental psychopathology. Volume 3: Risk, disorder, and adaptation (pp. 129-201). John Wiley & Sons.
  • Fraiberg, S. (1978). Every child’s birthright. In defense of mothering. Bantam Books.
  • Fraiberg, S., Adelson, E., Shapiro, V. (1975). Ghosts in the nursery. A psychoanalytic approach to the problems of impaired infant-mother relationships. Journal of the American Academy of Child & Adolescent Psychiatry, 14, 3, 387–421.
  • Klatzkin, A., Lieberman, A. F., & Van Horn, P. (2013). Child-parent psychotherapy and the intergenerational transmission of historical trauma. En: J. Ford & C. Courtois (Eds.), Treating complex traumatic stress disorders in children and adolescents (pp. 295–315). Guilford Press.
  • Lieberman, A. (2018). Apego, trauma y realidad. Integraciones clínicas en el tratamiento de niños pequeños. En: S. Gojman-de-Millán, C. Herreman y L. Sroufe (Eds.), La teoría del apego. Investigación e intervención en distintos contextos socioculturales (pp. 227-243). Fondo de Cultura Económica.
  • Lieberman, A., Hernández, M. y Ghosh, C. (2019). Child-parent psychotherapy. En: C. Zeanah (Ed.), Handbook of infant mental health (pp. 471-485). Guilford Press. 
  • Lieberman, A. y Van Horn, P. (2008). Psychotherapy with infants and young children. Guilford Press.
  • Miller, A. (1998). Por tu propio bien. Tusquets.
  • Van Horn, P. y Reyes, V. (2014). Child-parent psychotherapy with infants and very young children. En: S. Timmer y A. Urquiza (Eds.), Evidence-based approaches for the treatment of maltreated children (pp. 61-77). Springer.