Los hombres hablarán a hombres que nada oyen, que tienen abiertos los ojos y no ven; hablarán con ellos y no recibirán respuesta; pedirán piedad a aquel que tiene oídos y no oye y encenderán luces ante un ciego. Citado por Sigmund Freud.

INTRODUCCIÓN

Yo no puedo recordar cuándo fue la primera vez que escuché en mi casa, a mi madre, pronunciar el nombre de Sigmund Freud (ni la última tampoco), como no puedo tampoco recordar cuándo fue la primera vez que en mi casa se escuchó pronunciar el nombre de Leonardo, de Miguel Ángel, el de Goya y demás grandes pintores renacentistas y de otros tiempos. Pero sí recuerdo dos cosas en cuanto a mi «carrera» como Psicóloga.

Estando yo aún en Buenos Aires, mi madre me llevó, a mis 6-7 años, al colegio Jean Piaget, un excelente colegio privado, en el que, entre otras cosas, nos darían clases de teatro, dibujo y pintura, música, danza… Esa debió de ser la primera vez que escuché el nombre de Jean Piaget, y nunca se me borró. Y luego recuerdo cómo, a los 10 años, cogí un libro de introducción a la psicología psicoanalítica de la biblioteca de mi hermana, que me llevaba 5 años y que ya se interesaba en la psicología, me senté debajo de la ventana, y lo hojeé. Quiero decir que leí algo. Esa era la primera vez que abría un libro de psicología psicoanalítica en mi vida.

No recuerdo cuántas páginas o capítulos leí, no creo que fueran demasiados, porque seguramente que unas pocas páginas me debieron de haber bastado para darme cuenta de que en ese libro hablaban de mí todo el rato: delirios de grandeza, manía persecutoria, tendencias homicidas e incestuosas, compulsiones, ideas obsesivas, introversión, alguna que otra alucinación, histeria, represión sexual (algo más que evidente, teniendo en cuenta mi edad), equizoidia, envidia, celos, pecho malo y pecho bueno, forclusiones, mecanismos de defensa como para tirar cohetes, anorexia nerviosa, despersonalización, resistencias, escisión yoica, y transferencias, y demás cuadros y síntomas que se analizaban y describían allí. Cerré ese libro rápidamente. La angustia se había apoderado de mi garganta y de mi cerebro inconciente al completo, tanto en lo que se refiere a la primera como a la segunda tópica. Nadie en mi casa tenía que saber nada acerca de mi desgraciado descubrimiento, ni siquiera yo misma. A las pocas horas ya me había recuperado casi parcialmente, pero para entonces, yo ya sabía que mi destino era no dedicarme a la psicología y menos que menos a la psicología psicoanalítica. Pero tampoco al arte, ni renacentista ni de ningún otro periodo de la Historia (esto último a resultas de la culpa, por supuesto.)

En mi casa todos éramos artistas, pero también éramos todos un poco psicoanalistas, cada uno a su «modo.» Mi madre siempre hablaba y elevaba loas a  Sigmund Freud (y a Leonardo, El Quijote, Miguel Ángel y qué sé yo), nunca se psicoanalizó, y si lo hizo, la cosa no pudo haberle durado más de un cuarto de sesión porque mi madre, al igual que mi padre, no era esa clase de personas que permitan que alguien «le venga con historias», por mucho que se las contara el mismo Sigmund Freud, o Juana La Loca. A ella le bastaba con que la tía (tía política, la entusiasta de Freud y pionera en ello en nuestra familia), la iniciara en la «teoría edípica» y con leer algunos artículos en Decoralia y Femirama sobre crianza de los hijos de donde a la vez, sacaba los patrones para confeccionarnos algunos vestidos a las hijas. Mi hermana no acabó su carrera de psicología, pero yo sí acabé la mía, lo mismo que acabé todas mis largas terapias, las más de ellas psicoanalíticas, algunas de «otros tipos», y consagré mi vida también al arte, no solo al renacentista, pero también al renacentista, lo que quiere decir, desde mi perspectiva, que logré superar al menos mi angustia y mis sentimientos de culpa.

Quizás debido a esa tendencia que existía en mi casa, de elevar loas todo el tiempo a quien fuera, siempre que se ajustara a una serie de cánones estrictos que le convirtieran en lo que a mis padres se refiere, en intocable, sagrado, yo desarrollé la tendencia, al comienzo no del todo conciente, a creer que no podía ser del todo cierto que alguien llegara a ser ni completamente sagrado ni tan intocable por muy grande y talentoso o importante que fuera, comenzando quizás por mis propios padres… y por consiguiente yo iba siendo cada vez un poco más y más rebelde.

Llegó un punto a partir del cual mi rebeldía era tal que ya no encajaba en ningún lugar, ya no sabía ni quién era ni cómo me llamaba, y acabé yo también recostada en el diván del psicoanalista con el propósito firme de recuperar buena parte de mi estructura y coherencia mental, al precio que fuera (y pagué por ello un dineral.) Todo lo que había leído sobre psicología en aquel libro a los 10 años se me había olvidado por completo. No había conseguido retener ningún concepto. Estaba pues, psicoanalíticamente «virgen» (o eso era lo que yo creía, pero no era así del todo.)

Mi primera década de psicoterapia psicoanalítica fue intensa -yo no paraba de gritar por lo que luego se me dijo-, conseguí analizar y resolver infinidad de problemas y dificultades (mi psicoanalista resultó ser en muchos aspectos muy buena en eso), y yo muy pronto ya me había convertido en feligresa de la ortodoxia freudiana ya que entre sesión y sesión, yo también leía las Obras Completas de Sigmund Freud. No hacía lo que había hecho y seguiría haciendo mi madre hasta casi el final de sus días, elevarle loas a Freud, pero sí que dedicaba parte de mis energías al proselitismo.

Yo soy el resultado de lo que conseguí psicoanalizándome.

Pero, si bien psicoanalizarme me sirvió para que se produjeran en mí cambios radicales en todos los sentidos, lo cierto es que hay cosas que no siempre es posible (ni tampoco deseable), modificar en una persona, y eso es su estructura, sus necesidades yoicas, su base ética. Yo no podía ni iba a «volver al redil.» Yo no iba a engancharme a ningún «dogma» ni a sustituir a un padre «idealizado» por otro «padre idealizado», o «tótem»,  consagrarme al culto de nadie, ni imaginario ni real.

Supongo que fue por eso que acabé siendo, primero abandonada por mi psicoanalista, por la primera, y luego siendo empujada, muchos años más tarde, a puntapiés, escaleras abajo, por el marido de aquella, a quien fui «derivada en automático» para darle «continuidad a mi tratamiento», o eso debí haber supuesto que tenía que ser el «objetivo del -fatal- traslado.»

Hay que partir de dos cosas. Una vez que Sigmund Freud introduce en la psiquiatría el estudio de lo inconciente, lo mismo que una vez que el hombre «descubre» que el cielo no es una loneta azulnegra llena de agujeros, o que las Indias no son las Américas, es para algunos difícil, pero que muy difícil, negar la realidad de los hechos, y hacer «de cuenta» por lo que sea, que aquí no ha ocurrido nada nuevo. Esto para algunos no es posible, y menos cuando estamos en el campo de las ciencias[1]. 

Segundo. Si se supone que parte del tratamiento en psicoanálisis se asienta, básicamente, en que el niño, o el paciente, desidealice a sus papaítos, «mate al padre», por decirlo de alguna manera, lo que no podemos es decir luego que «pertenecemos a la ortodoxia» freudiana (ni que pertenecemos a ninguna «ortodoxia») ni tampoco contravenir al supuesto padre de dicha presunta ortodoxia a la que decimos que tanto nos ajustamos, ni sus aspiraciones ni sus deseos auténticos de que su creación fuera una ciencia, y no ser capaces de analizar, objetar, rebatir, cuestionar, criticar y reformular cualquier cosa que Freud (o cualquier otro psicoanalista o estudioso de la obra psicoanalítica freudiana o derivadas) haya escrito o dicho, como sujetos pensantes autónomos que somos, y ponernos a separar el trigo de la paja, como nos corresponde hacer en ciencias. Porque no vamos a comportarnos como niños de 4 años a los que sus padres han malcriado, y destruir de un sablazo lo que a algunos les (nos) ha costado sangre, sudor y lágrimas -como me repetía casi todos los días que nos veíamos mi primera analista que iba a suponerme el atravesar ese cuasi mesiánico tratamiento para llegar no sé cómo, a hacer conciente lo inconciente (y digo «no sé cómo» porque ciertos aspectos pésimamente mal planteados del psicoanálisis «ortodoxo» o del psicoanálisis en general, suponen un impedimento justamente para que podamos llegar a eso: ya nos lo advertía Ferenczi en su Diario)-, cuando no el ostracismo o la muerte, como le tocó no solo a Sandor Ferenczi, por el simple hecho de que no nos guste demasiado que nuestro nombre sea borrado de la «historia» y no nos nombren presidentes de no sé yo qué cosas y/o «instituciones» o que nos manden al bando barato y descastado de la «disidencia» y de los excomulgados.

El texto que sigue, y que a algunos analistas puede que les parezca algo así como el linchamiento o derrocamiento de Sigmund Freud de su propio «invento», «una falta de respeto hacia el Padre», no es sino justo lo opuesto. Este texto lo que hace es, usando las mismas herramientas con las que él nos dotó, y que fueran seguramente revolucionarias en su época, honrar su esfuerzo por llegar al conocimiento de la mente humana -por mucho que él nos despreciara en abierto y con insistencia a los seres humanos-, siempre a pesar de sus propias resistencias y mecanismos de defensa que en redondo se negara a analizar. Porque Sigmund Freud nos legó una cantidad inmensa de buenos recursos y conceptos que yo personalmente uso y divulgo porque creo en ellos porque me funcionan cuando los aplico y cuando los estudio y los pienso: una psicología que hoy en día excluya o no comprenda ni utilice esos conceptos y recursos, no es más que un intento desesperado de unir las patas de una silla al respaldo sin contar con el asiento, lo que de ninguna forma constituye un paradigma útil para el cuidado y estudio del psiquismo humano. Pero Sigmund Freud no lo hizo solo, sino en continua colaboración con discípulos, pacientes y colegas, amigos y familiares, que tenían todos ellos, más o menos problemas no resueltos como los tenía el mismo Freud, y que estaban simultáneamente en plena faena de tener que analizarse entre sí aún careciendo de las herramientas y conocimientos para hacerlo, especialmente si, como Freud, la única manera de hacerlo (según él lo concebía, una vez se había situado y con todo derecho, en el «trono» del «movimiento» y de ahí no bajaba por mucho que se lo sugirieran angustiados que hiciera aunque más no fuera en privado, en secreto, aquellos que lo amaban) era haciéndoselo él a sí mismo, con lo cual, mal íbamos, al tiempo que había que ir construyendo el nuevo edificio a partir de analizar cientos y cientos de casos, cada uno los suyos, y supervisándose unos a otros como podían. A resultas de todo esto, tengo para mí que en el transcurso, tuvieron que colarse una buena cantidad de errores, algunos muy pero que muy obvios y graves y iatrogénicos, y que les pudo haber sido, primero, no tan sencillo advertir (por lo que se desprende, no lo son tampoco hoy), y luego, diría yo, que imposible para algunos, o, a veces, poco conveniente admitir. Porque si bien Freud era un hombre de ciencias, su ambición era aún mayor, lo mismo que la de unos cuantos de sus seguidores hasta la actualidad. No supo establecer sus prioridades y por eso, al menos en buena parte, erró, y erró mucho, secundado por sus fieles aduladores, presuntos «continuadores», innumerables, desde el día en que nació.

Yo ya no tengo más ambición que la de curar a mis pacientes -es Ferenczi el que deja algo así escrito en su Diario Clínico[i], casi al principio del que iba ser su último escrito-, y por ello, como lo hiciera en su momento también Ferenczi, yo no puedo ni quiero andarme con rodeos y por ese motivo, sintiéndolo mucho y sin medir en exceso las consecuencias de hacerlo, hago y digo lo que siento y lo que pienso, porque sé que hago lo correcto.

Porque una vez que he logrado higienizar mi cabeza a base de ajustarme a mí misma las tuercas a conciencia, pero también ajustárselas a los demás hasta dejarla impoluta como la que tenía aquel día en que tras esa incubación de 9 meses, salí «afuera» y gemí -porque fue en ello en lo que invertí mi vida y la de mi hija y la de toda mi familia, para evitar repetir y repetir, romper de una vez por todas con toda esa herencia enferma, que deberíamos todos abstenernos de transmitir como si se tratara de valores, cuando sabemos muy bien que no-, no voy a quedarme quieta, a mi recién inaugurada sesentena, viendo cómo al resto lo que mejor le viene es mantener la suya o bien sucia o en desorden, a costa siempre de sus clientes, incluida yo misma, mi descendencia y el mundo que nos circunda. Porque una psicología que pretende que estudia y, ocasionalmente, también «cura», a los hombres, si carece de una ética, no llegará a ser ni una psicología ni tampoco llegará a ser una ciencia (y entonces, ahí sí, «Comte tendría razón.»)

Yo estoy segura de que si Sigmund Freud asomara de nuevo, ahora mismo, su cabeza, muy a pesar suyo, se pondría de rodillas (¡qué gran vergüenza, qué gran deshonor!) para suplicarnos que hagamos un último intento, hercúleo, por evitar que eso ocurra. A Freud no le caería muy en gracia que nos pusiéramos todos a una los psicoanalistas a proclamar con Lacan, tan buen y fiel amigo suyo, como los coros de Sófocles, El triunfo -final, definitivo-, de la religión[ii]. No. Porque eso significaría ofrecer nuevamente, nosotros, en sacrificio, al mismo Edipo, que es exactamente lo mismo que siempre y muchas, muchas veces, conciente y/o inconcientemente, hizo Freud.

Para leer el artículo completo contactar con la autora, Liliana Kancepolski, a través de [email protected].


[1] Es cierto que, como apunta Jean Piaget, entre confuso e indignado, en su Epistemología de las Ciencias del Hombre (Tratado de lógica y conocimiento científico, tomo 6, Ediciones Paidós, 1979), Comte no incluye a la Psicología dentro del campo de las ciencias. Pero lo que pueda hacer o decir Comte, poco nos interesa a todos.


[i] Ferenczi, S., Sin simpatía no hay curación, el Diario Clínico de 1932, Amorrortu, 2006

[ii] Lacan, J., El triunfo de la religión, Paidós, 2005


[i] Freud, S., Un recuerdo infantil de Leonardo da Vinci, http://biblio3.url.edu.gt/Libros/rec_infa.pdf, y Freud, S., Obras Completas, Biblioteca Nueva, 1973