Decía Ferenczi[i] que el mejor psicoanalista era el paciente curado.

Claro. Habrá quien ponga en duda que alguien pueda estar realmente «curado» (¿quién pude «curarse» en un contexto social como el nuestro, por ejemplo? La respuesta es indudablemente, nadie. No hay ninguna posibilidad de que alguien pueda «curarse» en medio de todo esto que ya va siendo milenario.) Y también habrá quien no crea que la función del psicoanalista sea (como creo que Ferenczi creía) la de «curar» algo, que lo terapéutico del psicoanálisis es algo así como un añadido o un «efecto secundario», aunque necesario, y que lo importante es en realidad que el sujeto asuma el compromiso ético de autoauscultarse.

Pero si seguimos en la línea de lo que dice Ferenczi y a la vez aceptamos las objeciones, podemos entender por «curado» el que el tal paciente haya conseguido por ejemplo, adquirir por medio de su/s terapia/s la función psicoanalítica que por alguna razón no pudo adquirir en sus relaciones tempranas (ver W. Bion, Aprendiendo de la experiencia), esto es, que haya cumplido con su compromiso ético, lo cual a su vez tuvo que haber supuesto para ese sujeto un alivio en el sentido terapéutico. O sea que en realidad las dos son una misma cosa y el psicoanálisis (la psicología, la psicoterapia en general: no hay psicología que no sea psicoanalítica en realidad aunque se pretenda que sí la hay) sería algo así como la ciencia que al estudiar la psique humana tiene como objetivo el que en la práctica el sujeto asuma ese compromiso ético. (Habrá pacientes que puedan hacer esto al comienzo y pacientes que antes necesiten ese alivio terapéutico, que es a lo que apunta M.F. Hirigoyen[ii] cuando desaconseja el psicoanálisis clásico para el tratamiento del trauma por abuso psicológico, en línea con Ferenczi.)

Pero cuando hablamos de ética, no hablamos (yo al menos no hablo) de ética en términos «de filosofía de las costumbres», o de lo que entre los romanos pasa a denominarse filosofía de la moral, base del derecho consuetudinario, establecimiento de leyes y reglas por parte de los hombres, sino, desde mi perspectiva, de *s(w)e-, raíz indoeuropea asociada al ethos de los griegos, que significa “lo que es propio de uno mismo”. Esto es lo que debe respetarse. Esta, digamos, es para mí LA regla, o LA ley, si queremos.

O sea que el compromiso ético siempre tiene que ser asumido por ambos; debe ser mutuo (esto es para mí «mutualidad» y no que el analista tenga que ser analizado por su paciente ya que el analista no le paga la consulta al paciente): por la madre (y por el padre) en cuanto al hijo para que este pueda asumir progresivamente el suyo propio (por eso Fairbairn habla de que lo que prima es el principio de realidad, y que el principio del placer -que yo entiendo que no es diferente de tánatos, como bien vemos cuando miramos lo que ocurre a nuestro alrededor-, es producto de una obstaculización de ese principio de realidad que prima en el hijo como puede observar claramente cualquier madre: todo hijo es un científico) y el analista lo mismo en cuanto al paciente o cliente. Esto es lo que llamamos ser capaces de analizar la contratransferencia, lo que viene a ser el haber adquirido la función psicoanalítica, lo que significa que el analista ya está «curado.» Una vez que el analista ya está «curado» puede empatizar con el paciente o cliente, lo que que quiere decir que puede sentir -y entiende-, perfectamente las más de las veces -aunque el paciente siempre puede sorprenderle lo mismo que el hijo siempre puede sorprender a la madre y al padre, o traer algo que resulta ambiguo, casi ininteligible al primer vistazo y conlleva un trabajo el encontrar dentro de uno algo que se asemeje a eso que el paciente trae: la madre tiene que aprender a entender y a distinguir los gimoteos del hijo que no siempre aluden a lo mismo y a veces pueden ser ambiguos porque el hijo tampoco lo tiene claro-, lo que siente el paciente y lo que el paciente quiere que el analista sienta de manera que el analista reaccione ante eso, en algún momento, de la manera adecuada (y no repitiendo el patrón al que le tenían acostumbrado sus padres, hermanos, la familia, etc.)

Volviendo a *s(w)e-, “lo que es propio de uno mismo”, lo que se deriva es que no podemos tomar ni al hijo ni al paciente como un receptáculo vacío al que rellenamos cuasi automáticamente con nuestras teorías, prejuicios, ideologías, normas, leyes, imágenes, fantasmas y reglas, temas internos nuestros no resueltos, demonios inconcientes o sombras no domeñados, roles y demás cosas, «para adaptarlo» a lo que nosotros necesitamos o nos resulta ameno, simpático, apropiado o conveniente. El hijo y el paciente siempre van a traernos «novedades.» Y es por ello que personalizaremos el trato. Cada uno viene con algo diferente, y a veces, de sesión en sesión, también va cambiando: ya sea por efecto de la terapia o por efecto de lo que sea.

Es importante por todo esto que el psicoanálisis en sí asuma de una vez ese compromiso ético y se autoausculte hasta la raíz. Es decir, que indague en sí mismo, en sus propios orígenes aunque esto suponga admitir que Freud no pudo asumirlo, no completamente. Esto no es distinto que decir matar al padre. Porque matar al padre es ser capaces de enseñarle algo al padre al que no juzgaremos ni «destronaremos», pero sí cuestionaremos si comprendemos que debió, tuvo que, haberse equivocado en algo; quizás, seguro, en algunos de sus supuestos básicos.

De manera que si el psicoanalista, o el psicólogo o el terapeuta, solo cumple parcialmente con su compromiso ético de cara al paciente, solo puede deberse a que no ha adquirido la función psicoanalítica plenamente, y Sandor Ferenczi, entonces, tendría razón.


[i] Ferenczi, S., Diario Clínico de 1932, Sin simpatía no hay curación

[ii]  Hirigoyen, M.F. , El acoso moral