El abuso sexual infantil (ASI) es una forma de maltrato en la infancia de alta prevalencia. Se calcula que el 20% de niños y niñas han sufrido alguna forma de ASI, principalmente entre los 6 y los 12 años (OMS, 2016).

Con el abuso sexual infantil siempre nos vamos a tropezar con las creencias erróneas sociales y con la tendencia a no reconocer algo que nos produce desazón y rechazo emocional (Rueda et al, 2021). Se tiende a creer que el ASI es algo excepcional que afecta a niños y niñas de grupos de población definidos. Pero el ASI se produce en la misma proporción en todo tipo de sociedades. Es decir, no hay un tipo especial de familia o grupo que abuse. Y hablo de familia porque las estadísticas nos alertan sobre el hecho de que un gran tanto por ciento son abusos de varones del entorno del niño o niña (Ferragut et al, 2021).

Otra creencia muy extendida es que, como los niños son pequeños, no tienen grandes secuelas. Y sin embargo sabemos que cuanto menor edad mayores consecuencias del abuso (Ferragut et al, 2020).

Está extendida la creencia de que los niños “olvidan” fácil y se “curan” rápido. Esto es porque los menores no hablan de lo que les pasa. En un ASI, como en tantas formas de abuso, el menor víctima tiende a normalizar la situación para sobrevivir. Por eso se tarda tanto en denunciar y a veces nunca sale a la luz. Se mantiene enterrado como un hecho vergonzoso del que la víctima se siente culpable.

Esto es característico del trauma psico-físico: la vergüenza, el silencio, la represión de lo ocurrido, la falta de proceso. Porque el ASI es un trauma que involucra determinantemente al cuerpo y no sólo a la psique de la persona. No podemos olvidar el cuerpo y menos en estos casos en los que se vio comprometido como objeto usado.

Esta es otra creencia extendida: el ASI es un trauma emocional que no afecta físicamente. Nada que afecte al cuerpo es indiferente a la psique humana y al revés. Nuestro sistema nervioso central y periférico está interconectado entre sí y con todo nuestro organismo. Y éste a su vez con lo ambiental que nos incide.

Por ello existe la enfermedad psicosomática, aquella que nos enferma cuando tenemos un problema emocional. De hecho, es la forma en la que reaccionamos cuando no podemos procesar o digerir psicológicamente un suceso vital.

Los niños y niñas que han sufrido ASI crecen heridos. Esta herida repercute en su desarrollo psíquico y físico negativamente. Y produce consecuencias que afectan a todas las áreas de su vida. No hay un cuadro físico específico del ASI. Dentro de las víctimas encontramos cuadros distintos, pero todos los estudios apuntan a una mala salud física en la edad adulta incluso hasta la vejez. (Pereda Beltrán, 2010; Ortiz-Tallo & Calvo, 2020) No es raro encontrar víctimas “asintomáticas del ASI” que conviven con multitud de síntomas somáticos.

Uno de los síntomas más reportados, en personas que han sufrido ASI, son los dolores físicos. No podemos olvidar que se abusó corporalmente y eso hace que la víctima tenga una difícil relación  con su cuerpo y sus propias sensaciones corporales. Por ello nos podemos encontrar una mayor queja somática en las consultas, diagnósticos de dolores crónicos, fatiga crónica idiopática y trastorno de somatización. Podemos encontrar trastorno de conversión o crisis no epilépticas. Asimismo en mujeres adultas se ha encontrado un mayor riesgo de enfermedad cardiovascular. Como si la mujer no disfrutara de la habitual protección biológica de su sexo (Pereda Beltrán, 2010).

Vamos a encontrar también una mala salud ginecológica con problemas en todas las áreas, sexuales, reproductiva y de ciclo menstrual incluyendo un inicio significativamente temprano de la menopausia. Dolores pélvicos crónicos, dificultades en la penetración, en la concepción (Pereda Beltrán, 2010). En general, los profesionales que atienden estas dificultades desconocen los antecedentes de abuso. Es común que la víctima no cuente y que el profesional no piense en ello como una causa, lo que imposibilita el acceso al tratamiento adecuado. Sexualmente hay una tendencia a las relaciones sin protección, en ambos sexos, embarazos y abortos tempranos. Lo que de nuevo pone en peligro a la salud física.

La salud física se ve afectada también con la patología propia de situaciones de estrés crónico, influyendo y desequilibrando cualquier sistema orgánico: respiratorio, digestivo, inmunológico, piel, etc.

En relación a trastornos médico psiquiátricos se ha asociado el abuso sexual con el trastorno límite de la personalidad (TLP). Las tasas de abuso sexual son significativamente más altas y de peor pronóstico en pacientes con TLP en comparación con otros trastornos de personalidad (Fortaleza de Aquino Ferreira et al, 2018) Es característico de este trastorno las lesiones, autolesiones y accidentes. Esto puede acompañar a ideas de suicidio y comportamientos destructivos.

Podemos afirmar que el abuso sexual ocurrido en la infancia determina una relación con el cuerpo muy especial. Las dificultades emocionales para procesar lo ocurrido y la tendencia a esconderlo incluso de la propia conciencia hace que sea el cuerpo el que muestre el sufrimiento en muchos casos de trauma silente.

Por otro lado el adulto víctima de trauma infantil parece andar en malas relaciones con su cuerpo. Es como si el cuerpo no protegiera, fallara a su “habitante psíquico” y como si este habitante no fuera consciente y capaz  de cuidarse y protegerse en sus vivencias corporales. Los mismos mecanismos psicológicos que permiten al menor “normalizar” la situación y sobrevivir al trauma dificultan recibir ayuda en edades adultas.

Los profesionales de la salud debemos tomar en cuenta la alta prevalencia del ASI. Lo que no vemos no existe. Y, en salud, esto es muy peligroso. Si una de cada cuatro niñas y uno de cada siete niños han sufrido algún tipo de abuso infantil, podemos pensar que un gran número de nuestros pacientes lo han sufrido, aunque no lo reporten. Y tenerlo en cuenta en nuestra orientación diagnóstica.

El silencio no cura, enferma.

Referencias

  • Ferragut, M., Ortiz-Tallo, M., & Blanca, M.J.  (2021). Spanish Women´s Experiences of Child Sexual Abuse. Psicothema, 33, 2, 236-243. doi: 10.7334/psicothema2020.323
  • Ferragut,  M.,  Rueda,  P.,  Cerezo,  M.  V.,  &  Ortiz-Tallo,  M.  (2020).  What  do  we  know  about  child  sexual  abuse?  Myths  and  truths  in   Spain.   Journal   of   Interpersonal   Violence,   1-19.   http://doi.org/10.1177/0886260520918579
  • Fortaleza de Aquino Ferreira, L.F., Queiroz Pereira, F.H., Neri Benevides A.M.L., Aguiar Melo, M.S. (2018). Borderline personality disorder and sexual abuse: A systematic review. Psychiatric Research 262,70-77. https://www.sciencedirect.com/science/article/abs/pii/S0165178117312921
  • Organización Mundial de la Salud (2016). Child maltreatment. World Health http://www.who.int/mediacentre/factsheets/fs150/es/
  • Ortiz-Tallo, M., & Calvo, I. (2020). Child sexual abuse: Listening to the victims. Archives of Community Medicine Public Health, 2, 135-137. https://dx.doi.org/10.17352/2455-5479.000092.
  • Pereda Beltran, N. (2010). Actualización de las consecuencias físicas del abuso sexual infantil: an update. Pediatría Atención Primaria12(46), 273-285. Recuperado en 17 de abril de 2021, de http://scielo.isciii.es/scielo.php?script=sci_arttext&pid=S1139-76322010000300010&lng=es&tlng=es.
  • Rueda, P., Ferragut, M., Cerezo., M.V., & Ortiz-Tallo, M. (2021). Knowledge and Myths about Child Sexual Abuse in Mexican Women. Journal   of   Interpersonal   Violence, 1-18. https://doi.org/10.1177%2F0886260521993927

Isabel Calvo. Dra. en Medicina, equipo Asociación Con.ciencia.