Se ha sostenido algunas veces, como si fuera un hecho objetivo establecido, que la terapia cognitivo-conductual (o, en otros casos, la terapia puramente conductual) es mejor que el resto de las psicoterapias.

Sin embargo, esta afirmación es problemática por varias razones. Una es que distintos meta-análisis y ensayos aleatorios controlados sobre la efectividad de distintas terapias arrojan resultados contradictorios entre ellos. De hecho, varios estudios no han arrojado que la terapia cognitivo-conductual sea mejor que algún otro tratamiento particular, o que otros tratamientos en general.

Por ejemplo, Humphreys y Moos (2007) compararon a 887 pacientes con abuso de sustancias tratados con terapia cognitivo-conductual (TCC) y 887 tratados con un programa de 12 pasos. El programa de 12 pasos incluye grupos de auto-ayuda y tiene una orientación espiritual. Encontraron una tasa de abstinencia substancialmente mayor en los pacientes del programa de 12 pasos (49,5%) que en los que recibieron TCC (37,0%). Además, el programa de 12 pasos tuvo un costo económico 30% menor que la TCC.

Huber y colaboradores (2012) compararon la terapia cognitivo-conductual con el tratamiento psicoanalítico o psicodinámico para pacientes con depresión. Encontraron que la terapia psicoanalítica fue superior a la cognitivo-conductual en la reducción de síntomas, y que la terapia psicoanalítica tuvo efectos significativamente más duraderos en el tiempo.

Wampold y colaboradores (2017) revisaron tres meta-análisis que habían afirmado que la terapia cognitivo-conductual (TCC) es superior a otras psicoterapias. Examinaron algunos aspectos de estos meta-análisis como la inclusión de estudios problemáticos que sesgaban los resultados y la exclusión de estudios que no confirmaban tales resultados, la medición de ciertos indicadores de funcionamiento psicológico y no de otros, y el tamaño de efecto, poder y significación estadística. De acuerdo a Wampold (2017) y colaboradores:

“Cuando se examinan estos problemas, los efectos que demuestran la superioridad de la TCC son pequeños, no significativos en su mayor parte, se limitan a síntomas específicos o se deben a estudios primarios defectuosos. Conclusión: La evidencia metaanalítica de la superioridad de la TCC en los tres metaanálisis es inexistente o débil.” (p. 14).

Uno de los autores más conocidos que comenzó a estudiar los efectos de distintas terapias fue el conductista Hans Eysenck, quien sostenía que la terapia conductual, a la que él no incluía en “la psicoterapia”, era altamente efectiva por estar basada en la ciencia, mientras que las distintas formas de psicoterapia (entre ellas, pero no solamente, el psicoanálisis) no son efectivas, no obtienen resultados superiores a la mejora espontánea de los pacientes no tratados, e incluso pueden ser dañinas (Eysenck, 1952, 1987; Eysenck y Grossarth-Maticek, 1991; Opazo, 2017).

Sin embargo, desde 2019 han salido a luz importantes fallas y sesgos en varios artículos y libros publicados por Eysenck, lo que incluso llevó a varias revistas donde fueron publicados sus artículos a realizar 64 pronunciaciones de preocupación y 14 retractaciones (King’s College London, 2019; Marks, 2019; Marks y Buchanan, 2020; Pelosi, 2019).

Cabe mencionar también que Eysenck fue criticado en los años 70 por participar en la promoción de la terapia de aversión, una terapia para los homosexuales (que en ese entonces eran considerados enfermos mentales) en la que se emparejaba ver fotos de actividad homoerótica con recibir choques eléctricos, lo que ahora se sabe que no convierte a estas personas en heterosexuales como entonces se afirmaba, y que de hecho les causa en muchos casos depresión, trastorno de estrés postraumático o intentos de suicidio. De acuerdo a Georg Rolls:

“Aunque Eysenck y otros defensores de la terapia de aversión afirmaban tasas de “curación” de hasta el 50 por ciento, estas afirmaciones nunca fueron respaldadas satisfactoriamente. Incluso hay reportes de que los pacientes que quedaban asexuales debido a la terapia eran contados entre los tratamientos exitosos.” (Rolls, 2015, p. 204).

Dejando de lado el problema más complejo sobre en qué medida las distintas enfermedades mentales son entidades objetivas o construcciones sociales, que ha sido tratado por diversos autores con distintas opiniones, y que se complejiza tanto más por el hecho de ser las distintas entidades diagnósticas muy diferentes entre sí, lo que nos ocupa aquí es si es cierto o no que la terapia conductual o la cognitivo-conductual son más exitosas que otras para hacer que las personas dejen de padecer tales patologías.

Un problema que ha surgido de manera permanente en los estudios sobre la efectividad de diferentes terapias psicológicas es el “sesgo del investigador” o “lealtad del investigador”. Como lo resume bien Opazo:

“El “allegiance effect” se relaciona con la tendencia de los clínicos a encontrar “evidencias” a favor de su propio enfoque. Se trata de un sesgo al autoservicio; sesgo que opera de un modo preferentemente afectivo, inconsciente e involuntario. Es tal el grado en el que opera el “allegiance effect” en el ámbito de la psicoterapia, que la orientación o enfoque del investigador es el mejor predictor de los resultados que la investigación arrojará (Smith et al., 1980; Robinson et al., 1990; Luborsky, 1996). De este modo, si el investigador es conductista, el grupo tratado con terapia conductual alcanzará los mejores resultados clínicos en esa investigación; si el investigador es de orientación psicodinámica, los mejores resultados serán alcanzados por los pacientes tratados con terapia psicodinámica. Y así sucesivamente…Incluso estudios aparentemente bien diseñados, pasan a ser contaminados por el “allegiance effect”.” (Opazo, 2017, pp. 74-75).

Aunque afortunadamente cada vez hay más investigaciones realizadas por autores que no son ellos mismos cognitivo-conductuales, sin embargo todavía la inmensa mayoría de tales estudios han sido realizados por profesionales con una clara adherencia al enfoque cognitivo-conductual. Esto lleva a la situación de que la mayoría o al menos muchas investigaciones sobre resultados de distintas psicoterapias sostienen que los mejores resultados los obtiene el enfoque cognitivo-conductual (ya que ellos son los que hacen las investigaciones).

Algunos modelos psicoterapéuticos parecen tener una postura política “contra el establishment”, lo que incluye que no abrazan ciertos ideales modernos como la ciencia. Esto lleva a que no tengan realmente interés por realizar estudios de resultados, lo que genera la paradoja de que tales modelos teóricos “no tienen voz” en este campo. Sin embargo, hay excepciones.

Un investigador que se ha ocupado desde hace ya varios años de realizar y recopilar estudios empíricos sobre la efectividad de las terapias humanistas experienciales es Leslie Greenberg (véase por ejemplo Elliott et al., 2013). En uno de estos estudios, Paivio y Greenberg (1995) asignaron aleatoriamente a 34 clientes con sentimientos no resueltos en relación a una persona significativa a terapia experiencial usando un diálogo en modalidad Gestalt de “silla vacía” o a una condición de placebo, que consistía en un grupo de psicoeducación sobre “asuntos no resueltos”. Encontraron que la mayoría de los clientes del grupo de “silla vacía” obtuvo mejoras clínicamente significativas, y que mejoraron significativamente más que los clientes del grupo de psicoeducación en todas las medidas de resultados. Las mejoras se mantuvieron en la evaluación de seguimiento.

Elliott y colaboradores (2013) señalan que la investigación de resultados sobre las “psicoterapias humanistas experienciales” (humanistic-experiential psychotherapies, HEP) se ha acrecentado en los últimos 20 años, sin embargo algunas guías clínicas se han elaborado sin conocer estas investigaciones, haciendo afirmaciones que reproducen prejuicios sociales sobre la supuesta ineficacia de las terapias humanistas y experienciales como si fuera un hecho probado.

Elliott y colaboradores (2013) realizaron un meta-análisis de 135 estudios que compararon las terapias humanistas experienciales con otras psicoterapias. El metaanálisis incluye estudios cuantitativos empíricos de la efectividad de terapias como la gestalt y terapia rogeriana. Compara a éstas con las demás psicoterapias, también las compara específicamente con la terapia cognitivo conductual (TCC) y compara la TCC con subtipos específicos de terapias humanistas experienciales. Cuando analizaron los estudios que comparan terapias humanistas experienciales con TCC, y controlaron estadísticamente los efectos del sesgo o “lealtad del investigador” (“researcher allegiance”), encontraron que

Estos datos apoyan la afirmación de que se ha encontrado que las psicoterapias humanistas experienciales son práctica y estadísticamente equivalentes a la TCC en cuanto a efectividad” (Elliott et al., 2013, p. 501).

En resumen, si bien hay evidencia de que la terapia cognitivo-conductual es útil para ciertos problemas como las fobias y trastornos de ansiedad, no hay evidencia concluyente de que la TCC sea mejor que las demás formas de psicoterapia. Además, es relevante tener en cuenta que distintas modalidades de terapia pueden ser más útiles para distintos trastornos, e incluso para distintas personas individuales.

El problema de la lealtad o sesgo del investigador ha sido ubicuo en los estudios sobre la efectividad de distintas terapias, y la mayoría de estos estudios han sido realizados por adherentes del modelo cognitivo-conductual. Con todo, algunos estudios arrojan que los distintos enfoques terapéuticos empatan, o que otras modalidades terapéuticas obtienen mejores resultados que la TCC.

Referencias

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