Introducción

La epistemología feminista ha proporcionado valiosas perspectivas para examinar la configuración del género y su impacto en la estructura social. Los estudios feministas han superado concepciones esencialistas del género, destacando la relevancia de su construcción cultural e histórica. Estos avances no solo influyen en nuestra comprensión y análisis de las relaciones de género y otros aspectos interrelacionados, sino que también revelan la posibilidad de cambio. La comprensión de que los géneros se producen y reproducen culturalmente abre nuevas posibilidades para el futuro (Beauvoir, 2005). Desde esta posición, podemos afirmar entonces que diversas estructuras nos configuran, que los sistemas nos moldean y que los discursos influyen en la construcción de nuestras narrativas en torno al género y a otras tantas cuestiones.

Desde esta perspectiva Foucaultiana, que Judith Butler también aborda en algunos de sus trabajos, surge una paradoja intrigante: ¿Es viable luchar contra el mismo sistema de poder que nos moldea? Este planteamiento nos lleva a reflexionar sobre varias interrogantes fascinantes.

Para comprender completamente las complejidades del poder y las estrategias políticas feministas, es esencial adoptar un enfoque analítico que vaya más allá de las narrativas tradicionales y aborde las estructuras subyacentes que mantienen la desigualdad de género.

En este sentido, la obra de Foucault proporciona herramientas conceptuales valiosas para desentrañar las relaciones de poder que subyacen en las estructuras sociales y políticas contemporáneas. A través de su análisis genealógico, Foucault revela cómo el poder no es simplemente una relación de dominación ejercida por un grupo sobre otro, sino un conjunto de relaciones sociales y discursivas que atraviesan todos los aspectos de la vida

En este artículo intentaremos reflexionar, sobre las contradicciones y dificultades que implica que el poder nos configure, e indagaremos en las posibilidades de cambio que nos brinda esta perspectiva.

El poder según Foucault

Michel Foucault (1980) plantea que el poder moldea nuestras identidades, sugiriendo que somos el resultado de una construcción cultural de leyes y normas sociales, más que simples objetos naturales. Según él, estamos compuestos por una compleja red de elementos, pasiones y deseos, y es precisamente en la naturaleza construida de nuestras identidades donde reside la posibilidad de transformación. Foucault atribuye al poder una capacidad constructiva, productiva y performativa, lo que implica que la emancipación podría encontrarse dentro del propio poder.

Judit Butler (2007) coincide con esta visión, dedicando gran parte de su obra a estudiar los mecanismos de poder que configuran nuestra identidad. Butler argumenta que el feminismo representa a un sujeto político que, en última instancia, debe desaparecer, ya que el patriarcado produce identidades y moldea la masculinidad y la feminidad. Esta paradoja nos enfrenta al mismo sistema que queremos desactivar, planteando interrogantes sobre cómo combatir el poder.

No existe un espacio libre de poder, por lo que la única forma de enfrentarlo es disputarlo desde dentro (Foucault, 1980). La abolición total del poder es improbable y puede resultar en desmovilización, por lo que a veces es más efectivo contrarrestarlo y redistribuirlo en manos de quienes lo necesitan. Además, cualquier intento de enfrentar el poder estará inevitablemente impregnado de relaciones de poder.

En este sentido, la transformación del mundo solo será posible al volver el poder contra sí mismo, utilizando el poder como herramienta para desafiar y subvertir las estructuras dominantes. El poder, lejos de ser un dispositivo coherente, consistente y sólido, es más bien una red de intereses y núcleos de poder con brechas y contradicciones que pueden ser aprovechadas para el cambio.

Podemos afirmar entonces, que el poder tiene limitaciones, y una de ellas es su incapacidad para configurar a las personas de manera definitiva. El poder requiere de múltiples reproducciones y tiempo, lo que implica que los sujetos

siempre están en proceso de producción. Esta característica del poder, llamada iterabilidad (Butler, 2007), lo expone a fallas y produce efectos contradictorios e inesperados, lo que permite la resistencia y la subversión.

Los sujetos, al ser seres incompletos e inacabados, buscan identificaciones a través del deseo, el deseo es el síntoma de esa necesidad de cierre. En este sentido, la política y los movimientos sociales deben ofrecer identificaciones alternativas para transformar la sociedad, reconociendo que la identidad se construye hacia adelante, nunca hacia atrás. Es esencial entender que el poder moldea nuestras identidades, pero también nos deja inacabados, lo que abre la posibilidad de una política emancipatoria para todas las personas.

¿Qué hacemos con el poder?¿Lo abolimos o lo disputamos?

De acuerdo con la perspectiva de Foucault (1980) expuesta anteriormente, se plantea una falsa dicotomía entre estar dentro o fuera del poder. En última instancia, no podemos optar por tomar o abolir el poder, ya que no hay un lugar exento de él. Por lo tanto, la verdadera elección radica en disputarlo o padecerlo.

Si concebimos el poder como un entramado difuso que permea todos los aspectos de la vida social, desde las instituciones gubernamentales hasta las interacciones cotidianas, comprenderemos que el poder se manifiesta entonces en relaciones de dominación y resistencia, en normas y discursos que moldean nuestras identidades y comportamientos.

Por tanto, la noción de que existe un lugar exento de poder es ilusoria, pues este se encuentra arraigado en las estructuras mismas de la sociedad. Esta comprensión nos lleva a cuestionar nuestras estrategias de resistencia y transformación social.

¿Es posible enfrentarnos al poder desde dentro? Disputar el poder implica reconocer su omnipresencia y trabajar dentro de sus confines para promover cambios significativos.

Sin embargo, esta perspectiva del poder plantea desafíos históricos dentro del feminismo, especialmente en lo que respecta a las tácticas políticas y la implementación de estrategias de resistencia. La idea de abolir diversos sistemas de poder, como si fuera una posibilidad real, puede resultar en una limitación que perpetúa el statu quo. A veces, la búsqueda de abolir el poder se convierte en una espera infructuosa, mientras se desatienden las oportunidades para desafiarlo, contrarrestarlo o redistribuirlo, especialmente en beneficio de aquellas/os que más lo necesitan

Hacer política con medios impuros o no hacerla

Si no hay un afuera del poder, es decir; ante la ausencia de un espacio libre de poder, surgen preguntas cruciales: ¿Cómo enfrentamos esta realidad? ¿Es posible combatir el poder si está omnipresente en todos los aspectos de nuestras vidas, incluso en nuestros propios cuerpos? En este contexto, ninguna herramienta que empleemos estará exenta de la influencia del poder. Si estamos constantemente dentro de la estructura del poder, ¿podemos desmantelar la casa del amo utilizando las mismas herramientas que el amo?

Algunos argumentarán que ninguna lucha es legítima si se emplean los métodos del poder o si se colabora con él, sosteniendo que el uso de estas herramientas corrompe el propósito final. Esta postura sugiere que nunca podremos utilizar las herramientas del poder para nuestros propios fines, ya que seremos siempre utilizados por el poder para sus propósitos.

Desde esta perspectiva, se argumenta que una mujer que ejerce como modelo y forma parte de una industria que cosifica y oprime a las mujeres al imponer estándares de belleza inalcanzables, no puede transmitir un mensaje feminista o transformador. Esto se debe a que, en esencia, esta mujer colabora con el poder o es utilizada por él. Sin embargo, ¿es esto realmente cierto? ¿Significa que esta mujer nunca podría emplear ese poder y dirigirlo hacia la consecución de sus propios intereses?

Si las feministas nos negáramos a utilizar medios que estén manchados de poder y patriarcado, ¿qué herramientas nos quedarían entonces para luchar? La idea de que el poder no tiene ningún espacio fuera de sí mismo implica que los medios que la política puede emplear para cambiar el mundo nunca serán completamente limpios de relaciones de poder. Desde esta perspectiva, la transformación del mundo solo sería posible al usar el poder en su contra, empleando el poder contra sí mismo.

Es crucial tener en cuenta que el poder no posee la coherencia y solidez que a menudo se le atribuyen desde la izquierda política. Por ejemplo, si una tienda de Inditex vende camisetas con lemas feministas, esto no se debe necesariamente a un cambio repentino de convicciones políticas, sino más bien a la previsión de buenas ventas de dichos productos. Ahora bien, si sabemos que el origen de estas camisetas no es precisamente un compromiso con la igualdad, sino más bien el afán de lucro empresarial, cabe preguntarse si este origen determina completamente sus resultados y efectos. ¿Es suficiente saber que el origen es adverso para concluir que los efectos serán perjudiciales y negativos?

Una alternativa consiste en creer que los orígenes y causas están completamente sujetos a un sistema inteligente que todo lo controla; nada que haya tenido un comienzo perjudicial para nosotros puede acabar siendo beneficioso, y si algo no se ha concebido con objetivos feministas, no puede generar efectos feministas. Esta perspectiva percibe al sistema como coherente y completamente blindado, capaz de anticipar y calcular cada movimiento. Esta concepción del poder como una entidad coherente y protegida, inmune a engaños, se asemeja casi a una visión conspiratoria del poder.

Sin embargo, el poder no es una masa sólida e inmutable; más bien, es un complejo entramado de intereses y centros de poder que pueden desplazarse en diversas direcciones. Posee brechas e intereses contradictorios, y es precisamente en estas fisuras y contradicciones donde reside la oportunidad para la acción política y el cambio.

Anteriormente mencionamos que el poder tiene la capacidad de moldear a los individuos, lo que implica que tener una identidad está intrínsecamente ligado a estar conformado por normas, reglas sociales, prohibiciones y exclusiones. Sin embargo, el poder también tiene sus propias limitaciones y fracasos. ¿Cuál es la limitación fundamental del poder? Que no puede producir a los sujetos de una vez por todas, como si fueran piezas en una cadena de montaje de fábrica. Si el poder pudiera producirnos de manera instantánea, probablemente nos convertiría a todos en seres idénticos, lo que implicaría la existencia de una normatividad infalible o un patriarcado completamente invulnerable. Sin embargo, la formación de los sujetos ocurre en el tiempo como señala Butler (2007), y se lleva a cabo repetidamente en un esfuerzo continuo. Un sujeto no se configura en un solo acto, lo que implica que todo sujeto está constantemente en proceso de formación, es decir, es un sujeto inacabado: el amo deja la puerta entreabierta.

Butler (2007) sostiene que el poder genera efectos que pueden volverse en su contra, ya que las normas que los individuos deben interiorizar también producen la posibilidad de sus propias subversiones, lo que significa que la capacidad de resistencia al poder es generada por el propio poder. Es decir, podemos enfrentarnos al poder precisamente porque éste nunca logra producirnos completamente y de una vez por todas, y este fracaso del poder es lo que podemos utilizar en su contra. Por lo tanto, el sujeto es tanto la prueba del éxito del poder como la evidencia de su fracaso.

¿Qué hacemos con la masculinidad?

¿La abolimos, la transformamos o la reformamos? Esta cuestión vuelve a surgir, señalando que la impugnación total de la masculinidad carece de viabilidad política por dos razones fundamentales. En primer lugar, no podemos considerar la masculinidad como un bloque monolítico. Es un complejo entramado de elementos diversos cuyos límites son difusos. La masculinidad, como indica Raewyn Connell (2015) consiste en un conjunto de normas que ningún individuo cumple completamente, sino que se aproxima a ellas en diferentes grados. Esto da lugar a una serie de paradojas que revelan la posibilidad de utilizar la masculinidad en contra de sí misma.

Por otro lado, impugnar por completo la masculinidad no es políticamente productivo porque no podemos simplemente despojar a los individuos de su identidad sin ofrecerles una nueva. Dado que somos sujetos deseantes y buscamos constantemente identificaciones para paliar nuestra falta de una identidad completa, no podemos deshacer la masculinidad sin reconstruirla desde la política. Si queremos que los hombres dejen de ser hombres, solo podremos lograrlo prometiéndoles que al hacerlo, serán hombres mejores y más libres. Por lo tanto, cualquier transformación de la identidad debe partir de la propia identidad constituida, aprovechando ciertos aspectos de la masculinidad y utilizándolos en contra de otros. Al igual que no existe un espacio externo al poder, tampoco existe un espacio exterior a las identidades constituidas.

En esta amalgama de ingredientes que pueden descomponerse o reorganizarse de diferentes maneras, reside la posibilidad de que la feminidad o la masculinidad se vuelvan contra el poder, permitiendo que la feminidad sea subversiva y que la masculinidad sea antipatriarcal. En última instancia, la masculinidad solo puede ser reformada, nunca abolida desde un supuesto lugar desprovisto de poder. No debemos ofrecer a los hombres vacío, ausencia o destrucción de sí mismos, sino otras construcciones posibles.

Comentarios finales

El poder ejerce una influencia significativa en la conformación de las identidades de género. Tanto Foucault como Butler destacan la naturaleza constructiva del poder, que moldea a los individuos a través de normas, reglas sociales y procesos de subjetivación. Sin embargo, también señalan las limitaciones del poder, destacando que ninguna identidad está completamente definida o fija, y que los sujetos siempre están en proceso de producción y transformación.

Si bien la impugnación total de la masculinidad o el poder patriarcal puede parecer tentadora, esta aproximación carece de viabilidad política y práctica. La masculinidad no es un bloque monolítico, sino un conjunto complejo de normas y expectativas que pueden ser subvertidas y reconfiguradas desde dentro. Desmantelar por completo la masculinidad sin ofrecer alternativas constructivas podría resultar contraproducente y alienante para los hombres.

Ya decíamos que el poder no es una estructura sólida y perfecta, es más bien un entramado complejo y con grietas, y es precisamente en esas grietas donde radica precisamente la posibilidad de impugnar el poder. Por lo tanto, se propone una estrategia más pragmática y efectiva: la reforma de la masculinidad y el poder patriarcal desde dentro. Esto implica aprovechar ciertos aspectos de la masculinidad y utilizarlos en contra de otros, promoviendo una masculinidad más inclusiva, libre de prejuicios y patriarcalismos. Al mismo tiempo, es importante ofrecer a los hombres nuevas identidades y formas de ser que no estén basadas en la opresión de género, sino en la igualdad y el respeto mutuo.

La lucha feminista no puede estar supedita a disputas moralistas sobre los medios para alcanzar ciertos fines, esto no ocurre en otros movimientos políticos de la izquierda, por lo tanto el camino no consiste simplemente en la negación del poder patriarcal o la masculinidad tradicional, sino en la transformación y reconfiguración de estas estructuras desde dentro. Es un proceso complejo y en constante evolución, que requiere una combinación de resistencia, subversión y construcción positiva de identidades de género más igualitarias y liberadoras.

Bibliografía

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  • Butler, Judith. (2007). El género en disputa: El feminismo y la subversión de la identidad. Siglo XXI Editores
  • Connell, Raewyn. (2015). Masculinidades. México: PUEG-UNAM.
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