El psiquiatra austríaco Viktor Frankl (1905-1997) es conocido y recordado sobre todo por haber sobrevivido a su encarcelamiento en varios campos de concentración del régimen nazi. Durante su tiempo como prisionero, Frankl logró sentir que todavía mantenía su libertad: la libertad de tomarse de una manera u otra su situación, de adoptar una actitud ante lo que le estaba ocurriendo (Frankl, 1991). En parte a partir de esta experiencia, Frankl consolidó su teoría sobre el ser humano y la psicoterapia.

Frankl fue un pionero de la psicología existencialista. Desarrolló las ideas centrales de su logoterapia en las décadas de los 1920s y 30s. En 1926 ya utilizaba el nombre “logoterapia”, y en 1933 comenzó a denominar “análisis existencial” al mismo enfoque (Kriz, 1990). En cambio, solo en 1946 comenzó Ludwig Binswanger a denominar “Daseinanalisis a su propia vertiente –fuertemente heideggeriana– de análisis existencial. Medard Boss, ex estudiante de Binswanger, usó desde 1952 el mismo término (Daseinanalisis) para su propio abordaje heideggeriano, distinto al de Binswanger (Holzhey‐Kunz, 2019).

La psicología de Viktor Frankl ha sido denominada a veces “humanista” (Längle, 2019) o incluso “transpersonal” (Celis, 1996). Si bien estas denominaciones no son completamente inexactas, hay cualidades específicas de la teoría frankliana y de su logoterapia que la distinguen de parte importante de esas escuelas (así como de las otras escuelas de análisis existencial).

La noción de voluntad de sentido es central en la logoteoría y terapia. Las personas nos proyectamos hacia un sentido y adoptamos un compromiso y responsabilidad con este. El sentido puede estar en lo espiritual–religioso, en un trabajo, un ser amado o amada o una tarea que sentimos que la vida nos exige, pero siempre está en la trascendencia respecto de uno mismo. Esta trascendencia es para Frankl una cualidad ontológica de la consciencia y nos distingue de los animales no humanos. Frankl (1982/2000) creía además que las personas orientadas hacia un sentido en el futuro (deber–proyecto) tienen mayores probabilidades de sobrevivir ante condiciones extremas, tales como las que él vivió estando prisionero en los campos de concentración de Hitler.

Frankl comparte con los psicólogos humanistas su disidencia respecto del conductismo y el psicoanálisis, así como respecto de las visiones cognitivistas reduccionistas que burdamente equiparan al ser humano a un ordenador u otra clase de aparato mecánico. Para Frankl (1982/2000) lo esencial del ser humano no es que descargue sus pulsiones ni que reaccione a estímulos ambientales. Por el contrario, para el creador de la logoterapia lo esencial es que el ser humano se dirige hacia el mundo y actúa allí, y en su acción asume libremente ciertos valores o deberes que anhela cumplir. Cuando el ser humano se deja de lado a sí mismo, se auto-trasciende al servicio de algo distinto de sí, entonces es cuando es más propiamente humano y más auténtico.

Lejos del espontaneísmo hedonista de la terapia gestalt (Naranjo, 1990), Frankl creía que el poder puede ser un medio para lograr el sentido y el placer puede ser una consecuencia, pero que es hacia el sentido hacia lo que el ser humano (al menos, el ser humano sano) ha de dirigirse. La voluntad de sentido se distingue claramente de, y se opone a, la voluntad de placer (y a la de poder). Frankl (2003) consideraba también que tomar LSD es “envenenarse el cerebro”.

Y mientras Maslow en su jerarquía de necesidades postulaba que es necesario satisfacer las necesidades inferiores (biológicas, fisiológicas, etc.) para que surjan como figura las necesidades más elevadas (como la autorrealización y los logros espirituales), en Frankl en cambio el acento está en que el ser humano, al menos en una medida importante, puede trascender sus impulsos y necesidades biológicos, apartándose de ellos cuando se dirige hacia valores más elevados. De hecho, para Frankl la neurosis noógena, la enfermedad por falta de sentido, puede surgir precisamente cuando las personas ya tienen demasiado dinero y posesiones materiales y entonces no saben para qué habrían de vivir.

En una charla que dio en Chicago, Frankl (1959/2003) argumentó que el objetivo o intención primarios del ser humano no pueden ser captados mediante la idea de “autoactualización”. La autoactualización, según Frankl, no capta la esencia ontológica, el dirigirse hacia algo distinto de sí. Auto-actualizarse puede ser un efecto, pero no un objetivo. De hecho, Frankl cita a Maslow, quien sostuvo en una ocasión que “el medio ambiente no es más que un medio para los fines de la autoactualización de la persona” (Maslow, Motivation and personality, p. 117, citado en Frankl, 2003, p. 59).

En contraste, Frankl (2018) pensaba que cuando se busca directamente la felicidad o la auto-actualización, de hecho estas no se consiguen. El ser humano se dirige necesariamente hacia algo fuera de sí. Uno debe elegir de manera responsable entre varias potencialidades latentes, necesariamente algunas se actualizarán y otras no. Esta responsabilidad es, para Frankl (2003), evitada por el “potencialismo” humanista.

Maslow en los escritos de sus últimos años le dio la razón a Frankl, señalando explícitamente estar de acuerdo con él en que cuando la auto-actualización se busca directamente, esta no se consigue. Esta solo puede ser un efecto secundario de la auto-trascendencia (Frankl, 2018).

Frankl (1988) rechazó también el panteísmo y aunque reconoció a Jung el mérito de haber señalado que la carencia de un sentido vital es importante en la psicopatología y el de haber develado que existe también una dimensión espiritual del inconsciente, le criticó por supuestamente proponer que la espiritualidad es una especie de impulso humano, un “ello”. Para Frankl, la espiritualidad solo puede ser producto de una decisión, de la voluntad libre del yo, sea ésta voluntad consciente o inconsciente. Tal voluntad se opone a lo impulsivo. Frankl criticó también a Jung citándole, puesto que Jung entendía “por arquetipos una cualidad o condición estructural propia de la psiquis que a su vez está ligada de algún modo al cerebro” (Jung, Psychologie und Religion, citado en Frankl, 1943/1988, p. 73).

Así, Frankl rechazó la biologización de lo espiritual propia de la noción jungiana de los arquetipos como productos filogenéticos, argumentando en cambio que lo noético (lo existencial–espiritual) es distinto de la facticidad psicofísica y se contrapone a ella.

Según Frankl, el que tengamos una relación con Dios que puede ser inconsciente, no implica que Dios esté “en nosotros”. A la crítica de Frankl al psicologismo en este punto se asemeja la crítica que formulara nueve años después a la noción jungiana de Dios como producto psíquico el también filósofo existencialista vienés Martin Buber (1952/2003).

Por otro lado, mientras la psicología transpersonal, o al menos gran parte de ella, asume que la vida continúa después de la muerte de una manera espiritual incorpórea y/o que nos reencarnamos en otras vidas, en cambio Frankl, como gran parte de los filósofos existencialistas, consideraba al ser humano como finito y a la muerte como la expresión máxima de tal finitud:

“… no considero legítima la pregunta sobre qué sucede después de la muerte, especialmente con nosotros como individuos (…) en el «instante» de la muerte, el concepto de tiempo desaparece automáticamente. Es absurdo que en el mismo segundo de la muerte se empiece a hablar de un «antes» o un «después». Por eso, para mí se eliminan también cuestiones como la reencarnación y, sobre todo, la vida después de la muerte. El concepto de tiempo muere con nosotros, nos lo llevamos a la tumba junto con el concepto de espacio. En nuestros ataúdes no hay lugar para el espacio y el tiempo.” (Frankl, 1982/2000, p. 79)

Es interesante por otra parte constatar un punto en el que Frankl fue un precursor de la teoría integral de Ken Wilber. Es probable que Wilber (2003) le haya leído y Frankl haya influenciado su formulación sobre la “falacia pre/trans”. En efecto, Frankl critica a la ciencia y la técnica como incapaces de proporcionar sentido, pero también critica al irracionalismo que mucha gente ha adoptado. En lugar de esto, sostiene que “lo que hace falta es ir más allá de la razón, un “transracionalismo”, diríamos.” (Frankl, 1982/2000, p. 40)

Referencias

  • Buber, M. (2003). Eclipse de Dios. Estudios sobre las relaciones entre religión y filosofía. Ediciones Sígueme. (Obra original de 1952).
  • Celis, A. (Ed.) (1996). Humanismo, espiritualidad y psicoterapia. Transformación.
  • Frankl, V. (1991). El hombre en busca de sentido. Herder.
  • Frankl, V. (2000). En el principio era el sentido. Paidós (Obra original de 1982).
  • Frankl, V. (1988). La presencia ignorada de Dios. Herder (Obra original de 1943).
  • Frankl, V. (2018). Logoterapia y análisis existencial: Textos de seis décadas. Herder.
  • Frankl, V. (2003). Psicoterapia y existencialismo. Escritos selectos sobre logoterapia. Herder.
  • Holzhey‐Kunz, A. (2019). Daseinsanalysis. An ontological approach to psychic suffering based on the philosophy of Martin Heidegger. En: E. van Deurzen, E. Craig, K. Schneider, D. Tantam, A. Längle y S. du Plock (Eds.), The Wiley World Handbook of existential therapy (pp. 55-67). Wiley Blackwell.
  • Kriz, J. (1990). Corrientes fundamentales en psicoterapia. Amorrortu.
  • Längle, A. (2019). Logotherapy and existential analysis. En: E. van Deurzen, E. Craig, K. Schneider, D. Tantam, A. Längle y S. du Plock (Eds.), The Wiley World Handbook of existential therapy (pp. 305-309). Wiley Blackwell.
  • Naranjo, C. (1990). La vieja y novísima gestalt. Cuatro Vientos.
  • Wilber, K. (2003). La falacia pre/trans. En: R. Walsh y F. Vaughan (Eds.), Trascender el ego. La visión transpersonal (pp. 217-225). Kairós (Obra original de 1993).