Habitualmente la palabra crisis se refiere a eventos excepcionales o desastres temporales que no están condenados a perpetuarse. Pero para mucha gente que vive en Chile y en muchos países del sur del mundo, la crisis de los cuidados es parte de su vida cotidiana. La crisis hace tiempo que se ha hecho crónica, más que un estado excepcional, esta crisis es el contexto en el que la gente lucha por vivir y cuidarse, convirtiéndose en terrenos de acción y significado.

Actualmente nuestra sociedad se ha transformado, pero eso ha provocado desajustes en el ámbito del cuidado. Hay tensiones entre el nuevo papel de las mujeres y los viejos roles. Desde la economía feminista se nos advierte de que hay en marcha una autentica crisis de los cuidados; las mujeres trabajan cada vez más fuera de casa mientras aumentan las personas en situación de dependencia, sobre todo ancianos.

Chile envejece, es el país que ha aumentado más rápidamente la expectativa de vida al nacer en la región, constituyéndose en el país con la mayor expectativa de vida de Sudamérica, con 79,5 años. En 2031 se estima que existan 102 adultos mayores por cada 100 menores de 15 años y para 2050 esa proyección sería de 177 personas (INE,2019).

Chile atraviesa una crisis grave de cuidados, esto debido a diversos factores, entre aquellos se encuentran cambios demográficos, económicos y sociales experimentados en las últimas décadas, envejecimiento demográfico, motivado por la caída de la fecundidad y la significativa incorporación de las mujeres al ámbito laboral y a proyectos vitales más autónomos que en el pasado, esto ha llevado a la reducción de la oferta de cuidados en un contexto de aumento de la demanda, lo que genera finalmente la “crisis de los cuidados” que en Chile y en otros países  con características familiaristas, solo ha sido parcialmente cubierta por la llegada de mano de obra inmigrante o lo que se conoce como cadenas globales de explotación (Gálvez, Rodríguez-Modroño, Agenjo y Domínguez-Serrano 2013).

La crisis de los cuidados se genera por la transformación de las estructuras tradicionales en que se basaban los cuidados asentados en el papel atribuido a las mujeres en el hogar y también en las redes comunitarias y de parentesco (Comas, 2014). Este sistema estalla y colapsa, cuando convergen y se evidencian una serie de factores; la presencia masiva de mujeres en el mercado de trabajo y el ámbito social, el incremento de situaciones de dependencia vinculadas a la vejez y a la discapacidad, el quiebre de las redes de apoyo, así como también la escasa participación de los hombres en los cuidados. La respuesta de los hogares a las tensiones generadas por la presión de cuidar ha sido la externalización de los cuidados, que pasan a inscribirse en los circuitos de la globalización debido a la contratación generalizada de cuidadoras migrantes. (Carrasco, Borderías y Torns, 2011; Cerri y Alamillo-Martínez, 2012; Ezquerra, 2008; Mandell, 2010; Pérez-Orozco, 2006).

La baja natalidad es una consecuencia más de la crisis de los cuidados, un argumento para explicar el descenso continuo en la proporción de personas menores de 15 años, desde 30% en 1992 a un 14% en 2050 es la baja natalidad (INE,2019). pues no sólo se debe a cambios culturales, sino también a la dificultad de muchas mujeres de hacer compatibles sus proyectos de maternidad con actividades laborales, sociales y políticas. Pero, así como las técnicas de fecundidad permiten aplazar la maternidad y restringir el número de hijos, la necesidad de cuidados de larga duración no es programable y resulta siempre sobrevenida en las familias. Hay que tener en cuenta que las situaciones de dependencia vinculadas a la edad o a la discapacidad han aumentado mucho en Chile por las propias tendencias demográficas. En cuanto al envejecimiento de la población, al año 2035, 284 comunas contarán con una mayor cantidad de población de 65 años o más respecto a la menor de 15 años. Veinte comunas tendrán más de un 30% de su población de 65 años y más. Con este “envejecimiento del envejecimiento” aumenta la probabilidad de situaciones de dependencia y el cuidado de las mismas deviene en un problema de primera magnitud.

La crisis de los cuidados intensifica las desigualdades sociales. Genera lo que Shellee Colen (1995) llamó una ‘reproducción estratificada’. Las tareas de reproducción física y social se conjugan en jerarquías de clase, raza, etnicidad y género, y se asientan en una economía global y en contextos migratorios. La mercantilización del trabajo reproductivo se traduce básicamente en que las mujeres de clase media y alta tiene la posibilidad de contratar cuidadoras para sus hijos o ancianos, aunque a veces recurran también al apoyo familiar, como es el caso de los abuelos y abuelas que se ocupan de sus nietos. Esto lo hacen principalmente porque no pueden asumir directamente el cuidado, ante el vaciamiento estatal, la falta de compromiso de los hombres y altos precios de los servicios ofrecidos por empresas.

La reproducción estratificada produce en si misma estratificación, al intensificar las desigualdades en que se basa. Los sectores más vulnerables experimentan una doble crisis de cuidados, pues las situaciones de dependencia se concentran particularmente en los hogares con ingresos más bajas y éstas, ante la ausencia de servicios públicos, han de resolver los cuidados con el propio trabajo familiar. Esta inequidad social se traduce también en los costes de oportunidad de las cuidadoras: incompatibilidad laboral, probabilidad de perder el empleo, efectos sobre la propia salud y efectos sobre la vida afectiva y relacional. Las mujeres inmigradas, además, se ven forzadas a dejar a sus hijos(as) al cuidado de familiares en su país de origen mientras ellas cuidan a otros. Cabe mencionar que las políticas públicas han influido en esta desigualdad, tanto a través de las regulaciones de extranjería como por el tipo de régimen laboral de las empleadas domésticas, siendo muy precario, y propiciando que este sector se ocupe con migrantes. (Anderson, 2000; Comas-d’Argemir, 2009; Parella, 2005). traduciéndose en una exportación a terceros países de los conflictos de cuidados de los países más ricos.

En este sentido la crisis de cuidados niega rotundamente los derechos individuales: derecho a ser cuidada en las condiciones propicias, el derecho a no cuidar y el derecho al tiempo libre. El derecho a cuidar se ha transformado en un deber exclusivamente femenino, pero también en un “privilegio” vinculado a determinadas mujeres. Las leyes de extranjería y las condiciones laborales actuales suponen el negar el derecho a cuidar a muchas mujeres migrantes. Por otro parte, muchas mujeres con discapacidad no pueden ser madres porque existe una gran promoción de la esterilización (López,2002).

El avance de las políticas neoliberales implica una reestructuración de las relaciones entre producción y reproducción. Por un lado, se disminuye el gesto público social, entre otras cosas como una forma de controlar la acumulación de capital. Y, por otro lado, se reordena la reproducción social, reduciendo los servicios aportados por el estado y transfiriéndolos a la familia. En Chile esto se refleja en la naturaleza de las políticas que optan por la expansión del mercado frente a la responsabilidad pública. En resumen, en un momento en que el empleo es menos estable y más precario y en que las familias son más variadas se generan nuevas contradicciones, más presión sobre las mujeres y nuevas formas de expresión de la crisis de los cuidados (Comas,2014).

Si bien la externalización del cuidado desde la familia a servicios públicos o privados es una estrategia recurrente en un sector de la población, esto no ha impactado en la dinámica tradicional de división sexual del trabajo, ya que siguen siendo las mujeres las principales responsables y ejecutoras del trabajo doméstico y de cuidados tanto en las familias como en el mercado. En esta línea a futuro se espera que exista mayor población que cuidar y menos cuidadores(as).

Dentro de las estrategias más utilizadas para responder a la crisis de cuidados, se pueden mencionar, (Durán, 2006) las siguientes: la reducción de objetivos que consiste principalmente en que las mujeres reducen su jornada laboral, afectando posibilidades de promoción, la delegación que consiste en que se interrumpe la producción de un servicio para trasladarlo a otra persona o grupo social, como es el caso de las mujeres migrantes, fenómeno conocido como cadenas globales de cuidado, otra estrategia es la secuencialización que trata de alternar la producción para la familia y para el mercado, de modo que no coincidan en el tiempo, este el tipo de conciliación que buscan los permisos parentales, por otra parte encontramos la derivación hacia el mercado que se manifiesta en el aumento de las guarderías, transporte escolar, residencias para familiares ancianos, empleados de hogar, uso de servicios de alimentación, limpieza y gestión, esta medida esta solo al alcance de familias con suficiente poder adquisitivo. En cuanto a la derivación hacia las instituciones no mercantilizadas, solo es posible en la medida que existan servicios públicos y voluntariado. Por último, queda el reparto de tareas que no necesariamente se da solo entre hombres y mujeres, sino que también entre generaciones, según la evidencia podría ser de las medidas más utilizadas en Chile (ENUT,2015).

Entre otras cosas esta crisis, pone en evidencia que la mayoría de las familias en Chile no puede resolver por sí mismas estos problemas, el envejecimiento de la población, sumado a las bajas tasas de fecundidad, ha ocasionado que los estados de bienestar estén virando modestamente hacia los cuidados como uno de los pilares de sistema de protección social.

Por ello es importante poder investigar sobre las posibilidades de poder transformar esta crisis de los cuidados, que podría pasar por valorar el cuidado y ligar la actual estructura socioeconómica con la heteronormatividad y de los cuerpos.

Ante la hegemonía que se entrega al mercado, visibilizar la importancia del cuidado y de la reproducción social no sólo tiene una dimensión académica, sino también política. Un reparto más justo del cuidado implica quebrar la amistad nefasta con el mercado, establecer una nueva alianza con la protección social, fortalecer las redes de apoyo comunitarias y conseguir una participación equitativa de mujeres y hombres en el cuidado.