Cuando hablamos de cuidado, las sociedades deben hacerse cargo de la inevitable discusión de distribuir el peso e importancia que se otorga a esta dimensión. El concepto de organización social del cuidado refiere a la forma en que, de manera interrelacionada, las familias, el Estado, el mercado y las organizaciones comunitarias producen y distribuyen cuidado.

Es por esto, que se recomienda hablar de «redes de cuidado» para mencionar a los entramados complejos y no lineales que surgen entre los actores que participan en el cuidado, los contextos en los cuales esto ocurre y las vinculaciones que se instauran entre sí y que, en efecto, influyen en lo sólida o frágil que resulta la red de cuidados (Pérez Orozco,2009). Las redes de cuidado la constituyen también las personas que dan cuidado y las que lo reciben (es decir, todas las personas en nuestros roles de cuidadoras y cuidadas) así como las instituciones, la normativa legal y las regulaciones, el mercado y también la participación comunitaria. Podríamos decir que esta red es dinámica, está en movimiento, cambia y, por ese mismo motivo, puede ser transformada.

Esta articulación da lugar a distintos tipos de sociedad y grados de desigualdad, en el caso del Chile actual, su organización lo ubica en un régimen de carácter híbrido o mixto ya que se caracteriza por un significativo desplazamiento desde el Estado hacia el mercado como prestador de servicios, sin embargo, se puede observar también una larga tradición de una incorporación Estatal paulatina (Arriagada,2010).

La evidencia existente da cuenta que la organización social del cuidado, en su configuración actual en América Latina en general, y particularmente en Chile es injusta, porque las responsabilidades de cuidado se encuentran desigualmente distribuidas en dos ámbitos diferentes. Por un lado, hay un reparto desigual de las responsabilidades de cuidado entre hogares, Estado, mercado y organizaciones comunitarias. Por otro lado, la desigualdad en el reparto de responsabilidades se verifica también entre hombres y mujeres (Esquivel,2012). En síntesis, la evidencia muestra que el trabajo de cuidado es asumido mayormente por los hogares y, dentro de los hogares, por las mujeres (Rodriguez,2015).

Considerar la perspectiva histórica en estos asuntos es fundamental para explicar la situación actual, la transición de Chile y otros países occidentales al capitalismo liberal, conjuntamente con la construcción del concepto de ciudadanía, del cual las mujeres quedaron excluidas, tiene efectos en la falta de sostenibilidad de las políticas sociales (Carbonell, Gálvez y Rodríguez- Modroño, 2014, Gálvez, 2016; Castro,2015), a su vez las políticas neoliberales y las políticas económicas deflacionistas han llevado a la población a un proceso de neo mercantilización e individualización del riesgo, promoviendo la privatización de los servicios de cuidado, aumentando así, las desigualdades sociales y por género.

Esta situación proviene de un conjunto de diversos factores. En primer lugar, la recurrente división sexual del trabajo. En segundo lugar, y relacionado con lo anterior, la naturalización de la capacidad de las mujeres para cuidar. Esto producto de la construcción de una representación social (que las mujeres tienen mayor capacidad que los hombres para cuidar) a partir de una diferencia biológica (la posibilidad que las mujeres tienen y los hombres no, de parir y amamantar). Así, se considera que esta capacidad biológica exclusiva de las mujeres las dota de capacidades superiores para otros aspectos del cuidado (como higienizar a los niños y las niñas, preparar la comida, limpiar la casa, organizar las diversas actividades de cuidado necesarias en un hogar). Lejos de ser una capacidad natural, se trata de una construcción social alimentada por las relaciones patriarcales de género, que se sustenta en valoraciones culturales reproducidas por diferentes mecanismos como la educación, el contenido publicitario y otras formas de comunicación, la tradición, las prácticas domésticas cotidianas, las religiones, las instituciones.

En tercer lugar, la forma que adopta la organización social del cuidado depende de las trayectorias históricas de las políticas sociales, en los que los asuntos del cuidado fueron considerados como responsabilidad exclusiva de los hogares (y dentro de ellos, de las mujeres). De este modo, la participación del Estado quedó reservada para casos muy específicos (por caso, la educación escolar) o también como complemento de los hogares cuando las situaciones particulares lo ameritaran (por ejemplo, para el caso de hogares en situaciones de vulnerabilidad económica y social).

Por otra parte, la forma de la organización del cuidado se relaciona con el cuidado como experiencia socioeconómicamente estratificada. Es decir, el estrato económico de un hogar condiciona el nivel de libertad para elegir la mejor forma de gestionar el cuidado de las personas. Las mujeres de hogares con salarios altos cuentan con la oportunidad de adquirir servicios de cuidado en el mercado (salas cunas o jardines infantiles privados) o de pagar por el trabajo de cuidado de otra mujer (una empleada de casas particulares). Esto disminuye la carga sobre su propio tiempo de trabajo de cuidado no remunerado, utilizando ese tiempo para otras actividades (de trabajo productivo en el mercado, de autocuidado, de educación o formación, de esparcimiento). Estas opciones se encuentran claramente limitadas o directamente no existen para la gran mayoría de mujeres de hogares de estratos socioeconómicamente bajos. En estos casos, la carga de trabajo de las mujeres puede ser extrema y las restricciones para realizar otras actividades (entre ellas, la participación en la vida económica) son significativas. De este modo, la organización social del cuidado resulta en sí misma un vector de reproducción y profundización de la desigualdad.

Sumamos a esto también, que la organización social del cuidado puede adoptar una dimensión trasnacional que se verifica cuando parte de la demanda de cuidado es atendida por personas trabajadoras migrantes (Pérez Orozco,2014). En las experiencias de la región, sucede con frecuencia que las personas que migran y se ocupan en actividades de cuidado (mayoritariamente mujeres) dejan en sus países de origen hijos e hijas cuyo cuidado es entonces atendido por otras personas, vinculadas a redes de parentesco (abuelas, tías, cuñadas, hermanas mayores) o de proximidad (vecinas, amigas). Se conforman de este modo las llamadas «cadenas globales de cuidado», o “cadenas globales de explotación” es decir, vínculos y relaciones a través de los cuales se transfiere cuidado de la mujer empleadora en el país de destino hacia la trabajadora migrante, y desde esta hacia sus familiares o personas próximas en el país de origen. Los eslabones de la cadena tienen distinto grado de fortaleza y la experiencia de cuidado (recibido y dado) se ve de este modo determinada y atravesada por condiciones de vida desiguales. En este sentido, en su dimensión trasnacional, la organización social del cuidado agudiza su rol como vector de desigualdad (Sanchis y Rodriguez,2011). De esta manera se ha afrontado la creciente brecha entre la oferta y la demanda de cuidados dentro de un contexto neoliberal de contención del gasto público social, privatización y reformas fiscales regresivas. Pese a los esfuerzos, los problemas vinculados con el cuidado y las causas que los provocaron siguen existiendo y deberían conllevar entonces a reformular las bases en donde se construyen los derechos y deberes de ciudadanía actuales en las sociedades de bienestar, por lo tanto, la posibilidad de avanzar hacia una organización social de cuidado dependerá del poder de la ciudadanía y principalmente de las mujeres para mantener estas propuestas. (Lewis, 2001; Carrasco et al. 2011), como también de la voluntad política, voluntad que en algunos sectores de la sociedad chilena ha sido nefasta y negacionista con respecto a los cambios sociales que están ocurriendo en el país (Gálvez,2016).