La dramatización y representación teatral es una poderosa herramienta terapéutica, y se puede utilizar para abordar temáticas como el trauma y el maltrato infantil (Bannister, 2012; Jennings, 2010).

Las vivencias traumáticas de la infancia tienen un rol en el origen de varias psicopatologías, y por esto es recomendable, de ser posible, iniciar una intervención terapéutica cuanto antes. La psicoterapia, así como los vínculos positivos, pueden hacer una importante diferencia (hacer de “amortiguador”) en la vida de un niño que ha sufrido uno o más traumas.

El psiquiatra infantil Bruce Perry (2017) relata el caso de Sandy, una niña de 4 años que a los 3 había perdido a su madre de manera traumática. Su madre había sido violada y asesinada delante de ella por un conocido. Además, el sujeto había hecho cortes con un cuchillo en el cuello a la pequeña y se había marchado creyéndola muerta.

Perry conoció a Sandy en el juzgado, un año después del trauma. Se le solicitó prepararla para una posiblemente necesaria testificación en el tribunal. Sandy estaba ya con una familia sustituta y un cirujano plástico había reconstruido las partes de su cuello heridas.

En su primer encuentro, durante algunos minutos, Sandy y Bruce Perry pintaron libros de dibujos con ceras, en silencio. Después de un rato, Perry, sabiendo bien que volver a tocar el tema seguramente iba a ser doloroso para ella, le preguntó a Sandy qué le había pasado en el cuello. Ella inicialmente no respondió. Posteriormente la niña tomó un conejo de peluche por sus orejas y con un lápiz de cera simuló que le cortaba el cuello, y dijo: “Es por tu propio bien, colega”. Repitió esta frase una y otra vez. Era lo que le había dicho el delincuente cuando le hizo los cortes en el cuello. Poco después la pequeña paciente le relató al psiquiatra lo sucedido: un conocido de su madre había tocado el timbre y su madre le había dejado entrar.

“—Mamá gritaba que el hombre malo le hacía daño… Cuando salí de mi habitación, mamá estaba dormida en el suelo y luego él me cortó. Dijo: «Es por tu propio bien, colega».” (Sandy, citada en Perry, 2017, p. 62).

El agresor le hizo dos cortes en el cuello a Sandy y ella perdió el conocimiento. Un rato después lo recuperó e intentó en vano despertar a su madre. Sacó leche del refrigerador y, al beberla, la leche caía por los cortes en su cuello. Después trató de darle leche a su madre que yacía en el suelo pero “no tenía sed”, dijo. La niña estuvo 11 horas sola en casa junto al cadáver de su madre antes de que alguien llegara y encontrara la escena del crimen.

La segunda vez que Bruce Perry vio a Sandy fue en la primera sesión de terapia, pues le fue solicitado tratarla. Nuevamente comenzaron pintando libros de dibujos. Pero después de un rato, Sandy le quitó a Perry la cera de la mano, lo tiró del brazo y lo hizo acostarse bocabajo en el suelo. Le indicó a su psiquiatra que no hablara y mantuviera sus brazos en la espalda, como  si estuviera atado, como lo había estado el cuerpo fallecido de su madre aquella noche. Luego la niña comenzó a deambular murmurando cosas. Una de ellas era “es por tu propio bien, colega”. Después llevó a Perry verduras de plástico, y le abría la boca para que las comiera. Luego volvía a alejarse en busca de algún objeto, regresaba, se subía encima del cuerpo de Perry y volvía a deambular por la sala. Perry debía obedecerla en todo. Sandy le había ordenado que no hablara ni se moviera. Poder tener el control total de la situación resultaba para la niña crucial, pues se trataba de la recreación de una escena traumática en la que precisamente ella no había tenido el control de nada. Perry explica que Sandy estaba reconstruyendo la escena traumática de una manera en que ella se exponía solo en la medida que ella lo deseaba a los eventos que reproducían la noche del crimen:

“Para restaurar el equilibrio, el cerebro intenta acallar nuestros recuerdos sensibilizados y vinculados al estrés empujándonos a tener «dosis» pequeñas y repetitivas de ellos. Su objetivo es lograr que un sistema sensibilizado desarrolle tolerancia (…)

En las reconstrucciones que hacía conmigo, Sandy procuraba desarrollar una tolerancia ante unos recuerdos que habrían sido terriblemente traumáticos para ella. Las reconstrucciones eran algo que sí podía controlar, y este control le permitía regular su propio nivel de angustia. Si se volvía demasiado intenso, tenía la posibilidad de redirigir el juego, y eso era lo que muchas veces hacía. Yo no trataba de interferir en el proceso ni volví a empujarla a recordar después de la primera vez, cuando no me quedó más remedio que hacerlo para su evaluación.” (Perry, 2017, pp. 73-74)

El cerebro de manera espontánea reproduce lo que ha resultado traumático con el objetivo de reprocesarlo intentando darle un nuevo significado. Esto resulta patológico en los flashbacks, recuerdos intrusivos y otros síntomas del estrés postraumático. Pero puede ser curativo si la persona logra reducir la cantidad de estrés a la que se expone, facilitando la habituación de su sistema nervioso a los estímulos estresantes para que éstos cada vez tengan un impacto un poco menor.

En la neurociencia cognitiva, la habituación es un proceso en el que las neuronas responden con disparos cada vez menos intensos a ciertos estímulos que son presentados de manera repetida (pero con una intensidad soportable). Este proceso ocurre en seres humanos pero también en animales muy primitivos como los moluscos, entre ellos la babosa de mar Aplysia californica, en la que el neurocientífico Eric Kandel ha estudiado la habituación y otros procesos (Kandel, 2007; Rudy, 2014). Kandel explica el proceso citando una fábula del griego Esopo:

“Había una vez un zorro que nunca había visto una tortuga y se aterró de tal modo al verla por primera vez que poco faltó para que cayera muerto. Cuando la encontró por segunda vez, se alarmó mucho aún, pero no tanto como antes. Cuando la vio por tercera vez, su audacia había crecido tanto que se le acercó y se puso a conversar con ella.” (Esopo, citado en Kandel, 2007, p. 198)

La habituación es lo contrario de la sensibilización. En los mamíferos la adquisición del miedo a un objeto involucra una sensibilización de las neuronas de la amígdala (estructura cerebral) que hace que envíen una mayor cantidad de neurotransmisores a otras neuronas. A su vez, la habituación es una disminución de la cantidad de neurotransmisores liberados debida a una menor activación de tales neuronas ante los mismos eventos ambientales presentados de forma repetida (Kandel, 2007; Liberzon y Garfinkel, 2009).

Es interesante constatar que los niños a menudo, ante el solo hecho de saber que están en una situación terapéutica, comienzan a recrear los eventos traumáticos en sus juegos, en un intento espontáneo por reprocesarlos y hacerlos más tolerables. Recrear un evento traumático puede permitir la habituación a él, y/o crear para él un contexto alternativo que modifique su tonalidad emocional.

Desde la neurociencia, la activación de determinados recuerdos reactiva las neuronas que almacenaron el evento, y hace lábil al recuerdo posibilitando su (parcial) modificación. Un recuerdo reactivado, incluso si es un recuerdo ya previamente consolidado (almacenado), al activarse inicia un proceso bioquímico de reconsolidación (síntesis de proteínas) que favorece la plasticidad sináptica. Es decir, incluso recuerdos bien establecidos pasan a poder modificarse (Debiec y LeDoux, 2009). Así, la reactivación de los recuerdos traumáticos puede permitir transformarlos en alguna medida, incluida su tonalidad emocional (Greenberg, 2021; Lane et al., 2015; Welling, 2012).

En psicoterapia, los sucesos traumáticos pueden ser re-narrados mediante técnicas como el juego —formato por excelencia de las psicoterapias con niños—, el arte y la dramatización (el psicodrama y la dramaterapia). Estas técnicas, al involucrar al cuerpo y no solo al lenguaje verbal, promueven el reprocesamiento enactivo y emocional.

De hecho, el psicodrama fue creado por el psiquiatra Jacob Moreno en base a su trabajo con niños. Siendo él un estudiante de medicina en Viena, en 1911 observó a niños jugar en el parque de la ciudad y le fascinó su creatividad y las emociones positivas que surgían cuando ellos ponían sus fantasías e ideas en acción. Entonces, comenzó a contarles historias, y los niños las actuaban tomando varios roles. A partir de estas experiencias Moreno desarrolló sus técnicas de improvisación teatral con niños y a veces también con sus padres. Posteriormente creó el Teatro de la Espontaneidad, inspirándose también en el antiguo teatro griego y sus rituales. A partir de todo esto surgió el psicodrama (Bannister, 2007; Gershoni, 2003).

Sin desconocer la originalidad de Moreno, la idea de utilizar la dramatización como psicoterapia tiene una larga historia, que se remonta a los rituales de los chamanes y curanderos de muchos pueblos indígenas, y tiene sus orígenes en el paleolítico (Blatner, 2005; Casson, 2016; Loutsis, 2021; Pendzik, 1988).

Dramatizar un evento futuro permite anticiparse a lo que pueda suceder y ensayar posibles reacciones ante los escenarios que puedan surgir. Dramatizar un evento traumático del pasado permite reprocesarlo y modificar su recuerdo, y da al sistema nervioso la oportunidad para habituarse a los estímulos del suceso que causan estrés.

La terapia de Bruce Perry con Sandy continuó durante varias sesiones, en todas ellas la pequeña paciente hacía que su terapeuta le ayudara a dramatizar la dolorosa escena:

“Nuestra terapia también siguió adelante. Después de doce sesiones, comenzó a modificar la posición en la que quería que me tumbase. En lugar de permanecer atado, me tumbaba de lado. Por lo demás, el ritual continuaba siendo el mismo. Sandy se dedicaba a explorar la habitación y siempre volvía al centro, al lugar donde yo estaba tumbado en el suelo, y me traía las cosas que iba recogiendo. Seguía sujetándome la cabeza y tratando de alimentarme. Después se subía encima y se mecía tarareando diversas melodías; a veces se detenía como si se hubiera quedado petrificada. Había ocasiones en las que lloraba. Durante toda esta parte de la sesión, que habitualmente duraba alrededor de cuarenta minutos, yo permanecía en silencio.” (Perry, 2017, p. 75)

Después de muchos meses de este “ritual”, un día Bruce Perry se disponía a tumbarse cuando Sandy lo tomó de la mano, le llevó a sentarse, y luego fue a la estantería y tomó un libro. Le entregó el libro a Perry y le pidió que le leyera un cuento. Desde ese día, leían cuentos en cada sesión.

Un factor clave en la psicoterapia con niños traumatizados es el carácter simbólico y analógico de muchas de las reconstrucciones que ellos elaboran. Recrear una situación con símbolos permite tenerla a una distancia suficiente para que no resulte abrumadora. Así, la psicodramatista Anne Bannister relata su trabajo de terapia infantil grupal con niños que habían sido abusados sexualmente. En un grupo, los niños, con ayuda de la terapeuta, representaron una versión modificada de la historia de “Los tres cerditos”. La historia incluye como villano a un lobo que desea comerse a los cerditos niños. Nunca se mencionó el abuso sexual en este teatro terapéutico, pero es claro que los niños estaban representando una situación análoga a la que habían padecido. Estas técnicas permiten también la expresión de sentimientos, como cuando un niño golpeó una y otra vez a un títere de lobo, exclamando que había “matado al lobo malo” (Bannister, 2012).

Otra psicoterapeuta infantil, Ann Cattanach, relata la terapia de una niña de 3 años a la que llama Jane, que había sufrido maltrato físico por parte de su madre adoptiva. Como la mayoría de terapeutas infantiles, Cattanach pone a disposición de cada paciente una variedad de juguetes.

Jane sacó unas pequeñas muñecas de familia y una tina de muñecas, y comenzó a jugar con una muñeca bebé que era puesta en la tina, que la paciente simulaba que estaba llena con agua muy caliente. La bebé era descendida hacia la tina de a poco, y luego gritaba cuando se quemaba el trasero. Jane hacía el rol de la madre que le gritaba a la bebé, y después representaba a la bebé siendo lastimada. La paciente jugó a esto varias veces y entonces se detuvo y dejó las muñecas a un lado. Cattanach (2008) comenta que Jane estaba representando una experiencia que le había sucedido realmente. La terapeuta y Jane expresaron su tristeza por la muñeca bebé, que había sido decepcionada por los adultos.

En otra sesión de terapia, Jane comenzó a repetir el juego de la bebé muñeca en la tina. Esta vez la paciente pudo reconocer lo que estaba pasando y enojarse con la “mami mala” que maltrataba a la bebé. Además, estaba menos activada emocionalmente y con menos miedo de jugar el evento, aunque seguía siendo doloroso para ella jugarlo. Luego la paciente desempeñaba el papel de la mami mala, diciendo que las muñecas se habían portado muy mal y había que castigarlas. El trauma que la paciente exploró fue el hecho de haber sido situada por su madre adoptiva en una bañera llena de agua caliente que la quemó. Mediante el juego ella pudo habituarse al recuerdo de este evento, es decir, reducir progresivamente la activación fisiológica y afectiva que le significaba recordarlo. Jane jugó repetidamente estos sucesos y así la angustia iba disminuyendo (Cattanach, 2008).

Todos estos casos clínicos ilustran que la dramatización de un evento que causó gran estrés y ansiedad es una poderosa herramienta psicoterapéutica que puede permitir a los pacientes (sean niños o adultos), disminuir el monto de ansiedad y darle una interpretación algo más esperanzadora a los recuerdos de situaciones dolorosas. En la psicoterapia con niños pequeños, la dramatización y la expresión artística y analógica son quizá más cruciales aún, ya que en muchos casos ellos no tienen todavía el suficiente lenguaje como para un reprocesamiento acabado en el formato verbal.

Referencias

  • Bannister, A. (2007). Psychodrama and child development. Working with children. En C. Baim, J. Burmeister y M. Maciel (Eds.), Psychodrama. Advances in theory and practice (pp. 239-246). Routledge.
  • Bannister, A. (2012). Terapias creativas con niños traumatizados. Lumen.
  • Blatner, A. (2005). Bases del psicodrama. Pax México.
  • Casson, J. (2016). Shamanism, theatre and dramatherapy. En: S. Jennings y C. Holmwood (Eds.), Routledge international handbook of dramatherapy (pp. 125-134). Routledge.
  • Cattanach, A. (2008). Play therapy with abused children. Jessica Kingsley.
  • Debiec, J. y LeDoux, J. (2009). The amygdala and the neural pathways of fear. En: P. Shiromani, T. Keane y J. LeDoux (Eds.), Post-traumatic stress disorder. Basic science and clinical practice (pp. 23-38). Humana Press.
  • Gershoni, J. (2003). The use of structural family therapy and psychodrama: a new model for a children’s group. En: J. Gershoni (Ed.), Psychodrama in the 21st century (pp. 49-61). Springer.
  • Greenberg, L. S. (2021). Changing emotion with emotion. American Psychological Association.
  • Jennings, S. (Ed.) (2010). Dramatherapy with children and adolescents. Routledge.
  • Kandel, E. (2007). En busca de la memoria. Katz.
  • Lane, R., Ryan, L., Nadel, L. y Greenberg, L. (2015).  Memory reconsolidation, emotional arousal, and the process of change in psychotherapy: New insights from brain science. Behavioral And Brain Sciences, e1, 1-64. Doi: 10.1017/S0140525X14000041.
  • Liberzon, I. y Garfinkel, S. (2009). Functional neuroimaging in post-traumatic stress disorder. En: P. Shiromani, T. Keane y J. LeDoux (Eds.), Post-traumatic stress disorder. Basic science and clinical practice (pp. 297-317). Humana Press.
  • Loutsis, A. (2021). Dreamdance. En: R. Hougham y B. Jones (Eds.), Dramatherapy. The nature of interruption (pp. 86-98). Routledge.
  • Pendzik, S. (1988). Drama therapy as a form of modern shamanism. The Journal of Transpersonal Psychology, 20, 1, 81-91.
  • Perry, B. (2017). El chico a quien criaron como perro y otras historias del cuaderno de un psiquiatra infantil. Capitán Swing.
  • Rudy, J. W. (2014). The neurobiology of learning and memory (2nd ed.). Sinauer Associates, Inc. Publishers.
  • Welling, H. (2012). Transformative emotional sequence: Towards a common principle of change. Journal of Psychotherapy Integration, 22, 109–136.