Winnicott (1939) considera que la agresión primaria es necesaria y que su temprana represión la transforma en agresión reactiva. Su concepción, original y plena de matices, es sustancialmente diferente a la de sus coetáneos y trasciende el campo del psicoanálisis, impregnando a otras disciplinas, para llegar a padres y educadores. La singularidad del pensamiento de Winnicott radica en el valor positivo de la agresión, entendida como entidad potencial y/o fuerza vital, que impulsa la creatividad, el conocimiento y el aprendizaje, y su importancia en la estructuración del psiquismo, como articulador esencial de la subjetivación del individuo.[1]

La concepción de Winnicott sobre la agresividad difiere de la formulada por Freud y por Klein, y de la aceptada en general por la comunidad psicoanalítica actualmente. Entre el ídolo el ideal, Masud Khan, único discípulo de Winnicott, describe el punto de partida de Winnicott, su idea de niño: que el «bebé no existe» in vacuo; lo que existe es la «pareja de crianza», donde enfatiza el papel de la madre o ambiente facilitador (el otro), frente al eje freudo-kleiniano de un niño inscrito ab initio por ansiedades y tensiones emocionales [2]. Dice: «El ser humano comienza por ser no sujeto, sino objeto. El niño, en efecto, existe y se siente a sí mismo únicamente a través de la atención de su madre, atención idolizante: es el objeto de los cuidados maternos.[3] el niño existe solo como objeto de los cuidados y del amor materno.» Un proceso que tiene que ver con la falla materna, que permite que el bebé entre gradualmente en el mundo. La interiorización de los cuidados maternos confiables le permite crear el mundo, establecer su propio mundo subjetivo sin un excesivo control y desconfianza del medio ambiente.

Winnicott considera que la motilidad muscular prenatal denota una actividad, una «fuerza vital» inicial rudimentaria, origen de la agresividad creativa. [4]Por ello, para Winnicott, en las primeras etapas de la vida el amor y la agresión primarios están fusionados, y no caben per se el odio, la ira, la envidia, los celos, el sadismo, sentimientos más elaborados y propios de etapas posteriores, que requieren un psiquismo más integrado y maduro.[i]

O sea que en latín hay dos formas de entenderlo: una es la de agredir, adgressus, como atacar, como muestra de hostilidad, y otra, la de ir, andar, pasar de grado, marchar, subir un escalón (con una «d» intercalada en el prefijo ag que coincide con la raíz *ag que aparece solo cuando buscamos activo o acción). Este último significado es el que yo asocio con el de acción, necesariamente, en el sentido positivo que le da Winnicott. Porque aunque es cierto que el bebé, como dice Winnicott, es objeto para su madre, también es cierto, si leemos a Fairbairn, que más que hablar de gratificación deberíamos hablar de búsqueda de. El niño busca activamente el objeto. Y eso es así tal cual. Según Fairbairn, lo que está antes es el principio de realidad y el principio del placer sería consecuencia de una obstrucción del de realidad. Y todo esto a mí me interesa por la siguiente razón: en cuanto mi hija nació, una vez la limpiaron y se la dieron al padre, para luego inmediatamente dármela a mí, mi hija se prendió del pecho sin más. Pero luego, ya en casa, los primeros días, yo empecé a tener dolores en los pezones porque se agrietan, y la cosa no iba tan bien como al comienzo. De pronto yo no «acertaba» en cuanto a cómo «darle yo» el pezón a mi hija, y pedí consejo a la matrona, y a mi psicoanalista de entonces. Ambos me explicaron lo que ellos consideraban que «yo» debía hacer, pero la cosa no funcionaba. Entonces mi hija me dio un manotazo (literalmente, me apartó con su mano mi mano, decidida) y «me explicó cómo se hace»: ella buscó el pezón con los labios (como explica Spitz en su excelente libro Sí y no) y se lo metió en la boca como ella sabía que tenía que hacerse.

Todo indica por tanto, que aquí mi hija fue activa (ir hacia algo/alguien en su búsqueda) en la búsqueda de lo que deseaba (del objeto que deseaba: yo y mi teta), además expresó su «ira» (su agresividad reactiva: ir hostilmente hacia algo/alguien) por mi evidente incompetencia como mamá primeriza (falla materna), y actuó en relación con algo que tuvo que ser para ella la realidad, algo real y externo a ella, por muy incipiente que fuera su percepción de la realidad. Porque si hubiera prevalecido el principio del placer y no el de realidad, la niña, en lugar de actuar en el plano de lo real como hizo, al no verse gratificada, se hubiera puesto a llorar, por ejemplo, para expresar su displacer, o se hubiera quedado atontada pasivamente a la espera de que le cayera maná del cielo, o quizás se hubiera chupado el dedo o la mano para eludir la angustia.

Por consiguiente la raíz *ag y la raíz *ghredh, las palabras agresividad y acción, tienen, en mi opinión, que tener relación. Porque conducir, ir, andar, pasar de grado, subir un escalón, llevar a cabo, mover adelante, ir hacia alguien, si tenemos en cuenta que el niño en vacuo no existe, sino que existe siempre vincularmente con su mamá -que le da cuidados y lo ama y a quien el niño cuida y ama también-, para que el niño vaya, suba un escalón, crezca, aprenda algo (y la mamá otro tanto), uno conduce al otro a la acción para lo cual, como explica Winnicott, se necesita ese grado de agresividad o empuje vital con que el niño viene al mundo, lo mismo que la mamá, imprescindible para sobrevivir en general, los seres humanos. La acción, en este caso la búsqueda del objeto, no es otra cosa que la expresión abierta de esa agresividad. De ahí que la pedagogía que nos enseña a reprimir esa agresividad, a lo que conduce es a la inacción, a la pasividad, a la prevalencia del principio del placer (por ejemplo a la adicción*), como explica Fairbairn, con lo cual, podríamos decir, que no hay mayor diferencia entre ese principio y tánatos.

*La adicción, en mi opinión es el mecanismo base de todo  trastorno mental (y por consiguiente, orgánico). Las personas nos hacemos adictas a un tipo de mecanismo de defensa (que incluye la culpa), ante el rechazo (odio, hostilidad, indiferencia) por parte del objeto, en mayor o en menor medida: de alguna manera nuestro cerebro queda fijado, de manera temporal o crónica, a una manera de reaccionar frente al daño, real o percibido como real. A veces si la situación empeora, se genera un trastorno más grave aún que el anterior o se conjuntan varios trastornos. En el caso del así llamado trastorno bipolar, por ejemplo, la persona busca desesperadamente salir del estado depresivo y entrar en el estado maníaco. Esa persona es adicta a la manía porque es la única manera que encuentra para expresar su agresividad (sin que esta vez sienta que se le «prohíbe» mostrase hostil ya que esto es una «enfermedad», aunque luego la medican, la ingresan, etc.), de actuar (lo que no puede hacer si está deprimida), y de ser reconocida (vista por fin, aunque de manera retorcida) por los demás. Pero como suele ocurrir con todas las drogas en personas adictas, llega un punto en que el circuito neuronal de recompensa (para emplear la jerga biomédica), llega a adaptarse y volverse menos sensible a la droga, en este caso la manía, que actúa como «euforizante.» En el caso de las drogas, las personas aumentan la dosis y consumen con mayor frecuencia para sentir la misma euforia y aliviar los síntomas de abstinencia. Pero en el caso del trastorno bipolar, el que los periodos de manía sean cada vez más breves y las depresiones más prolongadas y profundas, no puede resolverse porque uno no puede recurrir a la manía voluntariamente, salir de la depresión porque y cuando uno quiere. Y no hay psicofármacos que solucionen ese problema. La única solución estriba en que alguien logre que esa persona abandone ese mecanismo al que se ha adherido con uñas y dientes, por medio del reconocimiento de su existencia como objeto. Que logre salir paso a paso de su estado depresivo (angustioso, culposo, escindido) original, causado por los malos cuidados a los que fuera sometido -sin poder escapar de ello ni oponer resistencia porque no se le dejó, de ahí lo traumático-, y consiga expresar su agresividad natural, actuar en la vida mínimamente, pero también mostrar su ira, su odio, su violencia contenida, pero redirigida hacia el objeto u objetos de odio correctos (y no hacia ella misma ni arbitrariamente), para que así también afloren su afectuosidad, su creatividad y operatividad que este sujeto no puede tampoco ni sentir ni expresar precisamente porque no se le ha permitido manifestar su hostilidad o su protesta por mínima que fuera, ante el maltrato recibido.

NOTAS

[1] y [4] Estoy buscando el modo de conectar dos palabras etimológicamente; la palabra agresividad y la palabra acción, pero no encuentro una confirmación a esto, salvo por la raíz indoeuropea *ag (conducir), que aparece cuando buscamos la etimología de activo: activus, actum, agere, que significa llevar a cabo, mover adelante. Pero cuando vamos al listado de palabras que incluyen esta raíz *ag, las palabra ag-resividad o ag-redir, no aparecen. De hecho cuando buscamos agredir lo que encontramos es el origen latino y no griego del término y tenemos adgredior, adgressius, ir hacia alguien, y por extensión, ir hostilmente hacia alguien, donde gradior o gressus sin embargo, es simplemente ir, andar, y cuyo étimo es gradus, paso, grado, escalón, que se asocia a la raíz, *ghredh, andar, marchar.

[2] No estoy muy segura, pero creo entender que Bion se distancia de ese enfoque freudo-kleiniano, aunque pertenezca a la escuela kleiniana.

[3] El niño existe solo como objeto para la madre, pero la madre es el objeto para el niño. La búsqueda del objeto tal y como señala Fairbairn, no es otra cosa que esa afirmación o confirmación del ser que todos buscamos siempre a todo lo largo de nuestras vidas. Es por ello que la negación, el no reconocimiento debido de la verdad y realidad del vínculo y del Otro (el rechazo, la indiferencia, el «ninguneo»), lo experimentamos como una traición, y lo es. Ese es el punto en el que como afirma Ferenczi, se produce el trauma. Si esta actitud se repite, y se repite, se produce lo que se denomina hoy trauma complejo: la victimización y revictimización del sujeto.El no llegar a ser para nadie el objeto y el no lograr encontrar  a nadie que sea para nosotros el objeto. Que nuestra existencia como seres humanos sintientes y pensantes y como seres vivos y activos y potencialmente capaces de expresar nuestra sub-jetividad creativamente, no nos sea reconocida nunca por nadie, lo que es igual a no ser.


[i] http://www.javierlacruz.com/el_gesto_espontaneo/?p=108