Es frecuente que ante situaciones de estrés, nos sintamos «amenazados«. Hay cierta tendencia a percibir estos contextos como escenarios que nos sobrepasan y que no seremos capaces de solucionar. El estrés ocasionado de por sí por la propia circunstancia, unido al miedo y la angustia de no saber resolverlo, puede llevarnos a complicaciones físicas y psicológicas que nos sumergen en un círculo vicioso de malestar e intranquilidad.

Afortunadamente, existen una serie de variables, tanto personales como sociales, que podemos usar como recursos de afrontamiento ante estas situaciones estresantes, aunque hay ocasiones en las que estas mismas variables pueden ejercer como factores de riesgo. Lo explicamos:

  • Personalidad: si entendemos la personalidad como un conjunto de patrones conductuales estables y persistentes, encontraremos que aquellas personas que manifiesten patrones de dureza (definida ésta como la unión de compromiso y control interno), pueden reducir significativamente el impacto de los estresores. Por contra, aquellas personas pesimistas que perciben la mayor parte de las situaciones como dañinas, se centrarán únicamente en las emociones negativas que siente y opondrá cierta resistencia a ejecutar estrategias de afrontamiento eficaces.
  • Creencias, actitudes y valores: en este caso hay que discernir entre las creencias rígidas y las flexibles. Las primeras nos llevarán a entender la situación de una forma sesgada y nos arrastrará a estructurar la información consistentemente a esos esquemas negativos que tenemos ya formados. Sin embargo, si tenemos creencias basadas en la evidencia, la flexibilidad de cambiarlas en función de lo que percibimos, nos puede ayudar en la búsqueda de recursos que debemos emplear ante la situación estresante. También se ha de considerar en este punto, que la actitud que presentamos ante ciertos valores o principios juega un importante papel. Si uno de nuestros valores fundamentales es, por ejemplo, el compromiso, tendremos una menor tolerancia al fracaso (lo que supone un incremento del estrés) cuanto más importante nos resulte la situación en cuestión.
  • Estrategias de afrontamiento: es decir, mecanismos de comportamiento que usamos para atender a esas exigencias del medio y que están cambiando constantemente. No existen unas estrategias mejores que otras. Cada uno, en base a nuestra experiencia y a la eficacia de éstas ante distintas situaciones, evaluamos cuáles nos son útiles y cuáles no. Cuando tenemos la opción de hacer algo, podremos recurrir a estrategias de afrontamiento directo como pueden ser confrontar el problema o planificar alguna solución. Pero cuando no hay nada a nuestro alcance que podamos hacer, lo más recomendable es trabajar con nosotros mismos y usar estrategias de regulación emocional como pueden ser el autocontrol, el distanciamiento, la reevaluación positiva, etc.
  • Apoyo social: evidentemente, aquellas personas que se perciban como cuidadas y ayudadas, tendrán cierta tendencia a evaluar de forma más positiva o, al menos, menos amenazantes aquellos estresores que pueden alterar potencialmente tanto su salud física como psíquica.

Como en todo, nadie nace sabiendo todas las herramientas necesarias para enfrentarse a este tipo de situaciones, por lo que pedir ayuda profesional puede convertirse en el paso clave para adquirir las habilidades que necesitamos.