Inmersos como estamos todavía en una pandemia, cuya virulencia ha disminuido, no podemos olvidar que ha producido hasta la fecha 5,9 millones de muertos en el mundo y que ha cambiado la organización de nuestro trabajo y nuestra vida de una forma que aún no percibimos totalmente. El recuento de fallecidos por el virus y el confinamiento por el miedo al contagio puso durante mucho tiempo a la muerte en el centro de las noticias diarias y, por ello, motivo de conversaciones: se escuchaba hablar de la muerte, se veían los estragos de la enfermedad y se comentaba con miedo el incierto porvenir. La relevancia actual de escribir en esta época sobre la muerte y sobre el miedo a la muerte parece hoy fuera de dudas.

El miedo es una emoción “primaria”, una de las que la selección natural nos ha dotado, para enfrentarnos a circunstancias de la vida, para dar respuesta a situaciones que nos resultan fundamentales, para adaptarnos a los continuos cambios del mundo (Fernández- Abascal, 2021). Como señala el profesor Burillo en el artículo citado, el miedo deriva de un hecho evidente: el ambiente es siempre fuente de incertidumbre: en él se encuentran medios y oportunidades, pero también peligros para la vida. La psicología evolucionista (Buss, 2005) adjudica al miedo la función de organizar las respuestas al peligro, no sólo activar las respuestas de evitación y escape, sino también cancelar o desactivar otras, como algunos procesos cognitivos en funcionamiento. Öhman y Mineka (2001) señalan, entre otros, dos rasgos importantes del sistema del miedo: su automaticidad y su relativa impenetrabilidad al control consciente; es decir, cuando se dan las apropiadas situaciones de peligro el sistema se activa automáticamente, aunque los sujetos no sean conscientes de las situaciones que lo han activado. Ante el peligro inminente, señala con humor el profesor Burillo, el análisis y la deliberación pueden ser letales (como alguien dijo, la Selección Natural fijó aquello de disparar primero y preguntar después).

Si “el miedo es uno, pero se dice de muchas maneras”, como señala de nuevo el profesor Burillo, se puede decir que todos, o casi todos, los miedos se resumen en uno, el miedo al aniquilamiento, el miedo a ser destruidos, el miedo a la muerte. Ya Kingman, en 1928, había argumentado que el miedo a la muerte es un miedo universal que subyace a todas las fobias. Más recientemente Iverach et al. (2014) consideran que la ansiedad ante la muerte es el miedo fundamental que subyace al origen, mantenimiento y al curso de numerosos problemas psicológicos, y que no es infrecuente que psicólogos y terapeutas atiendan a personas que luchan con la idea de la muerte.

Dicho de otra forma, que el argumento de todos los miedos siempre es el mismo, me refiero a esos miedos atávicos, a los que pueden haberse grabado en el curso de la evolución y que compartimos con los animales, no sólo en su argumento general sino también en los mecanismos subyacentes que los sustentan; todos esos miedos normales, adaptativos, cuya existencia ha contribuido a la supervivencia, esos que han servido para afrontar la incertidumbre y las amenazas para la vida.

En la actualidad en Psicología tenemos ejemplos de la dualidad de procesos, aquellos cuyo funcionamiento se escapa a la conciencia y los que forman parte específica del ser humano por el acceso al pensamiento reflexivo. Me refiero a procesos de pensamiento (pensar rápido, pensar despacio: dos sistemas de pensamiento, tipo I: rápido intuitivo y emocional y, tipo II: lento, deliberativo y lógico), procesamiento automático y procesamiento controlado. En estas dicotomías lo que subyace es la aparición de la conciencia, la conciencia es el criterio para distinguir estos dos tipos de procesos psicológicos.

Quizá suceda lo mismo con el miedo. La existencia, por un lado, de miedos heredados en nuestros genes, útiles muchos de ellos todavía para nuestra supervivencia, además de los miedos aprendidos por los mismos mecanismos que los animales. Por otro, los miedos que se manifiestan como consecuencia de la conciencia. En algún momento del proceso de hominización, el hombre descubrió su finitud y surgió el miedo consciente a la muerte. El sistema de pensamiento tipo II, deliberativo y lógico, específicamente humano, sería el responsable del miedo y de la ansiedad ante nuestra muerte segura.

El afrontamiento de esos dos tipos de miedo tiene también formas distintas. Como bien saben los psicoterapeutas los miedos tipo I son bastante impenetrables al conocimiento, a la conciencia. Con el razonamiento difícilmente puede eliminarse el miedo a subirse a un avión, a no reaccionar con espanto ante una cucaracha. No es esa la propuesta de una buena terapia, sino técnicas de tratamiento conocidas en general como Terapias Cognitvo-Conductuales.

No son, sin embargo, este tipo de terapias la idóneas para el afrontamiento de la muerte y del miedo y ansiedad que genera. El profesor Burillo señala la Esperanza, la creencia en que existe tras la muerte otro mundo, otra vida, en suma, la inmortalidad. Según la doctrina cristiana, se espera que Dios dé los bienes que ha prometido, el mensaje cristiano de la salvación eterna. Bien es sabido que la Esperanza como mecanismo de defensa y como virtud teologal alivia la intensidad del miedo a la muerte.

Sin embargo, el profesor Burillo cita toda una numerosa crítica laica a esta postura: “sin miedo ni esperanza”, sería su resumen, afirmación suscrita entre otros, por Spinoza quien sostiene que ambas pasiones van siempre unidas: “no hay esperanza sin miedo, ni miedo sin esperanza”, y ambas son tajantemente condenadas: “los efectos de la esperanza y el miedo no pueden ser buenos de por sí”.

La propuesta del profesor Burillo es una apuesta por la aceptación de la muerte y por una afirmación de la vida. La recomendación del disfrute de la vida que refleja la cita del Eclesiastés con la que termina el artículo constituye buena manera de afrontar la muerte y el miedo a la muerte: “ve, come alegremente tu pan y bebe tu vino con corazón contento, pues que se agrada a Dios en tus obras… goza de la vida con tu amada[o] compañera[o] todos los días de la fugaz vida que Dios te da bajo el Sol. Todo lo que puedas hacer, hazlo en tu pleno vigor, porque no hay en el sepulcro, a donde vas, ni obra, ni razón, ni ciencia, ni sabiduría” (Eclesiastés, 9,7-10).

Referencias

  • Buss, D. M. (Ed.) (2005). The Handbook if Evolutionary Psychology. Wiley.
  • Fernández-Abascal, E. G. (2021). Emociones. Lo que da calidez a nuestras vidas. PRIANOTICIAS COLECCONES Y EMSE EDAPP, S. L.
  • Iverach, L., Menzies, R. G. & Menzies, R. E. (2014). Death anxiety and its role in psychopathology: Review the status of transdiagnostic construct. Clinical Psychology Review, 34, 580-593.
  • Jiménez Burillo, F. (2016). Del miedo a la muerte. Encuentros en Psicología Social, 6, 7-56.
  • Kingman, R. (1928). Fears and phobias: Part II. Welfare Magazine, 19, 303-308.
  • Öhman, A. & Mineka, S. (2001). Fear, phobias and preparedness: Toward an evolved module of fear and fear learning. Psychological Review, 108, 483-522.
  • Spinoza, B. (1987). Ética. Alianza

[1] El título y el contenido de este artículo tiene su origen en otro, escrito por el profesor Florencio Jiménez Burillo, catedrático de Psicología Social de la Universidad Complutense de Madrid, fallecido en el mes de diciembre de 2020, después de luchar infructuosamente contra una enfermedad que le había sido diagnosticada unos años antes. El conocimiento de esa grave enfermedad y el encargo de un artículo por parte de la revista Encuentros en Psicología social, para un número cuya publicación era un homenaje a su figura, “homenaje de unos amigos a un amigo”, motivó entre otras razones la redacción de un extenso artículo (50 páginas) titulado “Del miedo a la muerte” (Jiménez Burillo, 2016) en el que el profesor aporta una mirada personal, un ensayo, sobre un tema de “carácter psicosocial y relevancia innegables”, según sus propias palabras. Por mi afecto al profesor Burillo y por las relaciones que mantuve con él durante el tiempo en que él visitó el Departamento de Psicología Social y la Facultad de Psicología de la Universidad de Málaga fui invitado a intervenir en la presentación de ese número-homenaje a la que contribuí con un breve ensayo que me ha servido de borrador para este artículo. Sirva también como un recuerdo y homenaje personal a la figura del profesor Burillo.


Artículo escrito por Julián Almaraz, Psicólogo Equipo Asociación Con.ciencia.