El abuso sexual infantil es un grave problema en todo el mundo. Los efectos del abuso en la víctima varían ampliamente, pero se conoce bien que haber sufrido abuso es un factor de riesgo para psicopatologías tanto en lo inmediato como a largo plazo.

Es sabido que muchos perpetradores son familiares y conocidos. Las investigaciones internacionales arrojan que en la mayoría de los casos la víctima conocía a su abusador, y generalmente este es un miembro de la familia o alguien en quien la familia confiaba (Ferragut et al., 2021; Gómez et al., 2010).

Menos conocido es el hecho de que una parte sustancial de los agresores sexuales de niños no son adultos sino otros menores de edad (niños o adolescentes). Esto incluye el incesto entre hermanos, como el que ocurre cuando un hermano varón abusa sexualmente de su hermana. El abuso entre hermanos es tabú e incluso cuando es revelado por la víctima, suele ser considerado irrelevante por los adultos. Es verdad que en algunos casos ocurren en los niños conductas exploratorias sexuales (incluso entre hermanos) sin que esto implique abuso o coerción. Sin embargo, el abuso sexual cometido por un menor de edad contra otro es tanto o más común que aquel cometido por un adulto contra un menor, pese a que el primero ha sido relativamente pasado por alto en la literatura (González et al., 2004; Kinnear, 2007). Además, puede ser igualmente dañino para la víctima (Caffaro, 2014; Morrill, 2014). Algunos autores aseveran que el abuso entre hermanos es la forma más común de abuso sexual sufrido por menores (Hodge, 2021; Thomas et al., 2013).

El abuso sexual infantil siempre constituye una vulneración de los derechos fundamentales de la víctima, y se deben tomar todas las medidas para interrumpir tal situación. De ser posible, lo ideal es iniciar un proceso psicoterapéutico de reparación cuanto antes.

Señales de que un menor puede estar siendo víctima de abuso sexual

Las siguientes conductas pueden indicar que una niña o niño fue o está siendo abusado(a) sexualmente, en especial cuando la conducta es nueva y su aparición repentina (Intebi, 2011):

Indicadores psicosociales no sexuales:

  • Conductas regresivas: reaparecen comportamientos que había superado, tales como enuresis (emisión de orina, generalmente nocturna) o encopresis (incontinencia fecal) en niños que ya habían logrado controlar esfínteres.
  • Complacencia compulsiva: actitud excesivamente sumisa o que busca contentar a otros.
  • Incomodidad o trata de evitar sacarse la ropa al momento de bañarse o cambiarse.
  • Aumento o disminución del apetito.
  • Trastornos alimentarios (anorexia, bulimia).
  • Cambios en su estado de ánimo y personalidad, por ejemplo se vuelve agresivo(a) o muy inhibido(a).
  • Suele estar distraído o distante.
  • Hiperactividad.
  • Aislamiento social y retraimiento.
  • Ansiedad.
  • Dificultades de aprendizaje y bajo rendimiento académico.
  • Depresión o ideación suicida.
  • Prefiere estar en el colegio y no en casa (cuando el abusador es alguien que vive con él).
  • Intenta evitar asistir al colegio o a otro lugar (donde se encuentra el abusador) sin explicación.
  • Insomnio y/o hipervigilancia.
  • Pesadillas, terrores nocturnos o temor a estar solo(a) de noche.
  • Somatizaciones como dolor abdominal o dolor de cabeza.

Indicadores psicosociales sexuales:

  • Comportamientos sexualizados con adultos u otros niños, tales como tratar de tocar u oler los genitales, o llegar desde atrás y simular movimientos de cópula (Intebi, 2011).
  • Juegos sexualizados, por ejemplo al jugar al papá y la mamá con otros niños, incluye referencias explícitas al sexo oral, coito, etc.
  • Conocimientos sobre sexualidad o comentarios sexuales no esperables a su edad.
  • Masturbación (que puede ser compulsiva) en una edad en que no es esperable.
  • Dibujos con contenido sexual.

Indicadores físicos:

  • Dolor al orinar o defecar.
  • Daño o heridas en los genitales.
  • Infecciones urinarias.
  • Enfermedades de transmisión sexual.
  • Embarazo.

(Gómez et al., 2010; Goodyear-Brown et al., 2012; Intebi, 2011; Kinnear, 2007).

Algunos de los indicadores físicos son señales o pruebas inequívocas del abuso, mientras que los indicadores psicosociales sexuales hacen altamente probable la existencia del abuso. La presencia de varios indicadores a la vez aumenta la probabilidad y la necesidad de indagar un posible abuso.

En cambio, los indicadores psicosociales no sexuales pueden tener variadas causas, incluyendo problemas emocionales en niñas y niños que no son ni han sido víctimas de abuso sexual. Con todo, en la mayoría de niños(as) victimizados(as) sexualmente no hay indicadores físicos del abuso (Kinnear, 2007), por lo que es necesario indagar la situación, en especial preguntándole a la propia niña o niño.

En algunos casos el observar los juegos espontáneos de los niños puede permitir identificar un posible abuso, y continuar investigando al respecto. Estos juegos pueden ocurrir también en una consulta psicoterapéutica, donde con niños generalmente se utilizan juguetes, títeres y arte en la terapia. Un niño que está en terapia por otros motivos puede revelar en su juego que fue abusado, o si está en terapia por el abuso puede expresar metafóricamente el evento traumático.

Por ejemplo, una niña de 9 años podría crear una historia en que un abejorro con un aguijón grande persigue a una gata y la pica una y otra vez, y nadie viene en su ayuda. Luego viene la policía y se lleva al abejorro en la patrulla, y una señora lleva a la gata al médico. Después, la gata es llevada a vivir a otra casa y se siente un poco mejor, aunque a veces le duele el estómago y se pregunta si morirá. También tiene sueños atemorizantes y su profesora en el colegio se enoja con ella porque no presta atención, etc. (Malchiodi, 2012).

No obstante, no debe asumirse que todo(a) niño(a) que fue víctima de abuso sexual expresará esto en sus juegos, y mucho menos que lo hará en las primeras sesiones con un terapeuta o interrogador adulto desconocido.

La psicóloga María Cecilia López (2014) señala que la ansiedad y otras emociones muchas veces dificultan a los niños abusados sexualmente expresar sus experiencias traumáticas. Esta autora indica que en el ámbito judicial en ocasiones esto no es comprendido, pues se evalúa a una niña o niño en un par de horas y se espera que allí exprese todo lo que le pasó, ya sea en un relato o a través del juego simbólico. Sin embargo,

“Algunos niños/as, antes de atreverse a expresar su trauma necesitarán de todo un trabajo psicoterapéutico previo. (…) Es un mito pensar que todos los niños/as víctimas, de entrada, apenas cruzan la puerta del consultorio, se pondrán de inmediato a hablar o a jugar sus traumas. Por el contrario, no es de extrañar que embargados por el terror que les genera la posibilidad de romper el pacto de secreto con su abusador y antes de poner “en el tapete” sus conflictos de base, inviertan, incluso, varios meses previos de terapia empeñándose en jugar a “juegos lindos” (tales como: clasificar familias de animalitos, hacer granjas y corrales con maderitas o jugar a juegos de mesa, por ejemplo) como un modo de recobrar fuerzas y también como un modo de estudiar a sus psicólogos, a ver qué tanta confianza pueden depositar en ellos” (López, 2014, pp. 63-64)

Un fenómeno que también ocurre en algunos casos es el de la retractación. Los niños abusados pueden estar constreñidos por vínculos de lealtad ya sea al abusador o al resto de sus familias, donde puede haber cómplices del abusador… por ejemplo, una madre podría eventualmente ponerse de parte de su pareja que es el padrastro abusador de sus hijos.

Para describir el modo en que los niños victimizados a lo largo del tiempo pueden reaccionar a esta compleja situación, Roland Summit (1983) acuñó el concepto de “síndrome de acomodación al abuso sexual infantil”. Éste se caracteriza por:

  • Secreto.
  • Impotencia.
  • Atrapamiento y acomodación.
  • Revelación demorada y poco convincente.
  • Retractación.

La investigación al respecto muestra que tanto la no revelación como la retractación ocurren en casos de abuso sexual. De hecho, muchas personas nunca le cuentan a nadie que fueron víctimas de abuso sexual en su niñez. Por otra parte, se ha corroborado que la revelación y posterior retractación por parte de la víctima ocurre incluso en casos en que hay evidencia física que demuestra el abuso sexual (Goodyear-Brown et al., 2012).

Los factores que determinan que una víctima revele o no el abuso incluyen la dinámica familiar, patrones de relaciones sociales en su entorno, amenazas realizadas por el perpetrador, y que tenga o no la expectativa de que recibirá apoyo del adulto no agresor y/o del resto de su familia y redes. En aquellos casos en que la niña o niño revela el abuso, la reacción de su entorno tiene un rol central para aliviar o agravar el sufrimiento de la víctima. Cuando le creen y obtiene apoyo incondicional, encuentra un importante alivio; cuando no le creen, le culpan o se alían con el perpetrador, esto empeora el padecimiento psicosocial de la víctima (Goodyear-Brown et al., 2012; Hodge, 2021).

Los adultos estamos en deuda con los menores de edad. Desde tiempos inmemoriales, en la prehistoria de la humanidad, los niños(as) han sido literalmente sacrificados(as) para “aliviar” los conflictos psicológicos de los adultos, a menudo expresados en supersticiones religiosas. En el mundo moderno, las niñas y niños tienen Derechos, y es nuestro deber impedir y poner freno al abuso, tanto cuando este es cometido por un adulto como cuando es cometido por un adolescente u otro niño. No debemos pasar por alto estas situaciones.

Referencias

  • Caffaro, J. V. (2014). Sibling abuse trauma. Routledge.
  • Ferragut, M., Ortiz-Tallo, M. y Blanca, M. J. (2021). Spanish women’s experiences of child sexual abuse. Psicothema, 33, 2, 236-243.
  • Gómez, E., Cifuentes, B. y Sieverson, C. (2010). Características asociadas al abuso sexual infantil en un programa de intervención especializada en Santiago de Chile. SUMMA Psicológica UST, 7, 1, 91-104.
  • González, E., Martínez, V. Leyton, C. y Bardi, A. (2004). Características de los abusadores sexuales. Revista Sogia, 11, 1, 6-14.
  • Goodyear-Brown, P., Fath, A. y Myers, L. (2012). Child sexual abuse: The scope of the problem. En: P. Goodyear-Brown (Ed.), Handbook of child sexual abuse (pp. 3-28). John Wiley & Sons.
  • Hodge, L. (2021). Eating disorders and child sexual abuse. Palgrave Macmillan.
  • Intebi, I. (2011). Proteger, reparar, penalizar. Granica.
  • Kinnear, K. (2007). Childhood sexual abuse. A reference handbook. ABC-CLIO.
  • López, M. C.  (2014). Los juegos en la detección del abuso sexual infantil. Maipue.
  • Malchiodi, C. (2012). Trauma informed art therapy and sexual abuse in children. En: P. Goodyear-Brown (Ed.), Handbook of child sexual abuse (pp. 341-354). John Wiley & Sons.
  • Morrill, M. (2014). Sibling sexual abuse: An exploratory study of long-term consequences for self-esteem and counseling considerations. Journal of Family Violence, 29, 205-213.
  • Summit, R. C. (1983). The child sexual abuse accommodation syndrome. Child Abuse & Neglect, 7, 177–193.
  • Thomas, S. P., Phillips, K., y Gunther, M. (2013). Childhood sibling and peer relationships of perpetrators of child sexual abuse. Archives of Psychiatric Nursing, 27, 6, 293–298.