Evidentemente la irrupción de las mujeres en el ámbito público ha generado una crisis del contrato social existente, una crisis de las relaciones de género, de la vida como se estructuró entre hombres y mujeres gran parte del siglo XX (Olavarría, 2003) y una ruptura de ciertos pilares fundamentales que coexisten con la pérdida de aquellos paradigmas, acerca del significado de la masculinidad y feminidad (Olavarría y Parrini, 2000). Cuestionar ese orden implica revisar las subjetividades e identidades de lo que significa o debe ser y hacer un hombre y una mujer (Olavarría, 2007).

Es recién en la década de 1980 donde las ciencias sociales se interesan por estudiar sobre los hombres; sus cuerpos, subjetividades, y todo lo que se relaciona con lo masculino es observado y debatido en la ciencia, comenzando un proceso de deconstrucción de lo rígidamente establecido como tal (Valdés, 2001). Esta situación ha puesto a los hombres en un escenario incómodo, ya que plantea la necesidad de analizar aquello que está en su “naturaleza”.

En este sentido es importante hacer ciertas precisiones conceptuales; en cuanto a la masculinidad, algunos estudiosos lo definen como una construcción cultural, que se reproduce socialmente y que está inserta dentro del escenario político e histórico donde se desarrollan los varones, (Kaufman, 1987, Connell 1995, Gutmann 1996) en ese sentido hay diversas configuraciones de lo que se espera de un hombre, no obstante hay un modelo hegemónico de masculinidad que ha imperado en las relaciones de género en el occidente, que indica que los hombres son personas importantes, activas, autónomas, fuertes, controladas, heterosexuales, proveedores, y su ámbito de acción está en la calle (Olavarría y Parrini, 2000), este modelo patriarcal, es decir la cultura del padre, donde los hombres son el personaje hegemónico y está investido de los mayores poderes y merece todo los honores, incita necesariamente a una búsqueda de poder y de ejercerlo a su vez con mujeres y otros varones en menor posición jerárquica. Ser varón en esta sociedad patriarcal es ser importante, y eso implica que las mujeres no lo son, ya que son conceptos relacionales. Estos mandatos sociales, incluyen una seguidilla de creencias y situaciones que en muchas ocasiones son agobiantes para los mismos hombres, estos experimentan un proceso desde la infancia donde hay que “hacerse hombre”, como un proceso que se debe adquirir y merecer, y cumplir con las exigencias de ese estereotipo, a muchos los avergüenza y les parece lejano (Olavarría y Parrini, 2000).

Uno de los mandatos sociales más condicionantes para los varones, tiene relación con el de proveedor, esto ataña una serie de características que se han socializado como masculinas, (responsables, dignos, capaces, etc.) por lo tanto la pérdida de trabajo o la incapacidad de proveer los servicios mínimos para el sustento familiar, son experimentados como una profunda ausencia de valores, afectando su auto eficacia y autoestima. 

Esta y otras situaciones van construyendo nuevos escenarios familiares, las mujeres comienzan a insertarse en el mundo laboral por necesidad y los hombres van perdiendo su calidad de proveedor exclusivo, (Olavarría y Parrini, 2000) el ingreso masivo de las mujeres al ámbito público va de la mano de un empoderamiento que logra paulatinamente erosionar la tradicional separación entre lo público y lo privado.

En esta misma línea, las nuevas exigencias para los hombres en materia de crianza y de cuidado se han vuelto un gran desafío no tan solo para las negociaciones en el seno familiar, sino también para las políticas públicas, en este sentido muchas investigaciones (Olavarría, 2007, Valdés, 2007, ENUT,2015) han concluido que si bien los varones manifiestan querer involucrarse más en la crianza de sus hijos, las exigencias laborales y la ausencia de mecanismos que faciliten que padres estén presentes en el cuidado de hijos y dependientes, no facilita en absoluto su incorporación, por tanto se vuelve necesario fomentar en los hombres el ejercicio de su paternidad plena, que sean corresponsables de la salud reproductiva y que se empoderen en la fecundidad (Olavarría, 2007).

En esta misma línea, estudios en Estados Unidos arrojaron que los varones que a raíz de la incorporación laboral de sus parejas aumentaron su participación en tareas domésticas, experimentan más positivamente el cambio; mientras que los varones que mantienen resistencia e insisten en realizar actividades más tradicionales de su rol, están más propensos a experimentar depresión y problemas de autoestima en relación a la incorporación al mercado laboral de su pareja (Stein 1984, Hochschild y Machung, 1990). 

La evidencia científica por tanto nos invita a pensar que se necesita un debate público, investigaciones y estadísticas que lo respalden y sustenten, legislación que propicie reales modificaciones y de una profunda intervención sociocultural, aislar e invisibilizar a los hombres de este debate no permitirá iniciar una discusión real sobre crianza y cuidado. Este proceso no estará ausente de controversia y resistencia social, ya que hay que recordar que las relaciones de género, así como se conocen, se han consolidado y reproducido gracias a un fuerte componente institucional que lo hizo posible y le permitió desarrollarse, legitimizarse y reproducirse; entre ellas la familia, la escuela, el ordenamiento jurídico, el mundo laboral, entre otros espacios.

Es imposible negar que los hombres y los atributos más estrechamente relacionados con la masculinidad están en proceso de transición, pero esto también se ha generado porque las mujeres  han modificado lo más característico del estereotipo femenino, es lo más parecido a un fenómeno reactivo, reactividad no plenamente despojada de resistencia, que en ocasiones suele manifestarse en diversas formas de violencia física y simbólica en contra de las mujeres, (Olavarría y Parrini, 2000) pese a que se ha avanzado, hay una distancia entre el imaginario colectivo y la realidad.