Tanto la psicología sistémica como la teoría del apego estudian procesos auto-reguladores en sistemas sociales. La psicología sistémica se ocupa de la mantención de patrones auto-organizativos en las familias y otros sistemas sociales, y la teoría del apego aborda los procesos de regulación emocional y conductual mutua entre los niños y sus cuidadores primarios (generalmente, las madres). Además, ambas teorías psicológicas han estudiado el maltrato infantil. Veamos, en una revisión no exhaustiva, algunas de sus afirmaciones.

Cichetti y Valentino (2006) sostienen que existe una relación entre la exposición de las familias a violencia que ocurre en la comunidad y el abuso físico. Además, los niños y la comunidad en que viven se determinan recíprocamente. En su investigación, estos autores encontraron que los niños con conductas externalizantes (que pueden haber surgido en parte como efecto de la exposición a violencia en la comunidad o a maltrato en la familia) en un momento 1 tienen mayor riesgo de ser victimizados (maltratados) o ser testigos de violencia en la comunidad en un momento 2. Por tanto, habría una relación de causalidad circular entre estas variables.

Barcelata y Álvarez (2005), basándose en una investigación que efectuaron en México, proponen un ciclo con patrones repetitivos en el maltrato infantil: los padres inicialmente pueden ser permisivos y poco exigentes, dando libertades a los hijos; posteriormente el hijo realiza actos “indebidos” o no realiza lo que sus padres esperan de él; en la siguiente etapa el o los padres utilizan en varias ocasiones disciplina no violenta pero el hijo persiste en su conducta inadecuada; luego el progenitor (influido por el estrés situacional, por ejemplo problemas matrimoniales o desempleo, así como por pautas de crianza aprendidas de sus padres cuando él fue niño) pierde el control y maltrata a su hijo. Posteriormente, puede ocurrir que las relaciones mejoren, la violencia desaparezca de las estrategias disciplinarias durante un tiempo y luego el ciclo se repita; o puede suceder que el ciclo se rompa debido a la intervención de alguno de los abuelos (familia extensa). En este último caso ocurre un triángulo intergeneracional en el que un abuelo o abuela, que ya previamente tenía problemas en la relación con su yerno o nuera (que es quien ejerció maltrato hacia el hijo), se alía con su nieto en contra del padre que efectuó la conducta de maltrato. Ocurre aquí un tipo particular de “triángulo perverso” (Haley, 1988) en el que participan tres generaciones distintas, existiendo una “coalición” (Minuchin, 2004) del abuelo con su nieto en contra de uno de los padres. El abuelo se colude con su nieto contra el esposo o esposa de su hijo. Esto puede conllevar la salida del nieto del hogar donde vive, lo que rompe todo el ciclo de maltrato. En casos de maltrato físico grave, el ciclo se rompe por la hospitalización del niño maltratado (Barcelata y Álvarez, 2005).

Cirillo y Di Blasio (1994), teóricos sistémicos de la escuela de Milán, también consideran que el maltrato a niños debe ser entendido como parte del funcionamiento de las familias en que ocurre, es decir que formaría parte de ciertos patrones de interacción o “juegos familiares” en los que participan todos los miembros de la familia. Esta posición es polémica porque podría otorgar responsabilidad por el maltrato a la víctima o diluir en la familia la responsabilidad del victimario. Sin embargo, en respuesta a esta posible crítica, Cirillo y Di Blasio aseveran que es al sistema legal a quien le corresponde determinar las responsabilidades penales cuando alguien comete un delito, pero a los especialistas en salud mental les corresponde investigar de manera científica todos los factores que determinan el maltrato.

En contraste, Lesley Laing y Amanda Kamsler (2006), que escriben también desde una perspectiva sistémica, critican la posición de otros autores sistémicos por conceptualizar el incesto y el abuso sexual como manifestación de una disfunción de toda la familia o como un patrón de interacción en el que la víctima es tan partícipe y activa como el agresor. Para estas autoras, que tienen un punto de vista feminista, sistémico y narrativo, la idea de que el abuso sexual intrafamiliar es un patrón disfuncional de ciertas familias es parte de una ideología del sistema sociocultural más amplio, ideología que encubre a los abusadores y culpa a las víctimas. Las autoras señalan que el abuso sexual, que generalmente es cometido por adultos varones, y del que las víctimas más probables son niñas mujeres, es un producto de la cultura patriarcal de la sociedad en que ocurre (Laing y Kamsler, 2006).

Además, de acuerdo a estas autoras, ciertas teorías psicológicas forman parte de esa cultura y dispositivo ideológico patriarcal, incluidas ciertas teorías sistémicas familiares que diluyen la responsabilidad del agresor sexual en la familia o culpan a las mujeres. Por ejemplo, cierta opinión popular y también ciertas teorías culpan a la madre de no haber dado amor y sexo a su marido (el agresor de una hija) o de no haber cuidado de su hija agredida. Análogamente, Kamsler critica a la teoría psicoanalítica por atribuir deseos sexuales incestuosos a los niños y niñas, deseos que estarían supuestamente dirigidos al padre del sexo opuesto (Laing y Kamsler, 2006).

Las esposas de padres maltratadores pueden ser también víctimas de la violencia del marido, lo que les impide defender a sus hijos (Lammoglia, 2005; Miller, 1998). Hester y colaboradores (2007) afirman que el maltrato del padre contra sus hijos y la violencia contra su esposa pueden ser difíciles de separar porque a veces la intención del abusador es que la violencia que ejerce contra los niños tenga a la vez un impacto abusivo contra su pareja. Utilizan el concepto de “nivel doble de intencionalidad” para referirse a esto (Hester et al., 2007). En otros casos la madre que maltrata a sus hijos es ella misma víctima de la violencia de su esposo y redirige hacia los hijos la ira que originalmente estaría dirigida al marido (Bowlby, 2009).

Sigelman y Rider (2012) señalan que las madres que tienen un vínculo cercano y apoyo emocional de sus maridos interactúan de manera más paciente y sensible con sus hijos pequeños que aquellas madres que sufren tensión marital o que sienten que están criando a sus hijos sin ayuda. Análogamente, los padres que acaban de tener conversaciones agradables con sus esposas son más participativos e involucrados cuando interactúan con sus hijos que los padres que acaban de discutir con sus esposas.

En el caso de las madres maltratadoras, de acuerdo a Lammoglia (2005) es común que el marido sea emocionalmente dependiente de ellas. Estos padres no intervienen para detener la violencia de la madre contra los hijos porque temen ser abandonados por su esposa, quien puede amenazarlos con dejarlos. Según este autor, serían maridos que también adoptan el rol de hijos ante su esposa.

De acuerdo al teórico del apego John Bowlby (2009), una pauta que se encuentran a veces en las madres que maltratan a sus hijos es la de esperar recibir cuidados de parte de ellos, o sea, estas madres invierten la relación. Esto ocurre en madres que cuando eran niñas también recibieron la misión por parte de sus padres de cuidar de ellos en vez de recibir sus cuidados.

Este autor sostiene que las madres que maltratan a sus hijos se caracterizan por ser personas con períodos de mucha ansiedad que son interrumpidos por estallidos repentinos de ira. Estas mujeres tendrían una gran necesidad de dependencia afectiva pero serían desconfiadas, lo que les llevaría a evitar las relaciones afectivas estrechas. Por lo general ellas fueron amenazadas varias veces por sus padres o madres de abandonarlas cuando eran niñas, y no recibieron el afecto y amor que necesitaban de ellos.  Por tanto, las amenazas de abandono por parte de sus padres estarían a la base de la ansiedad e ira (inicialmente, hacia sus padres) de estas mujeres. El maltrato hacia sus hijos sería entonces expresión de la ira inicial hacia sus padres redirigida a los hijos.

Bowlby (2009) critica además la postulación de supuestas fantasías en los niños acerca de sus vínculos con los padres en la teoría freudiana y psicoanalítica clásica (kleiniana, etc.). Este autor enfatiza que es necesario prestar atención a los vínculos reales que existen entre los niños y sus padres, ya que las fantasías e imágenes de los niños, en aquellos casos en que existen, derivan probablemente de situaciones reales (entre las que puede estar el maltrato) y no son artificios de la imaginación infantil.

También desde la teoría del apego, Crittenden y Ainsworth (1989) señalan que los períodos de depresión u otras perturbaciones emocionales en los padres, la muerte reciente de una persona significativa o haber sufrido abuso sexual o de otro tipo en la infancia son factores que pueden producir patrones distorsionados de cuidado y responsividad en los padres ante las conductas de apego de sus hijos.

Añaden que en las familias maltratadoras los miembros de la familia tienen patrones de apego ansioso con los demás miembros. En los adultos maltratadores, esto incluye que tienen apegos ansiosos a sus propios padres, a sus cónyuges y a sus hijos. Estas autoras aseveran también que los niños maltratados forman patrones de apego ansioso a sus madres, en particular apego ansioso-evitante, una modalidad en que el menor desconecta defensivamente la activación de su sistema de apego de las claves ambientales que normalmente lo activarían para evitar ser rechazado por la madre (Crittenden y Ainsworth, 1989).

Además, de acuerdo a estas autoras, las madres maltratadoras tienen relaciones de pareja no igualitarias, compuestas por un individuo dominante y otro sometido en la pareja. Son matrimonios perturbados en que la madre puede ser víctima de violencia conyugal e incluso, después de separarse, podría encontrar otro compañero abusivo.

Referencias

  • Barcelata, B. y Álvarez, I. (2005). Patrones de interacción familiar de madres y padres generadores de violencia y maltrato infantil. Acta Colombiana de Psicología, 13, 35-45.
  • Bowlby, J. (2009). Una base segura. Paidós.
  • Cichetti, D. y Valentino, K. (2006). An ecological-transactional perspective on child maltreatment. Failure of the average expectable environment and its influence on child development. En D. Cicchetti y D. Cohen (Eds.), Developmental psychopathology. Volume 3: Risk, disorder, and adaptation (pp. 129-201). John Wiley & Sons.
  • Cirillo, S. y Di Blasio, P. (1994). Niños maltratados. Diagnóstico y terapia familiar. Paidós.
  • Crittenden, P. y Ainsworth, M. (1989). Child maltreatment and attachment theory. En: D. Cicchetti y V. Carlson (Eds.), Child maltreatment: Theory and research on the causes and consequences of child abuse and neglect (pp. 432-463). Cambridge University Press.
  • Haley, J. (1988). Terapia para resolver problemas. Amorrortu.
  • Hester, M., Pearson, C., Harwin, N. y Abrahams, H. (2007). Making an impact. Children and domestic violence. A reader. Jessica Kingsley.
  • Laing, L. y Kamsler, A. (2006). Poner fin al secreto. Terapia para tratar a madres e hijos después de haberse revelado el abuso sexual. En M. Durrant y C. White (Eds.), Terapia del abuso sexual (pp. 218-248). Gedisa.
  • Lammoglia, E. (2005). La violencia está en casa. Grijalbo.
  • Miller, A. (1998). Por tu propio bien. Tusquets.
  • Minuchin, S. (2004). Familias y terapia familiar. Gedisa.
  • Sigelman, C. y Rider, E. (2012). Life-span human development. Wasdworth / Cengage Learning.