El consultorio psicológico, un extraordinario lugar donde todo aquel que llega debiera sentirse con la libertad de poder expresar lo que piensa, lo que hace, pero sobretodo “cómo se siente”. En el presente texto comparto con ustedes algunos testimonios que con frecuencia se escuchan cuando atendemos a una población que enfrenta día a día un trastorno alimenticio. Y es que es común encontrar manuales acerca de la sintomatología de un paciente, sin embargo, hoy nos concentraremos en lo que viven sus familiares, aquellas personas que comparten el hogar, y que son la mayor fuente de amor y respeto.

“…Es una pesadilla y no sé cómo despertar; discutimos por todo, ya no quiere cenar, no hay sobremesas, evita salir a todas las reuniones que tenemos con la familia, está malhumorada la mayor parte del tiempo, no celebra su cumpleaños y odia las sorpresas, sus calificaciones han bajado y está más irritable, usa ropa ancha y todo el tiempo me pregunta por cómo se ve (físicamente), siempre está frente al espejo, entro a su cuarto y está agitada, sudando, sospecho que ha hecho ejercicio pero ella lo niega, me preocupa verla así, su piel está reseca, tiene ojeras marcadas y los huesos de su clavícula se han hecho más notorios, sus tías dicen que la ven más delgada (me cuesta aceptarlo), discute constantemente con sus hermanos, cierra la puerta de su cuarto con llave y pasa mucho tiempo en el baño, veo que tiene frascos de laxantes (asumo que sufre de estreñimiento), la escucho llorar casi todos los días, no importa cuántas veces le diga lo hermosa que es, ella sigue pensando lo contrario”.

Los trastornos alimenticios traen sufrimiento, quien lo padece gira su vida en torno a su aspecto físico, a su cuerpo o hacia la comida, en la mayoría de los casos comienza con un pensamiento de rechazo frente al cómo se ven, también pueden estar presentes comentarios descalificadores relacionados al peso, así como malos hábitos alimenticios (sin un orden ni un horario).

Los padres que llegan al consultorio refieren que aun cuando existían sospechas de que algo no andaba bien, no podían percibir la magnitud del problema, algunos pensaban que se trataba solo de un capricho, “es algo pasajero”, otros buscaban justificar el comportamiento de sus hijos aduciendo que esto pasaba por la falta de afecto y hay quienes aprovechaban el momento para buscar culpables, sobre todo en aquellas familias donde hubo infidelidad, agresiones, alguna adicción, o un divorcio inminente. La verdad es que muchas veces es la familia la última en enterarse que ya estamos frente a un trastorno. Quizá porque hay un cambio en el rendimiento académico de los chicos inmersos en este trastorno es que sus padres piensan que es un acto de rebeldía, pero como no verse afectado el campo estudiantil si el cerebro del paciente no está recibiendo los nutrientes necesarios para un desempeño saludable, ¿cómo podría estar concentrado en clases? si el pensamiento que gira y gira va en dirección al consumo de calorías. La vida social también se ha visto afectada, “ya no quiere salir con sus amigos”, “pasa todo el día en su cuarto”, “pareciera que le disgusta la gente”, son algunos de los testimonios que se escuchan con mayor frecuencia en los centros de atención. Pero si conocemos al paciente entenderemos la razón; por un lado, se va perdiendo la sensación de disfrute de aquellas actividades que antes generaban placer, también está presente el desgano, falta de motivación y disminución de la energía y por supuesto el temor a verse expuesto compartiendo una mesa.

Como podemos observar, al hablar de los trastornos alimenticios no sólo debemos centrarnos en los síntomas físicos que ya bien conocemos, sino también en las repercusiones que tiene este en su entorno familiar, académico y social. El trabajo del profesional de la salud no debe ir dirigido sólo al paciente, la familia también requiere un soporte emocional y un acompañamiento terapéutico, después de todo, es la familia la que estará con nosotros en todas las batallas.